Arriesgan la vida por mar para escapar del colapso económico

Migrantes preparándose para abordar los barcos de los contrabandistas que los llevarán de Venezuela a Curazao (F/ Meridith Kohut para The New York Times)

NICHOLAS CASEY (The New York Times)

WILLEMSTAD, Curazao — Los contornos oscuros de la tierra acababan de iluminarse cuando el contrabandista los obligó a lanzarse al mar.

Roymar Bello gritó. Ella formó parte de los 17 pasajeros que en julio se subieron a un barco de pesca sobrecargado y de motores viejos, esperando escapar del desastre económico de Venezuela para iniciar una nueva vida en la isla caribeña de Curazao.

Por miedo a las autoridades, el contrabandista se negó a acercarse a la costa. El hombre le ordenó a los pasajeros que se metieran al agua, mientras les señalaba la orilla lejana. Presa del pánico, Bello gritó cuando fue arrojada por la borda, en medio de la oscuridad del amanecer.

Ella no sabía nadar.

Cientos de venezolanos hacen cola en una tienda de comestibles ubicada en La Vela para ver si podían comprar comida, en septiembre. (F/ Meridith Kohut para The New York Times)
Cientos de venezolanos hacen cola en una tienda de comestibles ubicada en La Vela para ver si podían comprar comida, en septiembre. (F/ Meridith Kohut para The New York Times)

Cuando empezó a hundirse bajo las olas, un compañero la agarró por el pelo y la remolcó hacia la isla donde se lavaron en un acantilado rocoso. Golpeados y con sangre, los emigrantes subieron mientras rezaban para conseguir trabajo, dinero y algo de comer para volver a empezar sus vidas.

“Valió la pena el riesgo”, dijo Bello, de 30 años, y añadió que los venezolanos, “vienen buscando una sola cosa: comida”.

Venezuela fue uno de los países más ricos de América Latina, su riqueza petrolera atrajo a inmigrantes de lugares tan variados como Europa y Medio Oriente.

Pero después de que el presidente Hugo Chávez se comprometiera a acabar con la élite económica del país y redistribuirle la riqueza a los pobres, la clase media y los ricos huyeron hacia países más acogedores, creando lo que los demógrafos describen como la primera diáspora de Venezuela.

Ahora está en marcha una segunda diáspora, con menos ricos y ciudadanos que en muchos lugares no son bienvenidos.

Más de 150.000 venezolanos han huido del país en el último año, la cifra más alta en más de una década, según los estudiosos que analizan el éxodo.

Y mientras la revolución de Chávez colapsa por la ruina económica que provoca una grave escasez de alimentos y medicinas, los nuevos emigrantes incluyen a los ciudadanos de escasos recursos que las políticas venezolanas debían ayudar.

“Hemos visto una gran aceleración”, dijo Tomás Páez, profesor de inmigración en la Universidad Central de Venezuela. El experto dijo que unos 200.000 venezolanos se han marchado en los últimos 18 meses, impulsados por lo difícil que es conseguir comida, trabajo y medicinas, sin mencionar la delincuencia que la escasez ha desatado.

“Los padres dicen: ‘Prefiero despedir a mi hijo en el aeropuerto que en el cementerio’”, dijo.

Migrantes que salen de Venezuela en una lancha de contrabandistas (F/ Meridith Kohut para The New York Times)
Migrantes que salen de Venezuela en una lancha de contrabandistas (F/ Meridith Kohut para The New York Times)

Decenas de miles de venezolanos desesperados también están llegando a Brasil, a través de la cuenca amazónica. Otros inventan complicadas estafas para escabullirse por los aeropuertos de las naciones caribeñas que en el pasado los aceptaban libremente. En julio, Venezuela abrió su frontera con Colombia solo por dos días y 120.000 personas se precipitaron a comprar comida, según los funcionarios. Un gran número de ciudadanos se quedó en ese país.

Ahora lo más sorprendente es que los venezolanos huyen por mar, una imagen simbólica que recuerda a las peligrosas travesías para escapar de Cuba o Haití, pero eso no sucedía en Venezuela, una nación petrolera.

“Todo ha cambiado totalmente”, comentó Iván de la Vega, sociólogo de la Universidad Simón Bolívar. Este año se incrementó en un 60 por ciento el número de venezolanos que huyeron del país en comparación con el año pasado, añadió.

“Los ingresos de estas personas son bajos”, dijo De la Vega sobre los migrantes más recientes. “La única opción que les queda es irse a los países cercanos, los que pueden llegar a pie, en balsas o en barcos con motores pequeños”.

La inflación llegará a casi un 500 por ciento este año y se proyecta un alucinante 1600 por ciento para 2017, según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional. Esto reduce los salarios y crea una nueva clase de venezolanos pobres que han abandonado sus carreras profesionales por llevar una vida precaria en el extranjero.

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Emigrantes venezolanos embarcando en un bote de contrabandistas que los llevará hasta la isla de Curazao. F/ Credit Meridith Kohut para The New York Times)

“Los venezolanos como yo vienen a Brasil por una simple razón: es más fácil sobrevivir aquí”, dijo Reinier Salazar, de 30 años, un ingeniero industrial que se mudó a Brasil el año pasado. Ahora cocina en un restaurante de comida rápida por unos 400 dólares al mes, mucho más de lo que ganaba en Venezuela.

El éxodo se desarrolla tan rápido que desde 2015 unos 30.000 venezolanos se han trasladado a la región fronteriza del estado brasileño de Roraima, según las autoridades. Ahora el ejército brasileño está desplegando patrullas a lo largo de carreteras y ríos para disuadir más llegadas.

“Estamos en el inicio de una crisis humanitaria sin precedentes en esta parte del Amazonas”, dijo el coronel Edvaldo Amaral, jefe de la defensa civil del estado. “Ya vemos abogados venezolanos trabajando como cajeros de supermercados, venezolanas que recurren a la prostitución e indígenas de ese país que piden limosna en las intersecciones de tráfico”.

Algunos le pagan 1000 dólares más por persona a los contrabandistas para llegar a ciudades como Manaos y San Pablo, dicen las autoridades, mientras que otros simplemente cruzan la frontera hacia Brasil. En Pacaraima, una pequeña ciudad fronteriza brasileña, cientos de niños venezolanos están matriculados en escuelas locales y familias enteras duermen en las calles.

“Es difícil encontrarle una solución a este problema porque involucra al hambre”, dijo el alcalde, Altemir Campos. “Venezuela no tiene suficiente comida para su gente, así que algunas personas se vienen para acá”.

Las pequeñas islas caribeñas vecinas de Venezuela son mucho menos hospitalarias y simplemente aclaran que no pueden absorber esa ola migratoria. Las más cercanas a la costa venezolana, Aruba y Curazao, le han cerrado las fronteras a los venezolanos pobres desde el año pasado, los obligan a mostrar 1000 dólares en efectivo antes de poder entrar —esa cifra equivale a más de cinco años de sueldo en un trabajo de salario mínimo—.

Ambos países han aumentado el patrullaje y las deportaciones, y Aruba ha reservado un estadio para albergar hasta 500 emigrantes venezolanos después de ser capturados, según las autoridades.

La suerte le cambió de forma dramática a los venezolanos, que en el pasado reciente viajaban a Curazao para gastar dinero como turistas, no para pedir trabajo.

“Todos dicen: ‘Usted es de Venezuela. Usted es de un país rico que lo tiene todo’”, dijo Bello sobre sus encuentros con los ciudadanos de la isla. “Y les respondo: ‘Eso ya no es así’”.

Atravesando mares y fronteras

Ahora abundan los hogares vacíos en las calles de La Vela, el pueblo pesquero donde nació Roymar Bello en Venezuela, porque sus propietarios se han marchado atravesando el mar.

Han hipotecado propiedades, venden los electrodomésticos e incluso le piden préstamos a los mismos contrabandistas que los transportan junto con las drogas y otras mercancías.

El viaje a Curazao implica una travesía de casi 100 kilómetros llenos de mar picado, bandas armadas y barcos de la Guardia Costera que buscan capturar a los emigrantes y deportarlos a su país.

Después de ser arrojados por la borda y nadar hasta tierra firme, se esconden en el monte para reunirse con los contactos que los insertan en la economía turística de esta isla caribeña. Limpian los suelos de los restaurantes, venden baratijas en la calle o incluso satisfacen las demandas sexuales de los turistas holandeses, obligados por los contrabandistas a pagar por su viaje trabajando en un burdel, según las autoridades de Curazao.

Innumerables familias venezolanas viven como los Bello. Al no poder conseguir alimentos en su país, ahora están dispersos a través de los mares y las fronteras.

Rolando, el hermano de Roymar Bello, trabaja en el sector de construcción en Curazao y recientemente su esposa llegó al país, dejando en Venezuela a su hija de 7 años. Un tío de ellos no tuvo tanta suerte: permanece en una prisión de Curazao, acusado de contrabandear inmigrantes como sus familiares.

Otro caso es el de Wilfredo Hidalgo, de 27 años, quien es primo de los Bello y estudió administración de empresas en Venezuela pero nunca consiguió trabajo. Hace dos años fue deportado de Curazao después de llegar en avión. Ahora trata de regresar en barco, luego de ahorrar la mitad de los 350 dólares que necesita para pagarle a los contrabandistas.

“¿Qué más puedo hacer?”, dijo.

También está Roger, el tercero de los hermanos Bello, cuya novia de 19 años, Yaisbel, está embarazada de seis meses. Roger explicó que se va a Curazao para poder mantener a su hijo. Yaisbel dijo que se quedará en Venezuela pero le pedirá un préstamo a los contrabandistas para pagar el viaje de su marido y usará la casa de su madre como garantía. Dijo que, con suerte, su madre nunca se enteraría del negocio.

“Solo estoy pendiente de su barriga”, dijo Roger Bello. “Antes de que el niño nazca, estaré en Curazao”.

María Piñero, de 47 años, es la madre de los hermanos Bello y le había dado un chaleco salvavidas a su hija Roymar porque no sabía nadar. Pero el contrabandista se lo arrancó justo antes de lanzarla al mar, diciendo que las olas eran tan altas que era mejor nadar por debajo.

Ahora, a pesar del calvario de sus familiares, Piñero prometió hacer el viaje en barco. “Estoy nerviosa”, dijo. “Me voy sin nada. Pero tengo que hacerlo porque de lo contrario, nos moriremos de hambre”.

Una noche, a fines de septiembre, Piñero subió a bordo de un barco en un pequeño pueblo en la costa norte del país. Ella se arrodilló, rezándole a Dios para que sobreviviera al viaje y encontrara una vida mejor en Curazao.

Los otros pasajeros, con lágrimas en los ojos, también comenzaron a rezar y algunos unieron sus manos en un círculo en la playa. Murmuraban plegarias para que la Guardia Costera no los atrapara, decían que eran buenas personas, que eran madres y padres.

Se metieron con el agua hasta el pecho, alzando sus pocas posesiones y subieron al bote. El motor arrancó y se dirigieron hacia el horizonte.

Incluso el contrabandista parecía angustiado por esa desgracia que lo beneficiaba.

“Preferiría que la crisis se acabara y mi negocio se terminara”, dijo el contrabandista después de que se marcharon. “Preferiría mil veces que no hubiera crisis y pudiéramos vivir en la Venezuela de antes”.

Lea el artículo completo en The New York Times

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