Buenas noches, Sofía

Sofía Imber
LUÍS-ANÍBAL GÓMEZ –

Sé que no estás acá, pero sí en alguna parte. Y conociéndote como te conozco, sé que muerta no estás, sino ausente por unos días y definitivamente para tu descendencia.

Me acabo de enterar.

Entrada la noche tal como hace unos cuantos años en 1988 el 15 de enero ¿o fue el 14 al anochecer? Una de mis alumnas de la Escuela de Periodismo me llamó para entrevistarme a propósito de una noticia de última hora que me implicaba por ser tan amigo de Carlos Rangel.

Pero no me lo dijo de sopetón sino que dorando la píldora me decía que estaba desesperada por ser domingo y de noche sin nada entre manos, y se enteraba que había aparecido un muertico de última hora.

-Sí, ¿quién?, le contestaba cuando me interrumpió para agregar:

-Tu gran amigo ¡Carlos Rangel!

Quedé de una sola pieza, estupefacto…

-Y quería que me hablaras de él, de Uds., etc. Tú sabes…

Guardé silencio unos segundos y volviendo le dije:

-Sí, mi gran amigo. Bueno, por eso mismo debo callar… Tú también sabes que en casa del herrero asador de palo. Y si no le he contado a nadie los destalles de mi carrera personal, menos ahora si involucra a un amigo como Carlos. Gracias por informarme y ¡Buenas noches!

Habíamos mantenido estrecha amistad desde 1952 cuando nos encontramos en París y él se había interesado por un grupo de venezolanos, enemigos de la dictadura militar que se reunía periódicamente y realizaba algunas acciones políticas: Yo era en ese entonces el responsable del grupo y nos estábamos preparando para una Conferencia de la Unión Internacional de Estudiantes (UIE), con sede en Praga, y la FMJD (Federación Mundial de la Juventud Democrática), con sede en Budapest, a realizarse en Viena, y nos interesaba mucho la asistencia de Acción Democrática.

Hijos de nuestro tiempo ambos éramos muy sartreanos, estábamos bien informados e identificados como enemigos de la dictadura. Carlos quiso ingresar al grupo, pero a mí no me pareció pertinente, sino mantenerlo como un aliado, puesto que él me había dicho que coincidía en casi todo con nosotros menos en la concepción del arte. Y le contesté que el problema era derrocar la dictadura. Así pasó a ser criptocomunista, en el lenguaje de entonces.

Desde entonces cultivamos nuestra amistad. Estaba casado con Bárbara Barling, una chica americana, y vivían por los predios del Parc Montsouris, cerca de la Cité Universitaire, lactando a su primer hijo, Antonio.

En ese entonces Guillermo Meneses era Primer Secretario de la Embajada pérezjimenista, y Sofía se distraía con los pintores abstractos y los museos.

En 1953 nos encontramos en Caracas. Yo reasumí mi militancia y mis estudios de Derecho y él los negocios de la familia. Nos veíamos muy a menudo, almorzaba con frecuencia en su casa fuera con Bárbara o Malala, su mamá. Fui admitido por toda la familia: su hermano mayor José Antonio se hizo también mi amigo y su matrimonio con Carmen Teresa Mayz (Can-can) fue obra de esa amistad. Ellos aceptaron a mi esposa Nany y a mis hijas. Nuestros hijos e hijas jugaban juntos.

En febrero del 56 reventó mi persecución y su casa fue mi primera concha. La solicitud y el cuidado que Carlos se tomó conmigo solo fue superada por la de mis padres.

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