Caracas bombardeada

ALEJANDRO ARRATIA GUILLERMO –

Para un observador desprevenido de principios de siglo, en Venezuela nada estaba cambiando. Hace dos décadas ni los más acérrimos enemigos de eso que llaman socialismo imaginaban la dimensión del mal que hoy es fácilmente observable en Caracas. Venezuela no es Siria, pero el país es diariamente bombardeado. El 80% de la población que se opone al gobierno está hundido en la desesperanza.

En los primeros años de la revolución castro comunista en Venezuela, los objetivos de la embestida antidemocrática fueron –aunque no exclusivamente- la educación, el petróleo, las fuerzas armadas, y la creación de grupos (círculos) paramilitares de amedrentamiento y control de masas. La resistencia ciudadana marchaba en las calles con lemas, cantos y banderas desplegadas en repudio a los proyectos oficiales. Sin embargo, el país parecía el mismo, la protesta se alternaba con la cotidianidad: cines, restaurantes, teatros, cafés; todos los sitios de esparcimiento y diversión funcionaban. Las tiendas, mercados y centros comerciales ofrecían los bienes y servicios necesarios. Para un observador desprevenido, nada estaba cambiando. Venezuela y Caracas [los “viajados” la comparaban en tono arrogante con otras ciudades latinoamericanas y del primer mundo) era la misma, moderna, iluminada, vibrante de día y de noche.

Arratia---Caracas-bombardeada2El cambio ha sido bestial, parecía inconcebible. Hace dos décadas ni los más acérrimos enemigos de eso que llaman socialismo imaginaban la dimensión del mal. Veamos un aspecto. EI informe Anual del Observatorio Venezolano de Violencia señaló que 2016 cerraría con 28.479 muertes violentas, una tasa de 91,8 defunciones por cada 100.000 habitantes. Caracas aporta a la trágica cifra de 5.741 ingresos a la morgue principal de la ciudad. Agreguemos que la mortalidad materna ascendió a 130 madres fallecidas por cada 100.000 nacidos vivos, lo que equivale a 64 mensuales, 750 parturientas muertas en hospitales por causas asociadas al embarazo o parto. Suficiente. La información sobre las crisis sectoriales en la industria, la agricultura, la educación, la salud, la vivienda, la infraestructura, la justicia, la desnutrición… es abundante y bien documentada. Aquí queremos presentar otro cuadro esencial del drama venezolano.

Venezuela no es Siria. Caracas no es Damasco ni Alepo. Guerras diferentes cada una destructiva. No caen bombas de alto calibre diariamente, pero el temor es un componente de la vida diaria. Los ciudadanos se mueven en espacio y tiempo delimitado; el día termina a las 19 horas, con unos gramos de audacia puede prolongarse un poco más. Quien tiene suficiente dinero consigue alimentos sin extralimitarse en las exigencias. La mayoría no come tres veces al día. Las colas a la intemperie -a veces soportando la lluvia- para adquirir los insumos básicos son una burla cruel; desde la madrugada sin garantías de obtener leche, harina o cereales. La alimentación diaria es un asunto de planificación familiar, de inversión de tiempo y de conversación permanente en todos los grupos sociales. Medicinas no existen. El transporte público es precario e inseguro. La energía eléctrica falla, el agua está racionada por horas o días.

Si algo caracteriza a Venezuela es la fusión étnica; blancos, negros e indígenas conformaron en un largo proceso colonial el origen de la nación. Luego judíos, turcos y árabes. En las décadas de 1940 y 1950, españoles, italianos y portugueses encontraron cobijo. Después llegaron los latinoamericanos aventados por las crisis económicas o las dictaduras del Cono Sur. Un país receptor sin discriminación, lo ha transformado la peste roja en una nación que expulsa sus habitantes en busca de mejores condiciones de vida. Se van los jóvenes estudiantes y profesionales huyendo de la inseguridad y la falta de oportunidades. Familias completas se atreven a la aventura dejando atrás parentela y amigos entrañables. Permanece, obligada, una mayoría que por razones económicas o culturales ni siquiera se imagina viviendo en otra tierra. Se quedan forzados por las circunstancias los que tienen serias limitaciones familiares.

Permanece voluntariamente un sector -ordenamos sin pretensión científica- por razones políticas, no siempre partidistas sino de búsqueda de espacio para oponerse a la dictadura; económicas, el ejercicio de la profesión o el desarrollo de los negocios; morales, consideran indigno abandonar la patria; o aquellos dominado por hábitos y costumbres que suponen muy difícil de mantener fuera del terruño. No emigran, pero protegen una parte de la familia, en primer lugar los hijos, enviándolos al exterior. Los de menos recursos se organizan para sobrevivir. Quienes disponen de posibilidades económicas se aíslan en burbujas sociales que facilitan la cotidianidad, verdaderas fortalezas de seda que consienten imitar el pasado, incluyendo viajes con cierta frecuencia al exterior. Sin embargo, la posibilidad de actuar por libre elección está limitada. Lo que no pueden evitar ricos ni pobres es la ausencia de libertad; la represión tiene muchas caras.

Venezuela ha cambiado. Caracas comienza a tener rasgos de las mustias capitales del mundo comunista. Reducir el tráfico era una tarea imposible, y han logrado el milagro: faltan vehículos nuevos, o se ofrecen a montos prohibitivos. No hay repuestos, o tienen precios estratosféricos. La prensa y las revistas nacionales que antes eran de cuatro cuerpos, subsisten con cuatro páginas. La inseguridad hace el resto: al caer la tarde desde la ventana se ven las avenidas vacías. Los centros de esparcimiento y diversión ya dejaron de confundir a los observadores: oferta limitada con horarios infantiles e importe que sigue el ritmo endemoniado de la inflación. En los centros comerciales de las urbanizaciones se observa lo que queda de la clase media, las familias que siempre llenaron las avenidas para protestar, ahora, sumados a los más pobres y desengañados, constituyen el 80% que rechaza al gobierno y desde octubre 2016 se hunde en la desesperanza.

—————-

Publicado originalmente el 12/01/2017, en iberoamericanos.com.es

Deja un comentario