Cuentos del padre de Boris

Rodolfo Izaguirre con Sebastián de la Nuez en Caracas. F/Oswer Díaz Mireles
SEBASTIÁN DE LA NUEZ
Boris Izaguirre ha sido, al menos hasta no hace mucho, una figura mediática en España muy popular, querido por su chispa y su desparpajo. Sin embargo, quien conoce bien al padre sabe que lo mejor de Boris está en Caracas, se llama Rodolfo, anda viudo por la vida y con bastón pero lúcido e impertinente, quizás más impertinente que su hijo.

Rodolfo Izaguirre ha sido desde hace décadas, desde su militancia en el grupo Sardio y luego, como director de la Cinemateca Nacional y por sus artículos en el diario El Nacional, una referencia cultural en Venezuela. Quien desee conocer sus opiniones sobre diversos tópicos, su manera librepensadora de llevar vida y asuntos propios, no tiene sino que buscar su nombre en Google.

Aquí, simplemente, algunos de sus cuentos sobre iconos de la geografía cultural en la cual ha sido arte y parte. Izaguirre ejerce el noble oficio de la tertulia, y aporta con generosidad anécdotas que extrae de su disco duro personal e intransferible. Quien escribe esta nota lo entrevistó largamente para un proyecto en ciernes; lo que sigue son solo los recortes de la entrevista, lo conversado antes o en el intermedio o casi en la despedida: lo más sabroso de aquella tarde en Santa Eduvigis, dicho sea de paso. Aun de tales recortes se extraen nada más que fragmentos:

Recorte 1. Su hijo Rhazil Izaguirre Lobo, al ser llamado por Elías Pérez Borjas para trabajar en el Teatro Teresa Carreño cuando el Teresa Carreño le servía a la cultura y no al chavismo, escaló posiciones. Un día, justo antes de subir el telón en la sala principal del Complejo, vio que las señoras Margot Benacerraf, Marta Mosquera y María Teresa Castillo se estaban sentando en butacas equivocadas. Ya casi llegaban junto a ellas las inexpertas acomodadoras para invitarlas a sentarse en el lugar correcto; Rhazil, quien veía el desarrollo de los acontecimientos desde cierta distancia, voló hasta el sitio y advirtió a las acomodadoras: “No muevan esas instituciones”.

Y su padre se cuaja de la risa al contar esto. Pues eso fueron o son exactamente tales damas: instituciones.

Recorte 2. Izaguirre estuvo alrededor de veinte años dirigiendo la Cinemateca Nacional, dentro del Museo de Bellas Artes en la plaza Morelos. El crítico Perán Erminy lideraba algunos foros, al menos una vez por semana, después de las películas. Un día Rodolfo fue a buscar a Perán a su casa, necesitaba verlo para algo urgente. No sabía dónde vivía pero sí que era por Campo Claro. Preguntó en varios edificios hasta que una conserje le salió con “¿uno que es doctor?” Izaguirre contestó que sí, por si acaso. La mujer le indicó. Fue al edificio señalado. En las puertas vio que había un tarjetero. Llegó al apartamento que le habían dicho y se fijó en la tarjeta colocada en el tarjetero. Decía “Gabinete del doctor Caligari”. Perán abrió la puerta. Nadie sabía que él vivía allí, ni los hermanos. “Yo adoré a Perán para siempre”, dice Izaguirre.

Recorte 3. Un equipo que se dispone a realizar “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada” busca locación para la película en la Goajira: es un sitio seco, una aridez total. Gabriel García Márquez le había cedido los derechos a la venezolana Margot Benacerraf para la producción. Habían hecho el guión juntos en Barcelona de España. Tras varios días de búsqueda, Margot señala y grita: esa es la casa. Todo el mundo aliviado, viendo la luz al final del túnel. “Vamos a esperar que repose”, decía sin embargo Jacobo Borges, miembro del equipo de producción. Eso significaba ver realmente si la quisquillosa directora se quedaba con la casa o no.

En efecto, al día siguiente dijo: sí, la casa es la indicada, pero… la puerta no. La puerta es aquella que vimos en Ciudad Bolívar, ¿te acuerdas, Jacobo? Y Jacobo se preguntaba cómo carajo vas a convencer a un señor en Ciudad Bolívar de que te preste su puerta para traerla a este peladero de chivos. El tipo te va a decir que no, por supuesto.

Margot armaba excusas para posponer la película eternamente. Le dijo una vez a Rodolfo que necesitaba diez mil gansos para filmarlos en la plaza Altamira. Bueno, Margot, desde luego, eso está difícil. Pero, ¿por qué no pones conejos, que se reproducen tan fácilmente?

En otra ocasión (después lo negaría) le comentó que nada menos que Orson Wells se le había ofrecido para hacer el papel de la abuela desalmada.

El film jamás se realizó. Lo que hizo fue crear una gran mitología en torno a una película que nunca existió.

Recorte 4. Izaguirre en el Festival de Cine de Moscú, invitado pues se estrena la película Bolívar del italiano Alejandro Blasetti. Un desastre cuyo asesor histórico fue Guillermo Morón. Intervino la Sociedad Bolivariana, por algún compromiso se le dio vela en aquel entierro: que el general Páez no podía llamarse Páez sino el general de los llanos. Y Manuelita Sáez no podía llamarse tal, nada de amores adulterinos envueltos en la figura de Bolívar. Una tal Rosario representaría todos los amores del Libertador.

En una escena se cruzan dos diligencias en el páramo, y las miradas de Maximilian Schell y Rosanna Schiaffino. La siguiente es un plano general de una cama de baldaquino con los dos amantes metidos en ella dispuestos a consumar el acto, pero la cámara hace una espantosa elipsis y le niega al espectador tal momento. Ella aparece, luego, un poco desgreñada pero él no. Permanece ceñudo, piensa seguramente en la creación de Bolivia. Ella se voltea y le va a decir algo: “Excelencia…”.

Allí fue cuando, según Izaguirre, los espectadores en la sala de Moscú de vaina no rompieron las sillas del aforo. Alguien gritó: “¡Lo que quieres decir es qué excelente, mamacita!”.

Recorte 5. Su trabajo en la Cinemateca fue afinarle la sensibilidad a la gente, enseñando a ver buen cine. Diego Rísquez aprendió a hacer cine viendo películas en la Cinemateca. Después asumiría Fernando Rodríguez. Y luego Oscar Lucién. También hicieron un gran trabajo. De los recuerdos de su gestión, a Rodolfo rescata, en especial, su ciclo de películas rumberas que significó un homenaje al gran director del género, Juan Orol, un mexicano-español del cual hablaba Le Cahiers du Cinéma calificando sus films de surrealistas.

Recorte 6. Fue en la Cinemateca, o a través de ella, que conoció al director alemán Werner Herzog, cuyas películas entusiasmaron a una elite criolla, entre ellas Aguirre o la ira de Dios y Fitzcarraldo. Aconsejó a la audiencia que lo fue a ver en la sala del MBA que quienes estuvieran interesados en hacer cine salieran a robarse una cámara de 16 milímetros y comenzaran a hacer documentales para la Philips, como había hecho él. Herzog, poco tiempo después, leería en un periódico de Múnich que un volcán de Martinica iba a explotar. Los vulcanólogos vaticinaban una fuerza equivalente a doce bombas atómicas. Algo espantoso. Evacuaron la isla. Pero un individuo se negó a abandonarla, uno solo. Herzog fletó inmediatamente un avión y se presentó allí, en Martinica, con su equipo audiovisual para buscar al hombre que se negaba a irse. Lo encontraron. Un campesino. Lo filmaron. El volcán finalmente no explotó pero él estuvo allí en la boca amenazante con sus emanaciones de azufre.

Después hizo una versión del clásico Drácula. Deja al monstruo encerrado en un círculo de hostias hasta que pasa cerca la mujer que barre… Y el vampiro ordena que sacuda esa escoba a su alrededor. Así lo hace la mujer y Drácula es automáticamente liberado; monta en un brioso caballo y exclama: “Tengo mucho que hacer”. Fin.

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