Del sacudimiento y el coñazo a la ternura erótica, en la poesía de Caupolicán

Del sacudimiento y el coñazo a la ternura erótica
ARMANDO ROJAS GUARDIA –
Epílogo del poemario De un cielo a otro de Cuba, escrito por Caupolicán Ovalles en 1988 e inédito hasta ahora. La obra fue presentada el martes 13 de marzo en la Feria Internacional del Libro del Caribe (Filcar), que se realiza en la isla de Margarita (Venezuela), por el novelista español JJ Armas Marcelo, el crítico venezolano Miguel Marcotrigiano y el poeta Rojas Guardia, bajo los auspicios de la Fundación Caupolicán Ovalles.

 

Es bien sabido que el grupo Tráfico (1981) insurgió dentro del panorama literario venezolano vindicando un tipo de poesía en el que predominara lo urbano, lo histórico y lo cotidiano. A sus integrantes les parecía que esos tres enfoques temáticos, y los procedimientos estilísticos, muy específicos, que ellos implicaban, habían sido omitidos por la mayoría de los poetas que escribía y publicaba en el país. Les parecía, además, que convertir a la ciudad, la historia y la cotidianidad en ejes de una propuesta lírica suponía conectarse con el único orbe poético moderno que los había cabalmente asumido, explicitado y desarrollado: la poesía norteamericana. En efecto, para los miembros de Tráfico el grueso de los poetas venezolanos acusaba la influencia predominante de la lírica francesa, italiana y alemana, soslayando la vinculación, tanto teórica como instrumental, con la de Estados Unidos (el arco que se extiende desde Pound hasta la generación beat en la década de los cincuenta del siglo pasado).

A la luz de esas propuestas estéticas, el grupo Tráfico reconoció como única antecesora válida de lo que proponía una delgadísima tradición, en Venezuela, dentro de la cual destacaban Caupolicán Ovalles, Víctor Valera Mora, un sector de la obra poética de Juan Calzadilla y Blas Perozo Naveda. Sobre todo, Caupolicán Ovalles. Porque los libros de este poeta, en particular Copa de huesos, significaban una drástica ruptura con respecto a la poesía esencialista, disparada tanto hacia el ontologismo subjetivizante como hacia el telurismo magicista que prevalecían en los poemarios de los creadores venezolanos.

Para los integrantes de Tráfico, Caupolicán Ovalles era el Allen Ginsberg nacional. No se les escapaba que la mordacidad irreverente de ¿Duerme usted, señor presidente? le había granjeado el exilio (el único caso, en nuestro país, de un poema que haya supuesto el destierro para su creador). Ese texto constituía el ejemplo paradigmático de una poesía cuya materia era la historia, tanto la macrohistoria colectiva como la microhistoria individual y existencial del hombre. Y la Elegía a la muerte de Guatimocín, mi padre, alias el Globo reivindicaba, en su enfoque temático y en sus aspectos formales, no solo el sarcasmo, la pincelada agresivamente irónica y el desenfado que, desde los epigramas de Cátulo caracterizan a la poesía urbana de todos los tiempos, sino las instantáneas y secuencias descriptivas, aferradas a la vida tangible y concretísima de la materialidad del mundo, que distingue a la lírica donde lo cotidiano es el continente a explorar.

La irreverencia de Ovalles merece una atención fervorosa. Estaba toda ella tramada por la capacidad crítica y el cuestionamiento sin concesiones. Pero no puedo eludir un comentario, me parece que pertinente, a la llamada “República del Este”. El problema encarnado por esta no estuvo nunca en el licor, ni en la camaradería entre el alcohol y la literatura, ni en la bohemia militante de sus integrantes. Desde Anacreonte, Li- Po y Omar Khayyam, la exaltación del vino está ampliamente justificada en la literatura. Demasiada bohemia creadora ha vivido entrelazada a la historia del arte. Es cierto que el licor ha tenido sus débiles, sus mediocres y sus inacabados, ¿pero cómo negar que ha tenido también sus mártires? Verlaine, Poe y Dylan Thomas han sido solo algunos de ellos.

La bohemia trasciende el mero acto de beber; es, en su mejor forma, una clandestinidad subversiva que, poniendo en cuestión los dioses cotidianos de la convencionalidad, se atreve a vivir la aventura del envés, del otro lado, del rostro oculto de la existencia, que aterroriza a la cortedad de miras del común de los mortales. Sin embargo, el verdadero problema empieza cuando la bohemia se institucionaliza. Cuando lo más históricamente anticonvencional se convierte en ocasión de confraternizar con el Poder. Cuando a los fantasmas de la noche se les agrega, y no tan subrepticiamente, la visita amante de un alto empleado del palacio de Miraflores para prostituir el acto libérrimo de beber y transformarlo en un ingrediente más del ingenio charlatán, en un mero brindis obsequioso, en el cual toda la subversión se disuelve y ya no queda nada de la fermentada protesta que representa el licor contra los rangos y las jerarquías (y contra las clases sociales y los estamentos burocráticos), porque él, el licor, nos iguala a todos, como la misma muerte, en la final, inapelable verdad de la embriaguez. El séquito que acompañaba, celebraba e incorporaba —hacía cuerpo— a Dionisos era profundamente democrático.

Salvando esta insoslayable distancia, creo que la irreverencia de Caupolicán Ovalles es, como actitud existencial, y también estética, aleccionadora e inspiradora. Nunca es tarde para aprender de ella, porque lo condujo en momentos álgidos de su vida a enfrentarse al Poder. Y, sobre todo, a escribir poesía desde el interior de ese enfrentamiento.

Hoy me toca comentar esta joya poética: De un cielo a otro cielo de Cuba. Si tuviera que elegir una palabra para resumir englobadoramente la lírica contenida en este libro, escogería esta: delicadeza. La poesía de Ovalles no es, hablando strictu sensu, delicada. Recuerdo que a comienzos de los años setenta Orlando Araujo afirmó en el “Papel Literario” de El Nacional que la poesía que en nuestro país aspirara a dar cuenta del momento histórico vivido por la Venezuela contemporánea debía seguir la línea trazada por la obra de Caupolicán Ovalles, una línea que oscilaba “entre el sacudimiento y el coñazo”. No, ni la obra de Caupolicán, ni la de ninguno de los integrantes de El Techo de la Ballena, el grupo literario implacablemente iconoclasta al que él perteneció, tiene como nota distintiva la delicadeza expresiva. No obstante, aquí está De un cielo a otro de Cuba para poder afirmar que también en ese registro de la afectividad y del tratamiento estético de su tema Ovalles es un maestro.

La ternura erótica de este poemario suscita en mí la reminiscencia del bíblico Cantar de los cantares. Y su tierna levedad me recuerda algunos de los mejores sonetos de poesía amorosa de Garcilaso y de Lope de Vega. En Venezuela solo encuentro un posible parangón: ciertos poemas de José Barroeta, que no ostentan, sin embargo, dentro de su densidad metafórica, esta misma liviandad, esta tersura, esta gracilidad refinada que estremecen al lector de De un cielo a otro…

La poesía erótico-amorosa de un libro de Juan Liscano, Cármenes, tampoco tiene relación con aquellas liviandad, tersura y gracilidad: constituye una meditación lírica, exquisita, sí, pero verbalmente exuberante, centrífugamente estética, sobre la unión sexual. Y el gran poema de Antonio Arráiz, su “Quinta sinfonía”, imbrica la presencia atrayente de la mujer amada con la patria igualmente deseada y celebrada. De un cielo a otro cielo de Cuba escapa de esas amalgamas simbólicas: la mujer en este libro es el concretísimo polo de una relación interpersonal: para festejarlo basta expresar todos los matices de la dulzura.

No es el menor de los méritos de este poeta el hecho incontrovertible de que, habiéndonos ofrecido una poesía en la que el humor cáustico y la demoledora ironía campean a sus anchas, sea capaz también de obsequiarnos la pulcra, inmaculada porcelana de una apuesta poética cuyo centro es la ternura y en la que toda la orfebrería analógica y simbólica está al servicio de ella, de esa misma ternura.

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Armando Rojas Guardia (Caracas, 1949) Es un reconocido poeta y ensayista. Su obra poética ha estado vinculada al grupo Tráfico, importante agrupación de los años ochenta. Entre sus libros de poemas destacan Yo que supe de la vieja herida (1985), Hacia la noche viva (1989), La nada vigilante (1994) y Patria y otros poemas (2008).

 

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