Dorothy, una historia de mantero

Hora de recoger y correr. Llegan los Mossos...
ELIZABETH ARAUJO

Silenciosos y dotados de agilidad, los pasos de Edisai se dejan caer sobre la acera en una carrera que no cesa hasta hallar lugar seguro. Desde muy temprano Edisai Nyong’o, keniano, 22 años y una vida prestada al azar, se revienta las costuras para mostrar en el malecón de Barceloneta mercancías que les dan para vender. Lo que extraiga de esas franelas número 10 del Barça, gafas ray-ban Erika y carteras Louis Vuitton, made in China, le sirve para sobrevivir. La paga es baja. Por eso se las ingenia para sacar plusvalía a turistas alemanes, ingleses, gringos o italianos que se detienen y preguntan el precio de los Oakley Lifestyle Crankshaft para el sol. Edisai sabe que no es bienvenido en el paisaje variable que baña la ciudad condal. Sabe que los porteros de hoteles, el empleado hipster que se encierra en las altas torres o las chicas que se pasean en bicicletas le ignoran, que es como si lo miraran con desdén, pero Edisai no tiene otro pensamiento sino para Dorothy. Con el sabor de ese nombre estaba cuando debió esfumarse del lugar. Dos mossos de squadra han hecho acto de presencia y el corro de vendedores callejeros levantó sus mantas en un segundo y en el otro segundo desapareció.

Todo empezó cuando hace dos semanas quiso venderme un foulard a un precio demasiado alto, y se lo discutí. Pero el desencuentro que dejó la disputa abrió cauces para una leve amistad. Me dijo algo en francés y yo le seguí el tono de su lamento. No nos hicimos amigos, obviamente. Pero me reconocía al pasar, no tanto porque yo le atrajera sino porque era la única transeúnte que lo saludaba. Un día Edisai me sorprendió al afirmar que ignoraba la suerte de su familia, atrapada en el campo de refugiados en Dadaab, y ¿saben? eso poco le importaba. “¿Qué cómo llegué hasta aquí?, ni yo mismo lo recuerdo; pero puedo decirte que no lo pensé cuando me vestí con esa trusa de enfermero, subí a la ambulancia de la ONU y salí de ese infierno”, me explica, en un español enrevesado, que remata con una sonrisa blanquecina que brilla en contacto con el sol.

Varias semanas y no lo vi más. Inclusive cuando me acerqué para ayudarlo, con un grupo de turistas de mi país, al sitio donde vendía sus baratijas. Días después, siento que una mirada me recorría desde la última fila en la sala de atención al público en la oficina del Ayuntamiento en Nou Barris, donde se agolpa gente de diversas nacionalidades para tramitar desde el empadronamiento hasta una ayuda social. Me asegura que no está ahí para solicitar nada. Lo suyo –lo enfatiza– tampoco es un asunto de persecución política o tribal, aunque me advierte que en su país nadie está exento a morir en un atentado al cruzar la calle o que unos asesinos yijadistas le descerrajen un disparo en la cabeza “mientras duermes en tu cama”. “En verdad, señora, yo vine aquí para preguntar dónde está Dorothy”.

manteros-barceloneta2Dorothy es la chica de su vida. La que conoció en la adolescencia y a quien me asegura le juró amor. Un día desapareció del condado de Uasin Gishu y no tuvo más noticias. Sospecha que anda en un centro de prostitución, obligada por proxenetas de alguna banda de traficantes de personas que la sacó de Kenia y al llegar a Madrid le decomisaron el pasaporte. Por eso, en su tiempo libre Edisay recorre cada una de las oficinas diseminadas en Barcelona para saber de su chica. Pero nadie le informa o lo echan del lugar con el seco “no se” de funcionarios que fingen estar ocupados. La angustia le consume cada día.

Pasaron meses cuando di por hecho que Edisai había dado continuidad a su obstinación marchándose a otra ciudad, a otro país, tras las pistas de Dorothy o que, mejor aún, la había encontrado, cuando leo en una breve nota de prensa de que el cadáver de una joven de 21 años, de procedencia keniana, fue hallado en un hotelucho de rutas en Rennes, Francia. Su nombre, Dorothy Juma. En su cuerpo había signos de haber sido estrangulada, antes fue violada. ¿Por qué lo cuento ahora? No sé. Tal vez porque el domingo volví a pasar por Barceloneta, vi a Edimai animado y evité que me viera. ¿Con qué fuerzas voy a preguntarle por ella? ¿Me dirá que la sigue buscando o, peor, que todo acabó, porque la chica hallada en Rennes era su Dorothy?

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