Empresas venezolanas buscan frenar la fuga de talento

YELITZA LINARES/ Infografías ANTONIO RAMÓN HERNÁNDEZ
El país no solo pierde a los más calificados por la diáspora. En el último año, se han ido bachilleres y universitarios sin terminar la carrera, funcionarios públicos, técnicos y obreros. Los gerentes de Recursos Humanos implementan alternativas para mantener a los que quedan, entre ellas bonificaciones en moneda extranjera, cesta de alimentos y ofertas de trabajos remotos

 

Jennyfer Ortega tiene 22 años. Vive en el Barrio Unión de Petare, el sector más poblado de Caracas. Estudia tercer semestre de Estudios Internacionales en la Universidad Santa María y trabaja como asistente administrativo en la Alcaldía de Sucre para poder pagar sus estudios.

Ella es un caso raro en Venezuela. No tiene planes de emigrar del país, pero cada semana, según relata, se despide por lo menos de dos personas de su barrio que han tomado la decisión de irse a vivir al exterior en busca de mejores oportunidades.

“Ya no sólo se van vecinos y amigos. En diciembre y enero me tocó separarme de familiares. Es inevitable que se me arrugue el corazón”, expresa.

La masiva emigración de venezolanos del último año ya tiene efectos y se percibe en la vida cotidiana del país. En las universidades hay aulas con pocos alumnos y laboratorios cerrados o líneas de investigación suspendidas por falta de profesores. En las urbanizaciones de clase media hay edificios con más apartamentos a oscuras en las noches, y de los que tienen luz, es casi seguro que ya no esté uno de sus ocupantes.

En las empresas la rotación de empleados y la sustitución de cargos se han convertido en el principal problema de los departamentos de recursos humanos. En los colegios y en los lugares de trabajo son frecuentes las despedidas de alumnos, profesores y compañeros de trabajo. Inclusive, hay planteles privados con materias sin docentes por esta razón.

En las empresas del Estado y en la administración pública, el fenómeno también comienza a ser un dolor de cabeza para los empleadores. Este mes han sido reiteradas las informaciones de los sindicatos sobre las renuncias masivas de ingenieros, técnicos y obreros a la estatal petrolera, Pdvsa, muchos de los cuales se van a otros países para procurarse mejores ingresos.

Es el caso del Centro Refinador Paraguaná, en cuyos portones ya en las madrugadas no hay trabajadores a la espera de contratos. La principal refinería en la que se producía la gasolina que se consumía en el país y la de exportación luce desolada.

“Ya no solo son gerentes o ingenieros los que se van, también técnicos y obreros, que no aguantan vivir con un salario de $4. Esto está muerto, y lo peor es que están sustituyendo a los que se van con muchachos sin experiencia y formación”, afirma Carlos Colina, presidente de la Federación de Trabajadores del estado Falcón.

SE AGUDIZÓ EN EL ÚLTIMO AÑO
Pero esta fuga de talentos se acentuó en 2017 y en lo que va de año ya se habla de desplazamientos forzados de personas de todos los estratos sociales y niveles educativos. Sobre las cifras de emigrantes no hay consenso. A falta de información oficial accesible quedan las encuestas, sondeos y proyecciones de investigadores académicos o consultores.

La Encuesta Nacional de Vida de 2017, realizada por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello, reveló este mes la cifra más conservadora: 1.421.000 personas se fueron a vivir a otro país entre 2012 y 2017. Por su parte, el Observatorio de la Diáspora Venezolana, que coordina el sociólogo Tomás Páez, había referido antes que hay 2.700.000 venezolanos en 93 países. La población venezolana es de más de 30 millones de personas.

El estudio de las universidades indica que 80 % de los que emigraron en los últimos cinco años lo hicieron entre 2016 y 2017, y la principal razón fue para buscar trabajo o porque lo consiguieron. Hay un leve predominio de hombres y la gran mayoría (88 %) están en edad productiva: entre 15 y 59 años.

A Rafael Ernesto Díaz, un consultor en el área de Recursos Humanos, le ha correspondido enfrentar la fuga de talentos de varios tipos de empresas. “Afronto el problema cada vez que voy a buscar perfiles que tengo en mi base de datos y descubro que se han ido del país”.

Los venezolanos han sido bien recibidos en algunos países de la región, porque casi la mitad de los que han emigrado tienen estudios universitarios. Pero esto ha comenzado a diversificarse: casi un tercio de la población que se ha desplazado solo alcanzó a culminar el bachillerato, según datos de la Encovi.

De acuerdo con esta encuesta, 675.771 hogares (9,5 % de la muestra) son receptores de remesas o tienen parientes que emigraron.

En la mayoría, 58 % de los consultados, por lo menos, la diferencia del último año es que este fenómeno también se vive en los sectores más pobres. Hay familias que con $100, $30 o $20 que les mandan sus hijos viven con relativa comodidad, y ya comienza a apreciarse la diferencia entre los que reciben este ingreso y los que no.

El grupo familiar de María Sonia Ramírez Estrada es uno de los que percibe estos fondos que envían los emigrantes a sus hogares en Venezuela. Ella es enfermera, madre de dos jóvenes, uno de 24 años y otro de 30. Su vivienda, ubicada en el barrio Ruperto Lugo, en el oeste de Caracas, pasó de estar repleta de gente a lucir casi vacía. En diciembre, sus hijos le dijeron adiós para tomar un autobús que los llevaría hasta Buenos Aires. Salieron por San Antonio del Táchira, frontera con Colombia, y tardaron más de seis días para llegar a la capital de Argentina.

Ramírez cuenta que su hijo menor estudiaba Mecánica Dental y el mayor estudió Ingeniería informática, pero este nunca ejerció su carrera. Trabajó en empresas bancarias y de seguros y con su papá, como chofer en una unidad de transporte de pasajeros propiedad de la familia.

Pero el cambio de ocupación tampoco fue suficiente para que Renzo Estrada pudiera alimentar a sus dos niños y a su pareja, por lo que decidió irse del país. Se llevó a su esposa y a su hermano menor con él. Esta casa de Ruperto Lugo pasó de estar habitada por siete personas a acoger solo a María, su esposo y sus dos nietos.

“No niego el vacío que siento, pero desde enero en mi casa comemos más, gracias a las remesas que nos envían mis hijos. Ellos trabajan en un cibercafé en Buenos Aires”, apunta la enfermera.

NUEVOS DESTINOS Y PERFILES
La diáspora venezolana también ha cambiado de destino. Inicialmente, los países receptores eran Estados Unidos, España y Colombia, pero en el último año, el país vecino pasó al primer lugar, seguido por Perú, Chile Argentina y Ecuador.

En Venezuela no se había vivido antes una situación de emigración masiva de personas. Al contrario, la población se acostumbró a recibir en distintas épocas a los inmigrantes de la posguerra europea, a los que huyeron de las dictaduras en Chile, Argentina y Uruguay, y a los desplazados por la guerrilla colombiana.

Amalio Belmonte, sociólogo y secretario general de la UCV, recuerda que a partir del momento en que el presidente Hugo Chávez comenzó a descalificar públicamente a los médicos, alegando que tenían valores capitalistas, comenzó una nueva ola de emigrantes, esta vez de los profesionales de la salud. Luego siguieron los ingenieros y se fueron incorporando otros profesionales.

“Todo venezolano con una profesión universitaria tiene como proyecto irse del país –puntualiza–. Lo peor es que está incidiendo en quienes no han culminado los estudios, que emigran antes de graduarse para buscar una mejor remuneración para apoyar a sus familias en Venezuela. Anteriormente, la razón del éxodo de universitarios con mejores promedios era especializarse con postgrados en el exterior. Ahora los que se van del país buscan la subsistencia”.

Explica que de la Universidad Central de Venezuela también renunciaron entre 800 y 1.000 profesores; muchos de ellos buscaron residencia en el exterior o se dedicaron a otras funciones. “Un docente universitario con postdoctorado está ganando entre $6 y $7 al mes. Solo en Haití ganan menos”, puntualiza. Esto sin contar que también están emigrando los empleados medios de la universidad. Ya no importa el área. Cualquier trabajo de muy poca demanda profesional tiene mejor remuneración que la que ofrecen las casas de estudios.

“Los grupos mejor formados se sienten excluidos. No tienen confianza en lo que puedan realizar para utilizar sus conocimientos –señala Belmonte–. Los mecanismos de ascenso social en Venezuela están muy deteriorados. Los jóvenes no perciben la educación como un mecanismo para vivir mejor en el país”.

ENFRENTANDO LA FUGA
Mientras el Gobierno no admite el problema, universidades privadas, como la Metropolitana y la Católica Andrés Bello, y las propias empresas buscan salidas para frenar la fuga de talento.

En la UCAB, donde la rotación de personal es más baja que en las públicas –entre 12 % y 17 %– ha sido más fácil sustituir a los que se van: “Pero el perfil de reemplazo es menor. Estamos perdiendo a los docentes de mayor escalafón y dedicación, y es difícil suplantarlos con la misma formación y experiencia”, admite Josué Bonilla, director de Recursos Humanos de esta casa de estudios.

La estrategia que tienen para mantener al personal incluye incrementos salariales agresivos, casi mensuales; bonificaciones que no tienen impacto en las prestaciones sociales, planes de desarrollo profesional y un programa de pago de bonos en dólares para determinados profesores de alto perfil, que han obtenido a través de donaciones. También están apelando al valor no monetario que tiene trabajar en la UCAB.

Igual situación se vive en las empresas, donde la alta rotación de personal que han vivido en el último año ha obligado a muchos propietarios a empequeñecer sus nóminas, a implementar políticas agresivas de aumentos salariales y a sobrecargar de trabajo a los que se quedan.

Adriana Peña es gerente de Talento Humano en el Grupo Ferrara, una empresa que se dedica a importar cocinas y closets italianos y que al cierre de 2017 tenía 293 empleados. Ahora, son 268. Cuenta que entre diciembre pasado y enero de este año ha recibido 53 renuncias de trabajadores, de los cuales 30 % obedecen a casos de migración; la mayoría son profesionales entre 28 y 35 años, con 3 y 4 años de experiencia.

“No es fácil reemplazar rápidamente las vacantes. Nuestra gran preocupación es cómo hacemos para retener los talentos. No podemos competir con el deseo de la gente de irse del país, pero procuramos mantener a los que quieren quedarse porque, además, quedan con una carga mayor, porque hay cargos que no estamos sustituyendo”, advierte.

Peña ha implantado otras estrategias que atienden el bienestar de los trabajadores. “Implementamos los 15 minutos diarios de desahogo, que cada gerente aplica en su área. Han servido para que la gente drene el estrés que generan los problemas para conseguir alimentos y para enfrentar las fallas del servicio de transporte”.

Rafael Díaz, consultor en Recursos Humanos, comenta que antes tardaba una semana en captar un talento; ahora, con la diáspora puede llevarse un mes y medio. “Estamos sacrificando los perfiles, le bajamos dos niveles a la exigencia, buscamos adultos mayores que no tengan motivación al logro, formamos generación de relevo dentro de la propia compañía y aquellas empresas que tienen posibilidades están ofreciendo bonos en dólares para cargos clave para la firma”.

Díaz ha recomendado a empresas que no pueden pagar mejores salarios que sean flexibles en la contratación de talentos y trabajen por metas o proyectos, con empleados outsourcing que laboren en remoto y sin horario. Hay negocios de nóminas reducidas en los que han implementado el beneficio de la caja de comida, similar a la caja CLAP que entrega el Gobierno.

NO TODOS SE VAN
Aunque queda la sensación de que el país queda como un cascarón vacío, son muchos los profesionales que prefieren permanecer en el país, pese a las dificultades, por varias razones: el arraigo con su lugar de origen, porque se le abren oportunidades laborales o porque tienen un camino profesional recorrido y no quieren comenzar de cero.

El consultor Rafael Díaz comentó que hay profesionales de entre 40 y 55 años que han enviado a sus hijos al exterior y están montando empresas de tecnología que operan como outsourcing para firmas en el exterior.

También hay jóvenes trabajando de manera remota con firmas extranjeras que les pagan en dólares por trabajos en el área de programación y desarrollo, diseño y comunicación.

Otros, como Jennyfer Ortega, la misma con la que comenzó esta historia, se niegan a emigrar porque se sienten en deuda con el país. Ella cree con firmeza que la gente que se queda a trabajar arduamente para reconstruir lo dañado puede generar el tan ansiado viraje económico.

Hace tres meses, Jennyfer fundó en su lugar de residencia, la zona popular de Petare, una asociación civil que llamó «Venezuela Mía», en la cual sus integrantes realizan actividades sociales, deportivas, culturales y formativas dedicadas a los que menos tienen.

“Mi barrio no está vacío y todavía queda mucho para que así sea. En Venezuela tengo mis estudios, mi fundación, mis proyectos personales. Solo espero que llegue el momento en el que los que se marcharon decidan volver a reconstruir la tierra que los vio nacer”.

Publicado por https://elpitazo.com

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Este trabajo fue elaborado con la colaboración de Daisy Galaviz y publicado en su versión original en el portal brasileño UOL

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