Esa Celestina del populismo, la Prensa

SEBASTIÁN DE LA NUEZ –

El argentino Martín Caparrós es un maestro de la crónica. Ahora suele escribir en El País de Madrid una columna con su buena prosa habitual y también colabora en la versión latina de The New York Times. Puede que se haya equivocado en la más reciente de sus entregas, titulada “El año en que chocamos con nosotros mismos”.

Solo puede.

sebastian-de-la-nuez-composicionSe queja Caparrós del periodismo que se hace en estos días, y en especial se refiere a la práctica norteamericana, quizás la mejor del mundo en tal oficio, ya que se equivocó de una manera tan estentórea con respecto al fenómeno Donald Trump, descartándolo de plano como punta del iceberg donde confluyen la ira, los traumas y los anhelos postergados de una larga fila de hombres y mujeres mayormente blancos que conforman y deciden una potencia. Era una oportunidad de oro para indagar en lo telúrico de esos estados de la nación profunda. ¿Qué sucedía como para que la mera posibilidad de aquel liderazgo político —tan folklórico, tan deleznable— se hubiese convertido en una rotunda realidad? Más: en un vector de la opinión pública.

La Prensa mundial (al menos en esta parte del Occidente) pero también las redes sociales, los programas de opinión de la TV y muchas ciudades norteamericanas después del martes 8 han sido escenario de la indignación, la sorpresa, la pesadumbre y el mal augurio ante la victoria del anaranjado sucesor de Obama en la Casa Blanca. Ningún medio de prestigio en Estados Unidos parece haberse paseado en serio por esta posibilidad, la de que Trump realmente le ganara a Hillary Clinton. Dice Caparrós que los medios simplemente se dedicaron a confirmar lo que creían saber, a contar lo que los confortaba y confortaba a sus lectores.

Si eso es así y declaramos cierto autismo por parte de ese sector, ¿lo podremos atribuir a la sombra de las redes que se cierne sobre el modo en que los profesionales del periodismo perciben hoy el entorno? ¿El rol de la Prensa como faro ha muerto? ¿Ha caducado su garantía de origen, aquella que le atribuye el don supremo de juntar las piezas sueltas de la escena pública y dar una visión contextualizada, informada, actual y rigurosa para tratar de orientar a la opinión pública?

Por cierto, ¿sueñan los periodistas de The Washington Post, Time o The New York Times con ovejas cibernéticas saltando cual “followers” en Twitter de comentario espontáneo en comentario espontáneo?

El año pasado apareció en el portal venezolano contrapunto.com un artículo del periodista Hernán Carrera. Era un texto rabioso, airado, demasiado largo para el gusto de internet: «Somos los que no aceptamos tu trampa, tu maldito chantaje de la polarización», escribía Carrera refiriéndose a quienes se mueven o bien a favor del Comando de la Revolución (las mayúsculas eran de él) o bien de la MUD. Al final decía que todo es libertad de empresa, nada es libertad de expresión. O algo parecido.

Martín Caparrós no habla para nada sobre esa idea de la libertad de expresión en su artículo. Para nada. Habla de aquella gente seguidora de los medios tradicionales, a fin de cuentas una elite, que no se detiene a mirar al otro: a los millones y millones que viven, piensan  e imaginan distinto (debió agregar que votan distinto también), y se refiere a los golpes que han significado la decisión de los ingleses sobre el Brexit y el NO de los colombianos ante los acuerdos de paz Santos-FARC.

Sí, han sido duros golpes. Hay una mayoría silenciosa que de antemano los medios no supieron desentrañar. La hay. La hay en todas partes. Y también se confirma que los pueblos se equivocan. Se equivocan fatalmente.

Caparrós lo dice de manera muy bonita: los que nos dedicamos a pensar nuestro tiempo, a contarlo (es decir, los periodistas) somos en buena medida culpables.

Pero uno mira por el retrovisor y puede que haya diversas maneras de sentirse culpable.

Y cosas peores que las que señala Caparrós. Como que las elites que leen periódicos y contribuyen a configurar opinión pública protagonicen el error, no solo lo ignoren.

Como sucedió en Venezuela más o menos entre 1992 y 1998, época en que se gestó el huevo de la serpiente.

Me acuerdo que, hacia 1993, pasaba en mi carro por la avenida Las Acacias, entre Gran Avenida y Sabana Grande, más o menos frente a Wilco. Rumbo a la avenida Libertador. Era Carnaval. Había gente de fiesta en medio de la calle. Una señora clase media llevaba de la mano a un muchachito disfrazado de comandante paracaidista. Un chico de seis o siete años vestido con uniforme de camuflaje; de golpista, vamos.

No me bajé del carro para abofetear a aquella mujer. O para tratar de convencerla de algo. Ni me dediqué a trabajar sobre aquello que representaba. Estoy seguro que leía periódicos, las declaraciones incendiarias de Uslar Pietri sobre la corrupción espantosa de los partidos políticos; o veía con fruición, lo apuesto, noticiarios de la antipolítica que difundían cada noche los principales canales de TV.

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