Escraches en el exilio

Escraches en el exilio
Manifestación de protesta ante el consulado de Venezuela en Funchal, Madeira, Portugal, el 17 de mayo de 2017.
ALEJANDRO ARRATIA –

Canta el pueblo su canción ya no lo pueden detener / esta es la música del pueblo y no se deja someter. El auditorio, un centro comercial de Caracas. Masa coral armonizada, el público desconcertado y maravillado se une a la protesta. Los jóvenes que pelean todos los días entonan La Canción del Pueblo (Musical, Los miserables). Lo recibo en la minúscula pantalla llena de fotos y vídeos conmovedores, tristes, crueles, bravos, alentadores. El niño que avanza solo con piedras en las manos hacia el pelotón de policías; campesinos de un pequeño caserío en las montañas andinas ponen en jaque a la guardia nacional; malandros motorizados disparando contra puertas y ventanas de las casas de familia; un grupo de jóvenes temerarios rescatan a sus compañeros de las garras policiales y lo celebran alborozados.

Los venezolanos también emigran y como todo expatriado por un régimen autoritario busca formas de contribuir a la lucha. El exilio encontró un objetivo válido y lo apoyamos: confrontar y denunciar a funcionarios del gobierno y sus familiares utilizando para ello el escrache, esa forma de protesta intimidatoria que se realiza en la calle, los domicilios o cualquier sitio donde se les identifique. Una acción política que debe responder a los intereses del movimiento opositor en el país. No es un simple acto aislado de descargo emocional. La ventaja de encontrarse fuera de las hordas represoras debe aprovecharse con gallardía, moralmente lejos, muy lejos de la actitud miserable que caracteriza a nuestros enemigos. El escrache para nosotros es una acción política, un poco de justicia, no es venganza.

El lunes 15, entre las cien notas diarias recibidas por WhatsApp llegó una diferente del abogado Vicente González: “Mensajes y recomendaciones para los venezolanos que están activos en el exterior plantándose frente a los enchufados”. No conozco al firmante. Inmediatamente aprecié de gran importancia las advertencias y quiero retrasmitirlas agregando consideraciones sobre el asunto. La experiencia dice que los “consejos” dirigidos a quien se encuentre en el frente de pelea tienen mala recepción; sin embargo, aprovecho la intervención de González. Debo confesar que he disfrutado algunos encaramientos contra personajes del régimen que viven o hacen turismo en el exterior; al mismo tiempo he sentido preocupación política por los posibles efectos negativos de esas acciones.

Como es normal coloco entre comillas las palabras de nuestro abogado. “Las muestras de rechazo en el exterior deben ser creativas y no sobrepasar los límites de la legalidad”, y nos recuerda la obligación de respetar el país que nos ha recibido. Me permito agregar, los escraches incontrolados, que sobrepasen sus fines, afectan la percepción que los ciudadanos y los gobiernos tienen de la oposición democrática en Venezuela. “Si se va la mano […] pueden generar rechazo”. “Tenemos gran apoyo internacional. Que el apoyo internacional no se vea comprometido por violación de las leyes de otros países”. Las protestas deben supeditarse al propósito de “Crear conciencia y solidaridad (internacional) y no cambiar la percepción de lo avanzado”.

Nos advierte González: “En muchos países los derechos políticos pueden estar limitados o ser inexistentes para los extranjeros”. En algunas naciones hay restricciones a la libertad de expresión y exigen permisos para manifestar. Cuidado con violar las normas, el éxito de las protestas depende de hacerlo legalmente. Quien está ejerciendo presión debe cuidarse de no caer en causales para ser acusado por delitos comunes menores como el acoso. “No necesitamos venezolanos presos en el exterior. El escrache probablemente no califique como presos políticos en (algunos) países”; por lo tanto, debemos conocer la normativa legal y para ello “Consultar abogados locales sobre los límites que pueden tener las protestas”, preferiblemente “Especialistas en derecho penal y derechos civiles”.

Entre las primeras recomendaciones estuvo la anotación de que hay ciudadanos comunes a los cuales los amparan las normas de cada país sobre la vivienda y la privacidad. Caso aparte los diplomáticos, las sedes diplomáticas y las residencias de estos funcionarios que gozan de inmunidad y protección del estado receptor. González llama la atención sobre “las demostraciones solitarias, espontáneas (que) pueden ser peligrosas y contraproducentes”. Reiterando, organicen los escraches y llévenlos a cabo con observación de los parámetros legales. A las razones que expone nuestro remoto y desconocido interlocutor, faltaron otras de orden político-humanitario: evitar o reducir al mínimo las molestias a los niños menores en las casas objetivo, así como a vecinos, parroquianos o espectadores.

Presiento el reproche en tono severo ¿…combatientes o hermanitas de la caridad…? Falso dilema. El escrache vengativo, incapaz de distinguir criminales y corruptos de inocuos partidarios del régimen, es inconveniente. Pésimo mensaje para los conversos y las fuerzas armadas. No olvidar: pasaron años antes de que la comunidad internacional comprendiera y aceptara que en Venezuela hay una dictadura salvaje, un anclaje de los intereses contrarios a la democracia y a la civilización occidental. Además -y no es secundario- enfrentados a bárbaros de inspiración castro-comunista, debemos mantener nuestra condición esencial de seres humanos civilizados y estamos obligados a demostrarlo dentro y fuera del país. Es la lucha de un pueblo noble que no se deja someter.

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