Esta otra noche de viernes

ATANASIO ALEGRE –

Heidegger invocó en su día como una de las bases de su metafísica aquellos versos de Hölderlin: “Nos toca estar bajo las tormentas de Dios a nosotros ¡sus poetas! con las cabezas descubiertas”. Richard Rorty, el filosofo americano del giro lingüístico, invocó también a un poeta para explicar el problema de la contingencia. Se trata del poeta inglés Philip Larkin, planteando así la relación entre la poesía y el pensamiento filosófico.

Desde aquellos sonetos de Shakespeare construido para la eternidad, los ingleses no han desfallecido ni en la lectura ni en el estudio de la poesía como la más inmediata ceremonia de la vida cotidiana: Indian empire or not, but we can´t do it without Shakespeare, dijo Carlyle.

Y aunque el poeta no haya sido considerado como un ciudadano de primera, sí lo ha sido el producto de su fantasía. Durante la década de los cincuenta, la poesía que se leía en Inglaterra tenía dos fuentes preferentes de procedencia: el neoromanticismo de Dylan Thomas y el tradicionalismo anglicano de Eliot, que se trasformó, finalmente, en un vanguardismo con un alto sentido formativo.

Era un torrente poético al que parecía imposible detener ni desviarlo o desplazar, cuando menos, por otros cauces y al que contribuyeron a dar prestancia las nuevas melodías musicales del pop británico que utilizó muchos de aquellos versos como letras de canciones, cuando menos.

Pero eso fue así hasta que apareció Philip Larkin y las cosas comenzaron a cambiar, a tomar otro rumbo. El arco vital que tensó la existencia de Philip Larkin se extendió de 1922 hasta 1985. Dejó una obra poco extensa. Dos novelas y cuatro libros de poemas muy breves. Su último libro High windows ha servido de cabecera durante la última década a los mejores lectores de poesía inglesa. Pero a Larkin no lo describen los sucesos que compusieron su vida. Estudió filología inglesa en Oxford, y después, para sacar su vida adelante, se desempeñó como bibliotecario, primero en Wellington y luego en Hull, dos poblaciones de poca importancia. Le gustaba el jazz, conforme a lo que dejó reflejado en su obra All what jazz. Llegó a decir que podía pasar una semana sin poesía pero ni un solo día sin jazz. Del Diario que resumió su vida del 61 al 68 puede colegirse que se consagró a un solipsismo creativo desde el que asistió sin necesidad de girar, como los contempladores de una escultura cubista en torno a ella para cerciorarse del espectáculo de su propia vida.

Hay en su obra tono y mundo propios. El mundo de Larkin se basa en una sobria contemplación de la realidad lirica y como resultado de la misma emana un realismo lírico que ha dado origen a un singular movimiento poético.

Esta conjunción de tono y mundo se puso de manifiesto cuando apareció su inolvidable poema La noche del viernes en el Royal Station Hotel. Se trata de comunicar la desolación de un hotel cuando los comerciantes lo abandonan el viernes en la noche dejando un solo protagonista, un camarero que lee un periódico de la tarde no vendido: el juego de luces que desciende desde los pisos altos decolorando de irregular manera las sillas alineadas, la soledad declarada desde la puerta entreabierta del comedor de vasos, cuchillos y el silencio que lo cubre todo como una alfombra. No hay ruido de pasos en los corredores. Alguien podría escribir en el papel timbrado del hotel: Ahora viene anoche, las aldeas se cierran detrás de las olas. El tono estaba en la frustración de la vida cotidiana, pero sin perder de vista la dimensión metafísica, sin someter las palabras a un laboratorio de ingeniería lingüística. De ahí su maestría para la media rima, para las aliteraciones, para fijar toda una época que transcurre entre el fin de la Banda de Charley y el primer LP de Los Beatles. Pues bien, ese realismo lírico es como un empeño para seguir detrás del ruido natural de lo bueno. Era como una manera de perseguir ese Enormous yes del poema de Sidney Becher y que serviría después como título a los amigos de Larkin en el homenaje póstumo que le dedicaron.

Larkin no dio ni un recital público ni ofreció conferencias, ni estuvo en América y el proceso de haber llegado al lector se produjo no por una siembra a boleo como suele hacerse hoy sirviéndose de la publicidad, sino por una lenta propagación de injerto en estaquilla mediante la cual su obra fue prendiendo en unos y en otros. La influencia de Larkin fue un asunto de descubrimiento individual ¡¡Con qué pasos tan tristes trepas, ¡oh luna! por el firmamento!! escribió.

En otra oportunidad, después de un silencio poético de más de diez años, alguien le preguntó si había dejado de hacer poesía.

-Yo no, respondió, es ella la que ha dejado.

Pero los ingleses pueden leer una obra prescindiendo del autor, si éste no tiene mayor interés en la demostración de su propia estampa.

Esa inclinación de Larkin hacia el escepticismo, hacia la ironía y hacia una cierta obstinación en su estar en lo que era, parece responder a aquel sentido de la contingencia con el que solía referirse a ella Oscar Wilde: Solo evolucionan los mediocres.

Pues bien en esto estamos bajo esas dos influencias geniales, la de Larkin y la de Wilde, tanto en lo que refiere al proceso de disolución de la noche del viernes y al predominio de la mediocridad. Con la diferencia de que las noches de aquellos viernes son las de estos tiempos nuestros.-

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ATANASIO ALEGRE – De la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Española.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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