Fargo es un barrio de Caracas

F/Oswer Díaz Mireles

SEBASTIAN DE LA NUEZ –

Se está hablando de la posverdad, de las encuestadoras  que se equivocaron en el país más encuestado del mundo, del cambio climático, de una derecha basculante en auge. Se habla en diversos círculos y redes de las series de TV que te ponen a pensar (Black Mirror y su interrogante sobre las tecnologías invasivas), de lo inhóspito que se está volviendo el mundo a pesar de estar tan interconectado, o precisamente debido a ello. Hay temas propios de sociedades con sus problemas esenciales más o menos resueltos, y para  desmenuzarlos, gente muy solvente, universitaria e intelectual ocupada en promover interesantes debates sobre ellos: un Nicholas Carr en América del Norte; un Gilles Lipovetsky o un Paul Virilio en Europa. Son solo ejemplos.

Hay temas, por otra parte, que se derraman desde los países donde ni siquiera las nuevas tecnologías son de temer. Los replicantes de Blade Runner ni se asoman en el horizonte de las preocupaciones. Son pueblos en el subsuelo desde el punto de vista moral y económico. En esas naciones, la gente, si los tenía, perdió sus valores esenciales o los ha pospuesto hasta nuevo aviso, y su cultura en general ha pasado a convertirse en una colcha desmadejada por la violencia, la corrupción, el quiebre de las normas elementales de convivencia.

La barbarie se halla en todas partes del mundo, pero en ciertos países se ha hecho un modo de vida. Es impune, hegemónica, estrafalaria. En Venezuela se exhibe con desparpajo a plena luz del día, crece debido a factores múltiples, a veces se reafirma en episodios baladíes, de corte casual. Como marco, la barbarie se solaza desde el aval, explícito o no, proporcionado por el alto gobierno chavista desde que el alto gobierno chavista existe.

Cierto: en todas partes el hombre sigue siendo un animal particularmente peligroso consigo mismo, enajenado y propenso a cometer toda clase de tropelías horrendas. Es antropófago en diversas formas. El problema es cuando esa bárbara antropofagia se institucionaliza como regla.

Crónica de un país que se desangra: podría ser el título de una obra multimedia aún por difundirse al mundo.

La documentación periodística es fundamental. No solo de la barbarie, sino de los ribetes esperpénticos, baladíes y fútiles que presenta en Venezuela. Cronistas privilegiados de este tiempo han sido los fotógrafos profesionales. Han sabido capturar el horror pero también la solidaridad. Han visibilizado con arte y sentido informativo lo que el Estado ha querido ocultar. El gobierno chavista ha aplastado la realidad bajo toneladas de embustes y mediante la compra de medios cuyos dueños no han tenido ni valentía ni ética.

Oswer Díaz Mireles es un humilde reportero gráfico en un gran matutino de Caracas. A él no le gusta cubrir sucesos, dice que ya ha visto demasiado. Sin embargo, “no le queda de otra”, como dicen. Por obligación debe atender hechos de sangre cuando le toca guardia los fines de semana. La foto que acompaña esta nota la hizo el fin de semana pasado en un barrio de Caracas llamado Plan de Manzano, donde ocurrió un triple asesinato. No se sabe por qué. Los vecinos asisten al levantamiento de los cadáveres, pero no les gusta hablar con los reporteros. Como Oswer, ellos también han visto demasiado. Al parecer, los tres jóvenes asesinados en esta ocasión habían salido de una fiesta a comprar licor.

La miniserie policíaca de HBO, Fargo, ha causado furor. Reproduce la estética y la atmósfera de la película original de los hermanos Coen ganadora del Oscar. La serie está espléndidamente bien realizada y actuada. Fiel a cierta constante en las tramas que llevan adelante los Coen, los crímenes en Fargo se producen y re-producen casi por un curso de los acontecimientos absolutamente absurdo. Hubieran podido perfectamente no suceder. Pero suceden uno tras otro. Es una violencia que infunde escalofríos porque resulta completamente ciega. No sabes si en cualquier momento va a apuntar hacia el ser más indefenso. Hacia un niño. Hacia tu ser más querido. Hacia ti mismo.

Ojalá esos grandes cronistas de esta época trágicamente violenta que vive la ciudad que probablemente ostenta el dudoso honor de ser la más violenta del mundo sean recompensados con una muestra internacional itinerante. El trabajo que han hecho debe difundirse. Fotos que le podrían helar la sangre al mundo, y no porque sus escenas sean particularmente escabrosas. Muchas veces un rostro en primer plano, el entorno mismo de la escena del crimen, dicen más que un cuerpo abaleado en plena calle.

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