El fenotipo de los nuevos tiempos

ATANASIO ALEGRE –

Decía Camilo José Cela que cuando en un sitio huele mucho a algo, el secreto no está en oler más fuerte, sino en oler otra cosa. ¿A qué huele hoy Venezuela? En Venezuela hay un tufo cada vez más permanente proveniente de la corrupción, por una parte y de la insensatez con que se manejan ciertos asuntos públicos, por otra. El diccionario de la lengua define la insensatez como necedad, falta de sentido o razón. La corrupción cuando es descarada, es el correlato inmediato de la insensatez. Pues bien, uno de los hechos más insensatos a los que tenemos que enfrentarnos en Venezuela es la división que se ha venido haciendo entre quienes tienen y no tienen, entre quienes saben y no saben. En ambos casos, la queja se dirige a mostrar rechazo contra quienes saben y contra quienes tienen más. En cuanto al caso de quienes tienen menos se puede compensar (no tan fácilmente, al parecer, si nos atenemos a los resultados de las expropiaciones y demás) haciéndoles dueños de lo que tienen otros. Pero en el caso del saber, la cosa es distinta. Por esa razón nos resulta hoy tan difícil conversar en Venezuela con argumentos sobre cualquier cosa porque las palabras mismas han perdido su sentido eficaz. Ello ocurre porque la vieja fórmula política de John Locke sobre el sentido de la gobernabilidad ha perdido vigencia entre nosotros. Locke decía que solo hay poder legítimo si existe relación de confianza entre gobernantes y gobernados. Una carencia que es peligrosa en sí misma porque significa confundir el mundo con el no-mundo, el ser con la nada o instaurar el nihilismo como la palanca que se encargue de mover las cosas. Esa es la razón de que palabras tan nihilistas como exclusión, cárcel y muerte hayan pasado a formar parte del diferencial semántico en la vida venezolana.

Pues bien, si definimos cultura como la capacidad de compartir determinados significados entre los miembros de una sociedad, como una expresión mínima al uso, tendremos que convenir que la cultura venezolana pasa por uno de sus momentos más difíciles. El discurso se ha envilecido y se ha convertido en una suerte de razonamiento equivoco. A eso huele hoy este país de sol, de flores y de música. Pero no hay que perder por ello el rumbo.

En la Inglaterra de 1894, gobernada por Gladstone, un joven periodista militar de nombre Winston Churchill pensó que las calles de Londres iban a quedar bloqueadas por los excrementos y el consiguiente tufo de los caballos que transportaban en carruajes a los ciudadanos de un lugar a otro. De repente en una pequeña ciudad de un país vecino, el invento de un señor llamado Carl Friedrich Benz que se conoció como el motor de combustión interna, la internal combustion engine, vino a resolver el problema en Londres. Lo cual quiere decir que la potencia de lo inesperado suele desbordar a los políticos.

Es decir, que tanto entonces y de manera mucho más aguda ahora es la creatividad humana -esa que ha sido capaz de colocar una nave en Marte, aunque solamente haya sido de momento eso- forma parte (la creatividad, digo) del fenotipo de los nuevos tiempos.

Ha pasado otras veces y es entonces cuando es necesario que se haga oír la voz del que sabe, la del intelectual. La voz del sensato. Si lo que se sabe se llamaba en la Grecia antigua “episteme”, hay que instaurar la episteme, de manera que la autoridad, sea la autoridad del que sabe y no meramente la autoridad deóntica del que manda, convertida en un amenazante navajeo verbal.

Contrarrestar esa fuerza que trata de envolvernos en proposiciones tan absurdas como esa de que en la sociedad venezolana es imposible establecer un proyecto-nación mediante el cual se funcione de acuerdo a un plan, no es otra cosa que entregarse de antemano en los brazos del desaliento. Por más general que sea el jesuita que tales afirmaciones sustenta.

Todo proceso de organización requiere valentía y nervios templados. Los que debe tener el intelectual que no viene a ser otra cosa que un profesor de energía, dueño, por tanto, de una firme vitalidad mental que le permita desenredar la trama que componen realidades convertidas en equívocos, tales como democracia, libertad, soberanía o educación.

¿Lograremos siquiera aceptarlo como contraproposición?

Publicado originalmente en el diario El Nacional, de Caracas, el 6 de noviembre de 2016

[useful_banner_manager banners=4 count=1]

Deja un comentario