Fidel, Luis, Rita

SEBASTIÁN DE LA NUEZ –

Tres muertes esta semana. Tres muertes definitivas marcando un antes y un después. Personajes que han de pasar a la historia, aun cuando no se sepa a ciencia cierta qué tomo de la historia registrará su quehacer. Rita Barberá, Luis Miquilena y Fidel Castro.

Una española, un venezolano, un cubano.

Las tres muertes tienen una relación estrecha con lo mediático, apartando cualquier otra consideración que pueda hacerse desde lo social, lo histórico, lo político.

Rita Barberá, dicen, fue asesinada por quienes un dirigente del Partido Popular calificó como hienas, o sea, anclas o comentaristas de medios de comunicación que a su buen entender la lincharon públicamente antes de que cualquier juez del Reino de España lo hiciese conforme a las normas y a la justicia. La señora, por lo visto, era de armas tomar. Por lo visto y oído era bastante hipócrita y se prestó a la malversación de dineros públicos. El Partido Popular que la aupó y la consagró una vez, llegado el punto de ebullición se desentendió de ella, la execró.

Sin embargo, hizo hincapié el diputado Rafael Hernando en el comportamiento de influenciadores como Andreu Buenafuente o el Gran Wyoming. Cierto; realmente en sus programas en TV de gran audiencia estos caballeros, a medio camino entre el periodismo de interpretación y el stand up comedy (aun cuando en sus programas suelen estar más bien apoltronados), fueron implacables con la exalcaldesa de Valencia, probablemente con razón. En España parece haber libertad suficiente como para ejercer la violencia verbal en las Cortes sin consecuencias aparentes, manejar a discreción las medias verdades frente a los micrófonos de la Prensa, tratar asuntos de corrupción con absoluto cinismo.

Por su parte, Buenafuente y Gran Wyoming persiguen a las audiencias, las capturan y, haciéndolo, meten el dedo en las llagas. Los partidos políticos ofrecen una variedad de llagas purulentas a escoger, el PP se lleva la bandera en ello aunque Podemos no le va a la zaga. Ni el PSOE. Donde las dan, las toman. Es un dicho muy español.

Luis Miquilena es la segunda muerte de la semana con significación política y mediática. Esa generación a la que él pertenecía siempre tuvo conciencia de que las ideas políticas, para ser eficaces, deben ser machacadas a través de los órganos que puedan difundirlas. Bien temprano en los años sesenta ya manejaba don Luis su propia imprenta y contribuía a fundar un periódico llamado Clarín. La prensa partidista, con AD y Copei a la cabeza, durante muchos años tuvo vigencia y seguidores en Venezuela. Eso fue bueno, porque la Historia de un país se reconstruye a través del trabajo de investigación en las hemerotecas. Hoy en día, ¿qué está quedando como registro del devenir político, del día a día? ¿Millones de tuits atomizados en la galaxia virtual? Quizás algún webmaster tenga alguna respuesta.

Con el tiempo, don Luis aprendería a desenvolverse frente a los avatares de la política ejercida desde el poder, ya no desde la oposición. Su herramienta ya no sería el papel y la tinta sino su lengua procaz. Con cierto cinismo semejante, salvando las distancias, al del actual PP español, despacharía asuntos públicos preguntándose con qué se come la sociedad civil, o insultando a Rafael Poleo y Javier Elechiguerra, entre otros adversarios.

Y salió incólume con cinismo y desparpajo. Sobrevivió al chavismo y al propio Chávez, fenómeno comunicacional que don Luis, por cierto, contribuyó a construir lavándole el rostro y los contornos golpistas.

La otra muerte, la de Fidel Castro, da demasiada tela que cortar en lo mediático como para tratarla aquí. Castro fue el príncipe de la realidad paralela. Gobernó desde el engaño y consolidó su régimen con infinita hipocresía. La señora Barberá, el señor Miquilena, fueron apenas niños de pecho al lado suyo.

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