Fin de año entre verónicas y girondinas

Fin de año entre verónicas y girondinas

 

ABEL IBARRA –

La voz escrita de Víctor Suárez llegó a mi Messenger desde la España “de charanga y pandereta”: “Ibarra, despídete del año con un par de verónicas. Espero tu artículo para Actualy.es”. Sólo por contradecir, decidí más bien enviarle una “girondina” y, sin más, me metí con la cuadrilla inaugural en el “redondel”, como le gustó decir a Agustín Lara en el pasodoble que le compuso a Silverio Pérez, diestro mexicano de estirpe y tronío. Víctor, quien a veces se da con lo clásico, me pidió verónicas porque es éste el lance originario con que el torero abre la corrida sujetando el capote con sus dos manos para medir la velocidad y el embiste del toro. Ahora se practica con una sola mientras el cuerpo gira de costado, lo cual hace que el pase sea más largo y peligroso porque los cuernos del animal pasan más cerca de los genitales del torero; joder, que los tiene.

Fin de año entre verónicas y girondinasPero se me ocurrió la “girondina” porque ese fue el lance que inventó César Girón, el matador que imprimió el nombre de Venezuela en el mapa taurino mundial. La girondina se ejecuta con muleta, paño de color rojo montado sobre un arnés de madera llamado estaquillador, que le da forma y lo sostiene. César Girón le imprimió mayor espectacularidad a esta suerte al arrastrar el capote por la arena para citar al toro con su pie izquierdo adelantado, hasta que éste lo embiste y el torero hace un giro de 180 grados para quedar de espaldas al astado. Y las tribunas que se pueblan de olés y pañuelos para concederle al matador rabo y orejas en premio a su bravura. Fue justamente esa suerte la que produjo el deslumbramiento de Danièle Ricard, heredera de Pernod Ricard, la famosa casa de licores francesa, quizá por aquello de que “casamiento y mortaja del cielo bajan”.

Sólo un afán poético me ata a la Fiesta Brava, y las veces que he estado en Madrid, en Sevilla, o en cualquier otra cuna de este asunto sangriento, he visitado “Las ventas” o la “Maestranza”, sólo por rememorar la tinta que corre por las venas de la tauromaquia. En sus graderías está indeleble la sombra de “El Cid Campeador lanceando a un toro”, de la serie pintada por Goya, como testimonio del primer acto de rejoneo que hoy es ejecutado en todas las plazas. Pero, también, se oye en los tendidos el rumor del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, con su lamento de “la muerte puso huevos en la herida / a las cinco de la tarde”, hora en que el torero se encontró de frente con su destino ciego. La elegía de Lorca toma partido por el diestro en un acto quirúrgico para juntarle el corazón que cayó roto sobre el ruedo.

Pero hay otras líneas que apuestan por la suerte del toro como la plegaria sublimatoria que hace Rafael Alberti en un indulto postrero por tanto sacrificio febril:

Negro toro nostálgico de heridas / corneándole al agua sus paisajes / revisándole cartas y equipajes a los trenes que van a las corridas (…) nostálgico de un hombre con espada / de sangre femoral y de gangrena / ni el mayoral ya puede detenerte. / Corre, toro, a la mar, embiste, nada, / y a un torero de espuma, sal y arena / ya que intentas herir, dale la muerte”.

Y me pregunto ¿cómo será el alma de los toros?, para que el poeta justiciero llamado Miguel Hernández, la convoque junto a la suerte del torero como dos instancias humanas que luchan por la vida. Va sin enmiendas.

Como el toro he nacido para el luto y el dolor / como el toro estoy marcado / por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto. / Como el toro lo encuentra diminuto / todo mi corazón desmesurado / y el rostro del beso enamorado / como el toro a tu amor se lo disputo. / Como el toro me crezco en el castigo / la lengua en corazón tengo bañada / y llevo al cuello un vendaval sonoro / Como el toro te sigo y te persigo / y dejas mi deseo en una espada / como el toro burlado / como el toro /.

Los poemas afloraron en mi coche cuando iba junto a Alexis Ortiz y Juan Vené a celebrar los prolegómenos de esta navidad difícil en el restaurante de Mariano Navarro. Juan nos contó que había sido novillero cuando muchacho. “Es que yo era muy pobre y tuve que echar mano de todo lo que ayudara a conseguir unos realitos, maté 98”, dijo, y me trajo a la memoria una entrevista que le hicieron a El Cordobés. “¿Usted no tiene miedo de una cornada?”, preguntó la periodista, incisiva. Manuel Benítez respondió: “más cornadas da el hambre”. Y una sombra de tristeza se montó en el coche pensando en la penuria venezolana que nos duele en el corazón de los poetas concernidos por el infortunio.

Abel Ibarra, narrador y poeta venezolano. Escribe desde Miami (EEUU).

 

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