“Para mi hija sería un suicidio regresar a Venezuela”

Adriana Bertorelli, en Madrid.
RAFAEL OSÍO CABRICES (Corresponsal en Montreal, Canadá) –

Habla Adriana Bertorelli, en el barrio de Lavapiés, Madrid, España.

“Mi hija Federica me pedía salir. Me decía que cada vez podía vivir menos tranquila. Hubo una semana en la que vimos hechos muy cercanos a armas de fuego en cinco de siete días. Sálvame como persona, como adolescente encerrada, sácame de aquí, era lo que ella me pedía.

Nuestro primer planteamiento fue irnos a México, porque tengo unos compadres allá, pero yo no quería irme. Le di todas las vueltas del mundo, le di largas todo lo que pude. Pero cuando empezó a sentirse muy mal, y la tuve que hospitalizar una semana, las cosas cambiaron.

Mi hija había presentado problemas de salud desde los tres años. Durante ocho años de exámenes no se sabía qué era lo que le pasaba. Hasta se consideró que tenía leucemia. Para 2014 ya yo sabía que lo que ella tenía se llamaba colestasis familiar intrahepática progresiva, pero en Venezuela no existía la tecnología para saber cuál tipo es. Una de los dos hepatólogas pediátricas que hay en Venezuela se puso a afinar el diagnóstico.

En el Hospital de Clínicas Caracas una hepatólogo de adultos nos dijo, con ella enfrente, que esto era muy serio y que teníamos dos años para correr y hacerle un trasplante de hígado a Federica, porque si no, lo que tenía se convertiría en un cáncer hepático mortal. “¿Tú tienes otra nacionalidad?”, me preguntó. “Bueno, sí, la italiana”. “OK, úsala. Es urgente”.

Mi hermana en Madrid nos ofreció una ayuda que luego no se dio, pero eso sirvió para que miráramos hacia Madrid, donde le salvaron la vida a mi hija. Conseguí que nos donaran los pasajes y logré reunir 600 euros. En principio yo podía trabajar en España, siendo italiana, pero no sabía qué haría. Salimos de Venezuela en octubre de 2014.

Vivíamos al principio, o malvivíamos, con una amiga de mi hermana. La convivencia puede ser el principio de muchas cosas, pero también el fin de muchas otras. Me puse a ayudar a mi hermana a cocinar, pero el emprendimiento estaba muy mal organizado y fue un desastre.

No teníamos abrigos ni dinero para comprarlos y hacía frío que jode; un par de amigos nos mandaron abrigos desde Washington. Y la salud de Fede iba en picada.

Ese primer año la metí en el colegio, pero no tenía para comprar los libros de texto, así que tuve que sacarla de la escuela poco después. Ella se estaba poniendo muy enferma. Luego ella me diría que cuando se le acababan las medicinas no me avisaba para que yo no gastara, porque ella no veía cómo íbamos a comer.

Casi todo le caía mal. Era un suplicio cocinar para ella.

El primero de enero de 2015 me encontré con quien ahora es mi jefa, una amiga del kinder que vive en Miami, Nina Fuentes, con quien ya había trabajado antes. Por una foto mía en Instagram supo que yo estaba aquí y me contactó para verme porque estaba por cuatro días de visita en Madrid. Lo que quería era ofrecerme trabajo, que yo acepté de inmediato. Sigo trabajando con ella.

Ahí fue que nos mudamos a este apartamento en Lavapiés, sin calefacción, con solo un colchón inflable prestado, pero incluso así estábamos mejor. Ya con casa y trabajo, empezamos a ver cómo metíamos a Fede en el sistema de salud español. Nuestros pasaportes italianos estaban vencidos, porque era un rollo renovarlos en Venezuela, pero el de Fede además tenía un error: tenía los dos apellidos de su papá y por tanto según eso no era mi hija y no era italiana. Aunque nos divorciamos cuando ella tenía cinco años, él todavía tuvo que ir a firmar cosas en Caracas.

Los médicos me decían que hasta que ella no tuviera los papeles vigentes no la podían atender. Una trabajadora social me explicó que estaban constitucionalmente obligados a atenderla como menor de edad. Tardamos como seis meses en que ella fuera vista por un médico.

En el verano de 2015 nos dieron una cita con un médico de familia; apenas Federica cruzó la puerta nos dijeron que ella tenía que ir a urgencias de inmediato, por el color que tenía. Nos mandaron al hospital que nos corresponde por domicilio, donde la vio un hepatólogo que la refirió al hospital La Paz, donde sí hacen trasplantes, y empezaron a hacerle una batería de exámenes, mientras en otro sitio me estudiaban a mí como posible donante.

Me decían que por el tamaño de adulto que ella ya tenía, la cantidad de hígado que yo tendría que darle hacía posible que yo no saliera de la mesa de operaciones, de manera que con un abogado tuve que examinar las opciones que Federica tenía como menor emancipada si yo no sobrevivía.

A finales de agosto la metieron en la lista de espera. El 6 de octubre nos llamaron para decirnos que había un órgano. La operaron durante toda esa noche, mientras yo estaba sola esperando a mi muchacha fuera del quirófano. El 7 de octubre la pasaron a cuidados intensivos y cuando fui a la casa a buscar ropa me encontré la carta del otro hospital, que decía que yo no podía ser donante.

Durante ese tiempo me siguieron pagando en mi trabajo, aunque yo casi no podía hacer nada. Por su solidaridad y su comprensión estaré eternamente agradecida. Fede se recuperó muy rápido y regresamos a casa a finales de noviembre (cuando había niños que podían pasar seis, ocho meses en el hospital) y la educación pública le asignó unos tutores.

Empezó a estudiar en el apartamento, pero cuando le tocó el momento de regresar a su colegio, ahí fueron implacables y no la dejaron revalidar lo que estudió mientras estuvo hospitalizada. El esfuerzo por ponerse al día le provocó tanta angustia que se le caía el pelo y se le alteraron los valores.

Tomamos la decisión de que terminara de tomarse este año para recuperarse. Así que se atrasó dos años. Ahora entró en un bachillerato para estudiantes mayores de edad, para jóvenes que no habían podido estudiar, y que está muy bien estructurado.

Hoy, Federica está perfecta de salud y tiene su grupo de amigos. Ya habla con ellos con acento madrileño y está siendo monitoreada constantemente con el hígado donado, que no sabemos de dónde vino.

La apuesta a ciegas salió bien: ella nunca había venido a Europa y yo solo había estado dos semanas aquí. Pero nos tuvo que gustar. Tuvimos que adaptarnos.

Es ahora que somos italianas y legales, y que yo he podido hacerme contribuyente. Como trabajadora autónoma, aparte de los impuestos, tengo que pagar 299 euros mensuales al fisco español. Pero yo tengo que arreglar mi situación fiscal en España para poder seguir contando con la salud pública, porque si no, en vez de pagar 36 euros al mes por los medicamentos de mi hija, tendría que pagar unos 3.000 euros al mes. Y mi cobertura dura hasta que ella tiene 25 años.

Para mi hija sería un suicidio regresar a Venezuela. Tiene que tomar medicamentos anti-rechazo toda su vida. En Estados Unidos no hubiéramos tenido un trasplante. Vinimos al lugar indicado en el momento indicado.

En el interín empecé a escribir aquí. Conocí en una cena al escritor peruano Fernando Iwasaki, quien después de ver mi trabajo, me recomendó con Vanity Fair España. Mi primera pauta fue entrevistar a un torero, de lo que no sabía ni lo más básico, pero lo hice. Realmente el tipo fue un gentleman y me explicó de qué se trataba aquello.

Yo no me vine a Madrid con una idea preconcebida. Sabía que me tocaría hacer cualquier cosa y yo no tenía problema con eso. La gente que la pasa peor es la que no puede adaptarse a ejercer una profesión distinta. Aquí uno necesita ser humilde. Esto no es una extensión de la Venezuela Saudita de la que en algún momento gozamos.

Tienes que aprender a vivir con menos. Tienes que ser agradecido con quien te abre la puerta. Suena obvio, pero no lo es tanto. He encontrado mucha gente que no solo está agradecida sino que es capaz de meterse en unos trabajos insólitos por el solo hecho de demostrar que puede hacerlo.

Me he conseguido muchos médicos jóvenes venezolanos y sus colegas españoles me han dicho que les dan mucho campo porque son carajos acostumbrados a operar con la luz del celular, porque son como médicos de guerra.

Otra cosa: estudia las leyes del lugar adonde vas. Con la muerte de mi hermana en Madrid, en 2016, he pasado muchísimo trabajo para entender las leyes tributarias. Nuestra burocracia la heredamos de aquí. Y no es que no quieran darte la información, es que tampoco se la saben, pero en lo que te atañe, como el colegio de tu hija, tienes que estar ubicado”.

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