Iglesias el cantamañanas

SEBASTIÁN DE LA NUEZ
La feminización no guarda relación con que se abran más oportunidades a más mujeres en cargos de representación política o en consejos de administración de grandes empresas, dijo Pablo Iglesias durante su intervención, hace unas semanas, en un foro público; tiene que ver, antes bien y según la lectura del secretario general del partido Podemos, con “la forma de construcción de lo político”. ¡Hostias!

Siguiéndole el curso a la referida intervención, de ahora en adelante y en un eventual gobierno de Podemos, la voz matria podría sustituir a la de patria.

Eso es feminizar la política, y no zarandajas laborales.

Iglesias cultiva la neolengua. Una gramática antisistema. Todo en él es así, desde la coleta lacia a sus lacias ideas. Es la marca a través de la cual vende su particular visión del mundo, o de España al menos.

De manera vinculante, abriendo el espectro, practica el doctor Iglesias la neoforma. En aquella intervención aclaratoria de lo que es propiamente la feminización de la política (puede escucharse y verse en YouTube), no dejó pasar por alto el esfuerzo que hace por trastocar las ceremonias que acompañan el ejercicio parlamentario madrileño. Tutea a los periodistas que cubren esa fuente pero ellos, ¡ay!, acostumbrados al corsé tradicional, no entiendan esta camaradería, esta informalidad reveladora del hombre nuevo.

Pablo a secas, el de las camisas a cuadros en medio de aquel estiramiento de elegantes chaquetas y corbatas a juego, reluce por su singularidad.

TRES ELEMENTOS FUNDAMENTALES

El fenómeno Iglesias-Podemos en España se verifica a través de tres líneas transversales: el maniqueísmo, la estética de la informalidad y el cantamañanismo.

Todo en Podemos implica una operación de mercadeo premeditada, desde las caras de niño que rodean al líder —Iñigo Errejón, Irene Montero, etcétera— reforzando la idea de frescura hasta el empeño contumaz en cuestionar el establishment. “Es usted estupendo, señor Iglesias, es la quintaesencia de todas las virtudes”, le dijo Mariano Rajoy al responder una de sus intervenciones en el Legislativo; “es usted el único demócrata que hay en España”. Pablo sonreía cuando la cámara lo enfocaba. No debía estar en el fondo molesto ante las palabras del presidente del Gobierno, a pesar de su virulencia. A fin de cuentas, ya se lo habrán explicado sus asesores, lo que interesa es que la atención se dirija sobre él.

¿No es la norma del populismo, la que llevó a Trump a la presidencia de Estados Unidos?

El maniqueísmo de Podemos, de su líder, no es sino el mecanismo de la polarización. Polarizar para que queden sobre el escenario los buenos y los malos frente a frente, blanco o negro. Pablo habrá de monopolizar el buenismo, y al hacerlo, quedarse con los espacios que hasta ahora detentaban organizaciones como el PSOE o fagocitar partidos en decadencia como Izquierda Unida. El maniqueísmo es reducir el entramado social a pobres y ricos, construir desde el conflicto, adueñarse —de ser posible— del concepto “gente”. Lo que tienen los otros no es gente. Ni siquiera seguidores. Ni votantes. En todo caso, secuaces. O escuálidos, dicho en términos de una elaboración que Pablito conoció bien.

A la estética de la informalidad se le ven las costuras desde lejos, hasta en la forma en que Pablito voltea ligeramente para dar las gracias al joven que le sirve su copa de agua cuando se dispone a ejercer el derecho de palabra en el hemiciclo. Casi no se las da, de tan informal que es, y sin embargo, vean ustedes, señorías, público todo, su preocupación por la gente le puede más.

Habló en el foro aludido al principio de esta nota utilizando, además de matria, el concepto virilidad consustancial a la política y el verbo deconstruir. Todo para decir que feminizar la política significa preocupación de la comunidad por proteger a las personas. Así como las madres se preocupan por proteger a sus hijos.

Deconstruir primero, hacer la revolución después. La llave todopoderosa.

Eso es precisamente lo que ha hecho el chavismo todos estos años en Venezuela, deconstruir.

Hay un chiste español muy conocido. Se encuentran los amigos Manolo y Pepe en una esquina de A Coruña y Pepe pregunta:

—¿A dónde vas, Manolo?

—Ahí mismo, a comprar un bloc…

—Uy. No te lo aconsejo. Ese hombre es un cantamañanas de mucho cuidado. Hay otra tienda en la esquina de arriba…

—Bah, no importa, total, es un bloc nada más.

—Bueno. No digas que no te lo advertí.

Va Manolo al negocio del cantamañanas y requiere un bloc.

—¿Para niño o para niña?

—Coño, un bloc…

—¿A rayas, cuadriculado…? ¿Empastado, cosido, en espiral?

Así el cantamañanas alarga la agonía del pobre Manolo, quien ya suda a borbotones. Al fin entra un caballero con una taza de wáter al hombro y le dice al tendero:

—Esta es la taza, para que vea la medida. El culo se lo enseñé ayer. Y el rollo de papel que quiero está ahí en la estantería, es el tercero de la derecha.

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