La aparecida del hueco de los Sauces

RAFAEL GUÍA

Aquel joven aguantó en forma estoica la lluvia desde que comenzaron a caer los primeros goterones hasta que se desató la tormenta. La tristeza lo abatía. Pero de pronto la luz se hizo. Apareció ella…
–Mirá, no te rindas nunca… si levantás la vista podrás ver un sol reluciente, un cielo límpido, hermosamente azul, las hojas de los sauces que caen en maravilloso baile al compás del ritmo de la vida, la alegría y la esperanza. Levantá la vista, mirá al frente, no te dejés llevar por la tristeza…

Federico Ramos permanecía con los codos en las piernas, veía hacia el piso de aquel espacio que olía a tierra mojada. Estaba en la plaza Garay, pensativo, casi espantado por un viento frío, aunque soportable, lo sentía gélido, por lo cual mantenía sus manos unidas. Era 31 de mayo de 2018. A pesar de que ya el sol había empezado a asomar. Siguió viendo hacia el piso de la plaza pero la voz de aquella muchacha le iluminó la cara, levantó la vista…
Eran cerca de las dos de la tarde y ellos habían quedado en verse después de la una al salir de la misa matutina, a la cual iba con su mamá, la muchacha le había prometido que se verían en aquel sitio, llamado el Hueco de los Sauces…
Ella quería asistir a esa cita, pues deseaba romper la relación con él, que además de ser clandestina, sencillamente no podía ser. Ella tenía un novio oficial, de acuerdo con las normas que regían las costumbres, según la cual los padres eran quienes tomaban las decisiones al respecto.
–Gisela, una de sus mejores amigas, se lo había dicho en varias oportunidades. Que no podía seguir alimentando las ilusiones de Federico, pues era persona de nobles sentimientos, además de excelente estudiante y buen trabajador. En efecto Federico era hijo de la señora Elba, cocinera desde hace mucho tiempo de los padres de Fermina y prácticamente se había criado en esa casa. Ayudaba en las labores de mensajería y trámites administrativos, lo cual le representaba pocos ingresos, pero lo suficiente para pagar sus estudios y ayudar en la manutención del hogar de sus padres.
Rufina era una bella joven, de 19 años, cabello largo, de un colorido castaño. Ojos azules, de mirada penetrante y arrulladora. Nariz perfilada, boca pequeña de labios carnosos y manos finas con uñas bien cuidadas. Y porte distinguido, como suele ser en las jóvenes de la clase adinerada.
Federico era enjuto, algo calvo, tímido al exceso, lo cual se reflejaba con las permanentes gotas de sudor en su frente, muestra de la tensión interna que sobrellevaba. Hablaba con un tono muy bajo, casi susurrante. Escuálido, débil, tanto, que parecía que el viento podía llevárselo.

La gran casona del barrio Barracas de la calle Montes de Oca comenzó a recibir los distinguidos invitados que asistirían a la velada por el cumpleaños 19 de Rufina. Sus amplios salones estaban ya bellamente adornados con finas cortinas y ramos de flores naturales por doquier. En un salón adjunto a la sala principal se iban guardando los numerosos regalos que llevaban los invitados.

Rufina estaba en su alcoba con unas amigas, preparándose para la recepción. Se probaba varios vestidos y preguntando a sus compañeras cuál le parecía mejor, pues les decían, que había que tomar en cuenta que después de la velada iría con la mamá al teatro Colón, pues esa noche empezaba la temporada teatral.

Con ella estaban en la habitación Lourdes, Luisa, Mireya, Gisela, Flor y Sobeida. Conversaban animadamente y hacían bromas sobre sus conquistas amorosas, oficiales o a escondidas. Y comentaban sobre los distintos jóvenes que las pretendían. Allí surgió el nombre de Federico y se produjo un silencio envolvente. Sencillamente ese joven no pertenecía a esa clase social y nombrarlo allí no parecía prudente. Gisela observó discretamente a Fermina, la única que sabía de sus picardías con el joven Federico. La miró de soslayo y pudo notar cierta palidez en el rostro de Fermina, aunque se repuso rápidamente y animó a que siguiera la conversación.

Todas, menos Gisela, bajaron a la sala principal para ver cómo iban los preparativos y para saludar a los invitados que ya comenzaba a llegar. Esa amiga, de la cual podía decirse que era la más allegada de la cumpleañera, conocía todo sobre el fugaz, escondido romance con el joven Federico, y sabía también que la madre quería que la joven se casara con un hombre 31 años mayor que ella. Pero también conocía un gran secreto, que a pesar de la amistad que las unía no se atrevía a confesarle.

–Pensá bien, no te enredés la vida. Te insisto Rufina, no engañés más a ese pibe. El es muy bueno y no merece estar engañado, a sabienda de que tú estás comprometida y que entre ustedes nunca podrá haber nada serio, pues tu madre sencillamente no lo va a aceptar. El es de clase humilde y nunca podrá estar a la altura de la clase de ustedes, Y si tu padre viviera, aunque le tenía mucha consideración y aprecio, tampoco hubiera consentido que su hija estuviera relaciones amorosas con un joven pobre.

–Quedamos en vernos mañana, después de la misa, yo le dije a mamá que me voy contigo al desfile de moda en el Club Español y entonces iré al Hueco de los Sauces y ahí nos veremos, a la 1 de la tarde. Sí, es verdad, tenés razón, no puedo jugar con sus sentimientos. Ese muchacho es muy noble y es la triste realidad, entre él y yo nunca podrá haber nada y además yo estoy condenada, sí, condenada a casarme con un hombre que me lleva muchos años, pero así son las cosas en esta clase social. Pura apariencia, para seguir manteniendo la presencia en la sociedad, los privilegios, la condición de clase. Pura vanidad, mentira, falsedad… La vida es así, amiga, y a veces, frente a los avatares de las decisiones de quienes nos dirigen, no es mucho lo que se puede hacer.

Federico en su casa, ubicada en Pavón 1430 del barrio Constitución, cepillaba un saco para quitarle una mancha que no cedía. Era el único traje que tenía. Aunque le había dicho a sus padres que no se sentía a gusto asistir a una fiesta de esa gente, se consideraba obligado a ir pues doña Luisa, la madre de Fermina, le había insistido. Al final decidió no ir.

Ella le empezó a tomar cariño, pues era tan callado y obedecía a todos sus caprichos sin chistar ni decir nada. Y ese cariño fue transformándose en una especial atracción, tal vez porque era el único ser masculino que podía acercársele a Rufina. Ella le tomaba de la mano y Federico se ponía de todos colores y empezaba a sudar copiosamente.

–Señorita Fermina, por favor, … pará, pará… no me abochorne…
–Tontito, dejate de estarme diciendo señorita. Vos sos mi novio y reía sonoramente…

En una de esas ocasiones, descansando sentados en un banco después de un largo paseo, se le acercó demasiado y ya Federico no tenía más espacio para moverse.. Ella reía y reía. –Dame un beso tonto, y él peló los ojos…
–Señorita, no me haga eso…nos pueden ver…
–Andá tonto, dame un beso…
–Ja, ja, ja, ja.

Cuando se quedaron solas Gisela y Fermina, ésta le preguntó, qué es lo grave que me tiene que comentar… decime…
–Es muy grave Fermina, muy delicado y no sé… no me atrevo.
–Decime por favor, decime…
Fermina se paró de un solo impulso, pálida, sudorosa, y preguntó: … Hipólito?…, vos estás segura¡ Hipólito¡ No puede ser…
–Te lo dije Fermina, era duro, pero creí mi deber decírtelo… tú tampoco podía seguir con ese engaño y mucho menos tomando en cuenta quien es la principal responsable…
–No puede ser, no Señor, no puede ser… eso no puede ser… mi madre¡ no, no, no…, y se tendió boca abajo en la cama y le dio rienda suelta a su dolor… Gisela se le acercó y trató de consolarla…
–Déjame sola, por favor, andate, andate…

Hipólito el futuro esposo de Fermina, mantenía relaciones ocultas con la madre de ella.
Luisa, la madre, era una mujer hermosa, a pesar de haber entrado en la madurez, tenía un porte y unas formas de gran señora que la distinguía entre las demás mujeres contemporáneas. Cuando reía dejaba ver una excelente emoción que contagiaba. Tenía el pelo corto, castaño al igual que la hija, aunque un poco más oscuro. Era alta, de finos brazos que terminaban en una manos pequeñas excelentemente cuidadas. Lucía un vestido de terciopelo de gran escote. Y unos zapatos negros de cuero fino que denotaban el exquisito gusto de aquella mujer por lo esplendoroso. Conversaba animadamente con sus amigas, todas de la más alta alcurnia del gran Buenos Aires. Había logrado imponerse a la rancia aristocracia de principios de siglo, la cual la veía con malos ojos pues ella era bailarina, profesión mal vista en ese tiempo.

De pronto se oyó un gran ruido ocasionado por algo o alguien que había caído con fuerza. Corrieron todos arriba a la habitación de Fermina y la consiguieron tirada en el piso. Entre varias la subieron a la cama y trataron de hacerla reaccionar. En vista de lo vano de sus esfuerzos decidieron llamar a un médico.

–El galeno que llegó le auscultó los sonidos en el pecho y espalda. Le puso el oído en el tórax, le tomó el pulso y dio su opinión. Lacónico, cortante, directo: –murió.

La angustia y la desesperación se apoderaron de todos los presentes.
–Otros dos médicos opinaron lo mismo: Fermina falleció.

Era 31 de mayo de 1902 a principios de la tarde. Lo que pretendió ser una fiesta de cumpleaños y luego salida al teatro Colón, se convirtió en la tragedia que afectó a todos.
Al siguiente día, domingo lluvioso Fermina era dejada en el mausoleo de su familia en el campo santo La Recoleta. A esa misma hora un joven se angustiaba porque su querida no llegaba y ella se caracterizaba por ser tremendamente puntual. La tristeza se le metió en las entrañas.

Francisco, el tío de Fermina llegó desde La Plata, tarde para el sepelio. Pero como era de tradición y él quiso apegarse a las costumbres, las joyas que él traía para colocarle a su sobrina, decidió hacerse presente en el cementerio. La urna estaba rodada, fuera de su sitio y la tapa ligeramente abierta. La terminaron de destapar y consiguieron a Rufina boca abajo. Al acomodarla vieron su cara y cuello con evidentes señales de rasguños y en sus uñas tenía astillas de madera. Indudablemente había sido enterrada viva y lo que se suponía fallecimiento había sido un estado de catalepsia.

Al pie del gran sauce estaba la joven vestida de blanco y caminó casi por el aire hasta pararse en frente de Federico y le dijo varias cosas.
Federico expresó: –Porqué tardaste tanto?… He sufrido mucho con tu retardo.
–Lo nuestro no puede ser, somos diferentes. Estoy y no estoy, me tienes y no me tienes. Tal vez algún día nos volvamos a ver. Mientras tanto, te digo adiós…
Aquel joven vio cÓmo su amada comenzó alejarse hasta llegar al gran sauce bajo el cual conversaron tantas veces y se dieron muchos apasionados besos. Con la mano le decía adiós. De pronto desapareció.

Una hoja de sauce se desprendió de lo alto de aquel árbol y comenzó a moverse al ritmo de una brisa suave. A medida que se acercaba a la superficie comenzó a agrandarse. Cuando por fin cayó a sus pies pudo observar que era una hoja de un diario, y la cual podía leer un gran titular: “Hoy se cumplen 116 años de la muerte de Fermina Cambaceres, la joven que murió dos veces”. En el sumario se podía leer “La muchacha de 19 años fue dada por fallecida debido al diagnóstico de 3 médicos. Cayó al piso desvanecida cuando se disponía a celebrar su 19 aniversario”.

Rolando, el velador del cementerio La Recoleta, observó con asombro a una joven vestida de blanco que se dirigía rauda al mausoleo de los Cambaceres.

“Qué misterio encierra tu muerte Rufina.
Muchacha frágil de sutil belleza
Tu mano no quiere abrir esa puerta
Donde está guardada toda tu tristeza.
¿Quién pudo causar semejante dolor,
quién pudo robar tus sueños de amor?
Quisiera gritarte, Rufina despierta.
¿Qué secretos guardas detrás de esa puerta?
Rafael Guía, venezolano, locutor de radio, residenciado en Buenos Aires, Argentina

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