La generación Slim-fit

La generación Slim-fit

 

ATANASIO ALEGRE –

Vistas las cosas desde donde vuelan los pájaros pareciera que en algunos de los puntos importantes donde se ejerce el poder se estuviera instalando una nueva generación, la de los Slim-fit. Se trata de gente joven, de buen músculo tanto físico como intelectual, vestidos a la moda y con el signo inequívoco de las instituciones donde se formaron. Llegan dispuestos a pasar a retiro a quienes están al frente de la cosa, ya que estos forman parte del ayer, nieve del invierno pasado y ellos son el ahora. Sobre todo, en política. Hay quienes ya están ahí y quienes se preparan para ello aireando la bandera de que así no se gobierna, o como decían los viejos comunistas, aflorando las contradicciones.

Entre los que han llegado hay que citar a Emmanuel Macron en Francia, Justin Trudeau en Canadá, Christian Lindner que pretende figurar en Alemania, Inés Arrimadas que llegará en Cataluña (a pesar de no haber nacido allí pero a sabiendas del mundo en que se mueve) y desde luego el más sorprendente de la colección: Sebastián Kurz, ganador de las elecciones a la Cancillería austriaca con solo treinta y un años de edad, convirtiéndose de esta manera en el presidente más joven de Europa.

Eso visto, como digo, desde donde vuelan los pájaros, pero desde donde se mueve el hombre de a pie, las cosas son de otra manera -sin que los súbditos mueran de hambre, mientras que a quienes gobiernan les mate su gordura-. En cualquier caso, las promesas no son lo que parecen, como podría acontecer con Sebastián Kurz, de quien voy a hablar.

Para llegar donde se encuentra, tratando de formar gobierno con la derecha radical austriaca, Sebastián Kurz ha debido recorrer un largo camino que comienza por su adscripción al partido en el que logró encumbrarse a la cima, el ÖVF (Partido Popular Austriaco). Pues bien, de este partido de derechas, que linda con la derecha radical, llego a la secretaría y de ahí al ministerio de Relaciones Exteriores en el gobierno saliente. Cuando sucedió esto, Kurz tenía veintisiete años.

Kurz no es un hombre predestinado ni social ni económicamente ni por virtud de una casta que le sirviera de escalón para el ascenso en el sentido de que su familia le hubiera preparado el camino. Todo lo contrario. Es el hijo único de una familia en la que el padre es un ingeniero a sueldo con su correspondiente horario en una empresa, mientras su madre se ha desempeñado como maestra de escuela, avecindados como familia, en una vivienda de clase media baja en uno de los distritos al sur de Viena –ese sur bajo sospecha en el que se suele vivir mientras no surja algo mejor-.

Pero el sur, en la mayor parte de las ciudades europeas siempre ha sido un buen sitio para captar -si hay sensibilidad para ello- la voz de quienes sienten que la política no llega a quienes necesitan de ella. Algo que al ir acumulándose ha llegado a causar eso que en la navegación aérea se conoce como la fatiga del material, sobre todo cuando el poder pasa alternativamente de un partido a otro. Y eso fue lo que captó Sebastián Kurz tan pronto como comenzó a figurar en las filas del partido. Acababa de terminar unos estudios y estaba convencido de algo que viene a ser casi una regla en el ejército: sabe más un teniente que un coronel por el hecho de que aquél acaba de graduarse.

Sin embargo, esto no hubiera sido todo. En el momento en que llega al Ministerio de Asuntos Exteriores está en marcha uno de los problemas más importantes y de más incierta solución en la Unión Europea: el de la inmigración, forzada a buscar asilo debido a las guerras regionales tanto en el Oriente Medio como en África.

Y éste ha sido el punto sobre el que montó el eje propagandístico de campaña en las elecciones que ganó. La inmigración forzada ha creado en Europa un nuevo espíritu de época, un Zeitgeist al que es necesario atenerse. Eso y otra peculiaridad que es común a algunos de los partidos políticos europeos, el hecho de que vacíos de contenido, si es que alguna vez lo tuvieron, se han dedicado a apoyarse en el candidato que reuniera las características del Slim-fit, joven, carismático y embaucador. El ÖVP austriaco y el En Marche de Enmanuel Macron en Francia son dos muestras de estos dos partidos con este tipo de candidatos vencedores. Algo, por cierto, que la Merkel cambió radicalmente en la CDU, el partido al que pertenece, al evitar cualquier tipo de figuración, e incluso de exteriorización emocional.

Kurz comenzó a utilizar algunos golpes de efecto, llegar en metro o en bici a la Minoritenplatz en Viena donde está la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Durante esta etapa lo que hizo fue insinuar sin molestar: era necesario modernizar la política, pero muy atento a que la respuesta que a todas sus actuaciones viniera acompañada de expresiones como esta: “Es increíble tal inteligencia a su edad.” De tal manera que hasta en Alemania, gente con peso no fue ajena al proceso: ¿Y por que aquí no tenemos alguien así? Ese alguien así en la jerga española podría dar como traducción a la expresión alemana Fresch, algo como ¿Por qué no tenemos aquí alguien tan majo?

Polonia y Hungría también celebraron el suceso.

Esa simpatía, la fementida inteligencia, la pose, le sirvieron en su momento para arrancar a la hora de la votación a 200.00 papeletas del partido rival de los radicales del FPÖ (Partido de la Libertad de Austria). Pero Sebastián Kurz no es ni nazi ni extremista, y su pertenencia a la derecha no es ideológica. Es estratégica. Lo mismo podía haberse anotado a la izquierda. Su estrategia fue la consecución del poder. En este sentido es un extremista al haberse valido de cualquier medio para la obtención del poder.

En las cabezas coronadas de la Unión Europea todo esto no deja de causar preocupación porque sucede que en el 2018 la Presidencia de la Unión Europea corresponde a Austria y naturalmente a Sebastián Kurz como canciller. Y en el seno de la Unión Europea hay, además de problemas económicos, otros que remiten a algo que da sentido a la estupenda novela-ensayo de un compatriota de Sebastián Kurz, el austriaco Robert Menasse, autor de La Capital (Die Hauptstadt), ganadora en octubre 2017 del premio de la Asociación Alemana de Editores y Libreros.

En la novela de Menasse se plantea el problema de los regionalismos y nacionalismos para convertir en el futuro a la Unión Europea en la Unión de los Estados Unidos de Europa o en una República Europea, con una capital aceptada por todos, en algún lugar que sea como un terreno de nadie. Para Menasse este punto estaría en el que fue el lugar en el que se produjo la razón para que surgiera la Unión Europea después de la Segunda Guerra Mundial: “el nunca más” que significó Auschwitz. De manera que en Auschwitz debería de estar la nueva capital de la nueva Europa.

Para Heinrich A. Winkler, uno de los más connotados historiadores alemanes, lo que supone esta novela-ensayo de Menasse, al plantear la supresión de los estados nacionales, llevaría a la destrucción de Europa y al surgimiento de nuevo del nacionalismo. “Una de las peculiaridades de Europa –dice Winkler- es su diversidad nacional histórica. Abolir las nacionalidades y los estados nacionales es destruir Europa y fomentar el surgimiento del nacionalismo”.

De manera que tanto para Sebastián Kurz como para su compatriota, el novelista Menasse, buscar una salida a este laberinto, más que un problema, representa una ilusión, la misma por la que se rige la generación de los Slim-fit en la concepción de la política.

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Atanasio Alegre, narrador y académico hispano-venezolano. Escribe desde Hamburgo, Alemania.

 

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