“La Pasión, según Juan Arenas” (Un comunista ajuro)

LUÍS ANÍBAL GÓMEZ
1930, Juan Griego, Isla de Margarita, Venezuela
(Inédito. Extracto de su primera novela, aún en elaboración)

Por fin, llegó el gran día. En la mañana dos camiones cerrados descargaron andamios metálicos y otros enseres de ocasión. Una gran cava con hielo, cajas de güisqui, champaña, pasapalos, refrescos y alimentos para celebrar en grande. Montaron un tinglado con toldos, donde colocaron un sillón de terciopelo rojo, dos más pequeños a los lados, además de sillas vestidas para la comitiva y el público. Temprano en la tarde desplegaron mesones de manteles impolutos, relucientes copas de cristal, bandejas de exquisiteces para un banquete sobre lechos de ramilletes verdes y florecitas. Cantidad de camareros con sacos de dril blanco, corbatas negras de mariposa y servilleta al brazo. También trajeron unas modelos que se contrataban por docenas, esta vez media docena. No sabían qué hacer, fuera de sonreír, contonearse, alisar las faldas sobre las caderas y el trasero, levantar los pechos, mirarse las uñas pintadas, acomodarse el cabello y volver a sonreír a unas cámaras incorpóreas que las enfocaban al final de la invisible pasarela.

El General presidente no comparecía y eran las cuatro de la tarde.

La gente de Casiano se preguntaba qué habría hecho, ¡Dígame eso! pues, estaba ahí parado entre ellos con su vera como si tal cosa. Se miraban unos a otros al lado del tuberío arrumbado cerca del templete.

Nadie dijo nada, nadie se atrevió

— ¿Cómo iban atrevése si el Presidente es un general rodiao de gente armada? Sabiendo que mandaba di’ancho y pa’lante. Y al que protestaba: bueno… plan de machete, chirona y tortura.

Nadie abrió la boca. En eso llegó a toda mecha un motorizado para avisar que el presidente no podía venir y se excusaba.

Se dio la orden de apertura. Se escuchó de pie, el himno nacional —no lo sabían, tampoco provocaba cantar— “Gloria al bravo pueblo…”, desconfiaban de Casiano quien los habría engañado, “que el yugo lanzó…”. Ya no se podía hacer nada, carajo, “Y el pobre en su choza…”. ¡Coño, coño e’ la madre! “…libertad pidió”.

 

La Pasion, según Juan Arenas - Luis Aníbal Gómez
Luis Aníbal Gómez

El Arzobispo con su hábito talar de alta botonadura y ribetes rojos, un impoluto alba y una estola verde recamada en oro, asistido por dos acólitos ataviados con sobrepellices y otros atuendos de ceremonia, ofició la bendición del busto y de la durmiente tubería del proyectado acueducto en perfecto litúrgico e itálico latín. El último en pronunciarse fue el gobernador, palabras más, palabras menos, dijo lo mismo: el nuevo ideal, el progreso, el futuro, si bien gesticulando sus patochadas: Se empinaba si elogiaba, veía al cielo por si fuera a llover cuando refería a Dios, se daba golpes de pecho aseverando obsecuencia, barría con los brazos desperdicios invisibles mirando al público con una media sonrisa bonachona, cruzaba las manos encima del corazón para garantizar promesas logrando así una incierta y muda fascinación de festejo patronal. Todo el pueblo vio cómo para terminar manoseaba una ancha cinta roja proclamando solemne, eructante e hiposo promoviendo un artista en el Show de Renny:

—En nombre de mi General Pérez Jiménez y por autoridad de la Ley, declaro inaugurada la Plaza Bolívar y el acueducto de ¡Tacariiiiguaaaaa!…

Dio un templón a la cuerda, cayó el manto y una nube de moscas salió volando del oscuro bulto. No con el dorado resplandor esperado por la gente, sino cubierto además por un chapapote marrón amarillento que no semejaba pátina ni realce alguno, sino más bien una chorreadura de bosta de vaca o simplemente mierda. De ahí el mosquero. ¡Foj!

 

Escasos conatos de aplauso ipso facto abortados contrastando con los gritos, carcajadas y saltitos de Casiano con la vera en alto en pleno estado de exultación, ostentando muñoncitos carcomidos y cuatro felinos dientes manchados de tabaco. Los de la partida entendieron y le siguieron. Después, todo el mundo a palma batiente, carcajeo irreverente y gritos desaforados. La banda municipal, automática, irrumpió tocando —muy a propósito e ignorándolo, El diablo anda suelto. Los encargados de zumbar cohetes, cohetones y triquitraques se los arrebataban lanzándolos jubilosos. El gobernador, autoridades y comitiva alarmados patitiesos —pese al estruendo de los fuegos artificiales, petardos, destemplanza de la banda y la algarabía del común— cual esfinges estatuarias frente aquella extravagante realidad desbordando toda expectativa; tragados en suma por una vergonzosa inundación de juerga popular. Ni bebieron ni comieron, en cambio, puede decirse, se dieron a la fuga, al ver a los mismos encargados de su seguridad buscando pareja zapateando y danzando. Se atropellaban presurosos, como gatos remojados, obesos caballeros de pechera almidonada y corbata de moño implorando ayuda para bajar del templete, las damas quebraban los altos tacones zanqueando cual gallinas paticojas, rajaban los vestidos de seda con las puntas de clavo del tinglado, niñas hipando y viejos temblando. Y nadie, nadie se detenía, nadie les paraba, salvo los choferes por sacarlos de la barahúnda.

Entre guasas y codazos, los mesoneros se dieron a servir y ofrecer bandejas de champaña helada, güisqui, cervezas y refrescos. En un rincón los acólitos del arzobispo se sofocaban tratando de sacarse vestiduras y roquetes rudamente por la cabeza para sumarse al jolgorio. Las modelos que repartían ramitos de flores se lanzaron al bailoteo zangoloteando caderas y nalgas sobre los tacones de aguja. Euforia y algazara, efervescencia del populacho, estimulaban a la banda municipal, cuyos ejecutantes no acababan de entender qué pasaba —quizás los tragos iniciales ocultaron el súbito cambio del oro pulido a la chorrera— atacando con entusiasmo la tonada en boga: General Marcos Pérez Jiménez/presidente constitucional… Si se preguntara qué se festejaba ¿qué se hubiera respondido? No sería por el acueducto inexistente ni al busto, por cierto, recién bañado a baldazo limpio de agua y creolina para espantar el mosquero, el hedor… y consagrarse de lleno al bochinche.

 

Como una lluvia de piedras y meteoritos las incidencias precipitaron: La radio regional, los programas jocosos, galerones y corrillos regaron el escarnio público al gobierno militar. Aprensivos, los conjurados callaban: El gobierno no se iba a cruzar de brazos. Presagiaban algo. Casiano, plácido y socarrón, parecía inmune a la inquietud. Quizás confiaba en el respeto a sus canas. El miércoles una camioneta verde aceituna, sin identificación, se detuvo en la comisaría, tres hombres ensombrerados, saco, corbata y anteojos negros, se apearon y entraron. Hora y media después salieron. El viernes llegaron dos jaulas con el emblema El honor es nuestra divisa, apresaron a trece sospechosos, sin dar explicaciones. Las mujeres desgañitadas y llorosas, hijos mayores y menores, entre alaridos y empujones reclamaron el atropello.

Entre los presos, Juan, Ramón y otros once compinches. Casiano, no exento de remordimientos, estimó cumplida su esperanza. Ni la SN, ni nadie fuera de la partida maliciarían de aquel vejuco desdentado, cimbrado, caminando oblicuo, fuera el autor intelectual y material, único actor de aquella proeza de resistencia civil. Por lo pronto, los condujeron a Río Chico, de donde los remitieron directo a Los Teques, capital de Estado. Durante el viaje no pudieron prever, ni hablar, ni convenir nada sobre la marcha. En cada una de las furgonetas, un agente al acecho. Juan fijó la vista de cerca a uno por uno, en cada uno, de los detenidos verificando sus rostros a la caza de rasgos reveladores de un temple recio, indeterminado o claudicante, cacheando una mordida de labio, mandíbula o barbilla temblona, sudores o quejidos, trazas de deslealtad, signos de traición en ciernes, rasgos que se disipaban hasta no verlos, salvo lo que restaba tras la punzadas del miedo, seguro por instinto de la relevancia de la solidaridad en semejante trance.

Llegando entraron a la estancia de la SN y, en seguida, pasaron de a tres al interrogatorio; después de a dos en dos. Cuando llegó al turno de la yunta de amigos no los interrogaron siquiera. A empujones, cachetadas y patadas les incitaron a decir cómo y porqué habían tirado aquella protesta, qué perseguían, amenazándolos con torturas y carcelazos. En un momento así, cavilaba Juan, ¡qué difícil es conservar la propia vergüenza! Ellos, desde luego, negaron participación en aquellos hechos.

 

— ¡Coño! exclamó un oficial. ¿Ustedes no se dan de cuenta? Lo sabemos todo. Sus compinches cantaron.

El otro agente preguntó seriote:

— ¿Reconocen haber efectuado el boicoteo al acto del Presidente?

—  No.

— ¡Mira, chico! dijo al guardia… Dejémonos de pendejadas… No pierdas tiempo. ¡Espósalos y pásalos a la reseña!

Nunca habían oído esa palabra y quedaron estupefactos. Imaginaron, inclusive, que quizás los soltarían, entonces ¿por qué los atropellaban? Era la salita de al lado. El reseñador se paseaba chasqueando una fusta de cuero entorchado, ora contra la pierna derecha, ora en la palma de la zurda, imponiendo distancia y precaución. Inquiría, mientras el secretario en una Remington pre-diluviana llenaba la ficha policial: nombre, nacimiento, edad, dirección, profesión… Preguntas y respuestas se ajustaron como gotas de lluvia en suelo seco, hasta llegar a “partido político”. La casilla en blanco resplandecía acusadora.

Juan no supo qué responder. Calló. En su cabeza empezó a hervir a fuego lento un cruzado de siglas: URD, AD, FEI, PCV, DDT, Copei, PSV, ADN y otros, que había oído de pasada sin prestar atención. Una de ellas volvía y revolvía con insistencia a la superficie del hervido.

— ¡DDT!, dijo Juan sin darle más vueltas.

— ¿Cómo?

— DDT ¿No es…?, propuso el secretario haciendo un gesto salaz con las manos.

— ¡Coño, pa’ cómo están las vainas a lo mejor es un partido nuevo!

— ¡Maestro!, dijo —¿Ése no es un… cómo dicen?, haciendo un gesto con el antebrazo derecho y el puño hacia adelante y atrás a ser interpretado con doble sentido, si bien queriendo significar una bomba de mano. El interrogador se decantó por la vulgaridad.

— ¿Por qué no? Seguramente. ¿A quién le preguntamos sin parecer burros?

— ¿Y Ud. no sabe?

— ¡Tú tampoco, güevón, ’chó bruto!

Se volvió bruscamente, y apuntando a los reos:

— ¡Y ustedes, carajos! ¡Ustedes, grandes carajos, echando una vaina tan arrecha al mismo presidente! ¡Semejante falta de respeto al Libertador! Esas son vainas que sólo se le ocurren a… ¡los comunistas!

¡Ya! Se le encendió el bombillito al secretario que llenó la casilla, comunista. Y sanseacabó.

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