La segunda visita de Cela a Caracas

Camilo José Cela

ATANASIO ALEGRE

Ni Luis Beltrán Guerrero ni cualquier escritor venezolano que se preciara de serlo había perdonado a Cela lo de La catira y su primer viaje financiado a Venezuela con motivo de escribir la tan controvertida novela. Pero, para la época de la concesión del premio Nobel o tal vez a beneficio de esta circunstancia la fama de Cela era compartida en buena parte por el lector venezolano, según quedó demostrado en la afluencia de gente que acudió a las cuatro conferencias que el autor de La colmena había dado seis años antes, en 1983 en su segundo viaje a Caracas. Dos de esas conferencias fueron en el Iesa, y otras dos, en el Aula Magna de la UCV. La del Aula Magna a casa llena, en todo caso, al igual que las del Iesa.

El día que habló en la Universidad Central de Venezuela sobre Elogio del vino, tuvimos un encuentro previo con Cela y algunos escritores más, entre  los que se encontraba Elisa Lerner, en las oficinas de la Dirección de Cultura. Las preguntas incisivas las hizo Elisa Lerner quien, como es sabido, no da puntada sin dedal, o como se decía de aquel prohombre, solo tenía una palabra para cada cosa, pero era la justa.

Pero en el orden de los acontecimientos de aquellos días de Cela en Caracas, el rector de la Universidad me encargó a mí, Coordinador entonces del Rectorado, que acompañara a tan ilustre escritor. Disponía al efecto de carro y chofer y este sobresalía en estatura sobre lo que solía verse por la calle.

atanasio-alegre–¿Y tú no crees que se le pueda ocurrir a alguien darme un par de trompadas por lo de La catira?

–El chofer anda armado –mentí– y ya se sabe que las armas igualan a los hombres, así que tranquilo en ese aspecto.

Después de la conferencia y respondida la pregunta de que a qué hora se cenaba en Caracas, fuimos por insinuación suya al Jardín de las Crepes en las Mercedes: “Ese es un lugar donde hacen de camareras unas chicas que me dicen que son muy guapas y este es un detalle a copiar en Europa”.

Caracas atravesaba por aquellos días una de esas épocas conocidas como las del dobladillo o del outlet, así dicho porque cuando los valores de la bolsa caen, las faldas suben. Bueno, las faldas y el dinero. Algo que se traduce, por otra parte, en la necesidad de sustituir lo visible complicado por lo invisible simple. En eso andábamos en ese momento en esta ciudad que, como se dijo de Madrid, era una ciudad amable, pero mentirosa.

Habló, mientras comía las crepes de tanta calidad, según dijo, como las que podían haberle servido en Saint Michel en París. Pero, concluida la cena, se hizo dueño absoluto de la tertulia de sobremesa, de modo que sobre las doce recomendó al dueño que clausurara el local y nos sirviera unas copas de cazalla, si había, o en su defecto, de alguno de esos euforizantes italianos a base de buen aguardiente. A las dos de la mañana nadie se había  movido de su asiento y las ocho muchachas que se desempeñaban como camareras no volverían a escuchar en su vida piropos como los que Cela les endilgó con primor y modo aquella noche.

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