La vida te da sorpresas

ELIZABETH ARAUJO
Sin saberlo un ingeniero venezolano se vio envuelto en una situación de espionaje, acoso y detención; a su juicio, inexplicable dado que solo había tratado de alertar a las autoridades de una universidad adjunta al Palacio de Miraflores de supuestas irregularidades académicas

Hace cuatro años Héctor José se despidió de sus padres con la duda de si regresaría alguna vez. Sin mirar hacia atrás, en una madrugada lluviosa de enero que le sirvió de cortina para burlar la vigilancia de agentes del Sebin apostados en el edificio, este ingeniero informático de 26 años arriesgó lo que le quedaba de suerte en una ruleta rusa: pasar con el auto prestado de un vecino enfrente de la camioneta negra en cuyo interior en ese instante se refugiaban del aguacero los cuatro agentes que le esperaban para detenerlo.

Héctor contuvo la respiración y todavía escucha los latidos acelerados del corazón que lo delataba, pero logró traspasar la alcabala improvisada, tomar la avenida en dirección a la autopista Caracas-La Guaira, en una angustiosa carrera hacia el aeropuerto de Maiquetía. Al mismo tiempo Luis, su hermano, también ingeniero, que le había comprado el día anterior el boleto de Iberia a Madrid los esperaba entre solitario y asustado en la espaciosa sala del aeropuerto, que se iluminó con una sonrisa cuando lo vio llegar, arrastrando la maleta y abrigado con la chaqueta que le regaló en diciembre pasado. El vuelo salía a las 7:50 de la mañana, de modo que le quedaban dos horas y 30 minutos para que que ambos desayunaran, para Héctor serían las últimas arepas de Venezuela. No cantaron victoria hasta que su hermano constató sin dejar de llorar que Héctor José había superado el control de la Guardia Nacional y se disponía abordar el avión. Entonces volvió a llorar de alivio,

Pongamos las cosas en su dimensión. Héctor José Vivas no había cometido delito alguno. Solo tuvo la honestidad (en la Venezuela chavista se traduce como imprudencia) de denunciar ante el rector de la Universidad del Caribe –vaya a usted a saber si aún existe este mamotreto inventado por Chávez– irregularidades en el sistema de calificación académica.

Como Héctor era el encargado administrativo del control informatizado de las calificaciones de cada alumno (por lo general dirigentes sindicales oficialistas, diputados y activistas del PSUV y algún otro enchufado urgido de un título universitario) le llamó la atención ver que aparecieran con buena puntuación gente que ni siquiera había pisado esa universidad, según el registro de asistencia, y así se lo hizo saber al rector. Fue lo último que llegó hacer, porque al día siguiente lo llamó el rector y le exigió la renuncia. Desconcertado, Héctor trató de explicar con precisión la irregularidad detectada; pero hubo un momento en su comparecencia que se dio cuenta que comprendían perfectamente y que su actuación iban en sentido contrario a las manecillas del reloj. El rector no tuvo necesidad de repetirle su exigencia: Héctor preguntó dónde hay que firmar y se dirigió a su puesto a recoger los objetos que con los que uno marca su territorio en la oficina.
No obstante algún delator no quedó satisfecho y le hizo saber al rector que antes de marcharse Héctor había introducido un pentdrive, apagó el ordenador y se marchó.

Dos días después, cuando le informaron que podía pasar por la Administración para cobrar su liquidación, un subinspector del Sebin se le atravesó en el pasillo y le preguntó si sabía del delito que cometía al llevarse la data del trabajo que estuvo desempeñando. Con susto, Héctor le explicó que lo copiado en el pentdrive eran direcciones, fotos e información personal, y hasta se sacó el pendrive de la mochila y se lo ofreció al funcionario, pero este le miró y sonriendo le dijo “chamo, es obvio que si ese fuera el pendrive al que me refiero no me lo entregarías”.

Al joven ingeniero esa frase le sonó a amenaza, y su padre le hizo verse con un abogado y viejo amigo suyo para asesorarse legalmente. Tras escucharlo con paciencia y ladear la cabeza varias veces, el hombre le respondió: “Tal y como yo veo el asunto, tú no has cometido delito alguno…” y cuando Héctor empezaba a respirar más calmado, el abogado terminó la frase “pero, precisamente por eso tiene que irte del país, porque no te lo van a creer”. En efecto, una semana después el ciudadano Héctor José Vivas recibía una citación “de rutina” de la Fiscalía, y entendió que había develado algo podrido que él mismo ignoraba.

No lo dudó. En menos de 48 horas preparó la huida. Nos lo cuenta en una estupenda tarde de sol que baña la avenida Diagonal en Barcelona, y cuando entramos al café y pedimos un corto y una cerveza, pero al tomar nota, Héctor preguntó ¿venezolanos? y al regreso nos echó este relato. “Se los cuento porque hoy se cumplen cuatro años que salí del país”, explica y antes de alejarse atender otras mesas, nos deja como corolario que su hermano le contó que el rector que lo echó, está en Madrid, donde reside desde hace años una hija, porque ¿adivinen qué? ahora es un “traidor”.

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