Por las paredes de Cataluña

Por las paredes de Cataluña - Abel Ibarra

 

ABEL IBARRA –

Joan Manuel Serrat contó la historia de Cataluña en una canción titulada “Por las paredes” (Álbum: 1978). Pero lo hizo con letras torcidas, a manera de parábola que duplica el resplandor de las palabras con origen divino, hechas para que los humanos las descifremos a fin de meternos en el laberinto de la sabiduría. No resulta fácil desentrañarlas, pero siempre dejan flotando un aire de misterio que nos impulsa a tararear sus versos en un acto de redención personal y colectiva. Serrat la cantó en español para que el mundo pudiera enterarse de que Cataluña existe.

Por esa habilidad para elaborar un alfabeto seductor y secreto, los poetas terminan siendo una voz plural al darle “un sentido más puro a las palabras de la tribu”, para decirlo con el simbolista francés Paul Verlaine. Y, sí, Cataluña es una tribu con hambre de infinito, hoy constreñida por una soberbia nacionalista, esa enfermedad universal que produjo en el Siglo XX dos guerras mundiales y millones de muertos. Cataluña equivocó su destino y se ha creído reino, nación, universo mismo, separada de la España a la que está unida por un pasado sangriento y sublime a la vez.

Que el monte dibuja perfiles suaves de pecho de mujer”, dice la canción requetebonita, con una ricura de metáfora en la que Joan Manuel pone su boca a mamar de la misma teta catalana y española. Esto es, sin dudas, una continuación poética de “mi madre crió canas pespunteando pijamas, mi padre se hizo viejo sin mirarse al espejo”, de otra canción suya, que tengo grabada como un tatuaje en el músculo de la memoria. Los padres y la patria son la misma persona que acoge y recrimina, educa y reprende, ama y castiga, pero, al final, nos protege sin condiciones. Y uno tiene que honrarlos, según Moisés.

Serrat continúa diciendo en la canción que Cataluña es el lugar donde “las flores nacen discretas, y las bestias y la luz también”, como remembranza del Paraíso perdido de su infancia. Joan Manuel es fiel a sí mismo y a su historia cuando intenta recuperar la memoria regional hablando de “las cuatro barras en el lomo”, mito de los cuatro dedos sangrientos de Gigfredo, el Velloso, puestos sobre su escudo para enarbolar la primera bandera catalana. Pero a pesar del episodio heroico, Cataluña nunca existió como entidad singular, sino adosada al reino de Aragón, y por eso Serrat desnuda el afán trascendental con un verso lapidario: “empecinados, buscan lo sublime, en lo cotidiano”, o sea, desdice la mitomanía que trastrueca sueño y realidad.

Muchas son las conjeturas acerca del origen de Cataluña y hay varias leyendas que intentan aclarar el enigma. La que más me gusta es la que exhibe la etimología de Barcelona, nacida de Barcino, playa sin mucha significación estratégica, pero sí poética, cuando Serrat le puso música a “Vencidos”, poema de León Felipe. Ambos narran las desventuras de Don Quijote con un lamento compartido: “Va cargado de amargura, que allá quedó su ventura, en la playa de Barcino, frente al mar”. Por tanto, más allá de toda retórica historicista, me resuena el nombre de esa playa menospreciada por lo que tiene de lírica y mediterránea.

Barcino, por capricho sonoro y etimológico de Amílcar Barca, terminó convertida en Barcelona con el giro de los tiempos, hasta que Cataluña se amarró a la ciudad natal que brotó del mar años después de que el cartaginés sentara sus reales en tierras de la hispania romana y visigoda. La historia continúa en voz de Joan Manuel Serrat, quien cuenta las sucesivas oleadas migratorias que poblaron España: “Íberos y romanos, fenicios y godos, moros y cristianos”, dice el bardo catalán, para narrar la historia de un país de vida y sentimiento plural, que los más tozudos se empeñan en desmembrar.

De esa canción comparto con Lorenzo Barriendos, músico de garbo y tronío, el recuerdo del instrumento protagonista. Se trata de un símil de trompeta flacuchenta, de quejumbre metálica, de espíritu similar al oboe. Sólo que la tenora tiene una tonalidad épica, mientras que al oboe se le sale lo lírico por su cuerpo frutal y maderable. Lorenzo me invitó a un concierto en el Club Catalán de Caracas, hace más de veinte años, para escuchar ese trompetío milagroso que anda entre la tristeza y la celebración asordinada. Actualmente estamos distanciados por el asunto de la independencia y, como ya nadie se escucha, le respondo con palabras de un compatriota suyo.

Serrat se opone a la independencia de Cataluña con múltiples argumentos que abultan sus convicciones históricas y poéticas, cuando se pregunta: “¿De dónde cobrarán los subsidios de salud, cómo se mantendrá el sistema sanitario, con qué dinero se pagarán?”. Y el caradura de Carles Puigdemont, jefe del Govern catalán, responde sin pudor: “Las pensiones catalanas las seguiría pagando España en caso de independencia: no hay dinero para afrontarlas”.

Y en el fondo de esta tragicomedia se escucha la voz sombrosa de César Vallejo: “Niños del mundo, si España cae, digo, es un decir”. Y sólo queda por respuesta un silencio atronador.

Abel Ibarra, escritor venezolano. Escribe desde Miami (EEUU).


 

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