El libro y el smartphone se repelen

El libro y el smartphone se repelen - Atanasio Alegre

 

ATANASIO ALEGRE –

Cuando se sentaron frente a mí en el vagón del tren que saldría en unos minutos desde Múnich hacia Passau, supe que quienes tenía en el asiento frente a mí eran libreros que venían de la Feria del Libro de Frankfurt. El, un gigante bávaro de cerca de dos metros, y ella una elegante damita de origen oriental. Ese viernes de octubre cayó en 13, que no suele ser de buen fario para el alemán de a pie. Arrancó el tren y yo me dispuse a leer la nueva novela de Robert Menasse, ganadora del Premio de los Libreros Alemanes, la cual comienza de una manera extraña: Cuando David De Vriend se asomó por última vez a la ventana de la vivienda en la que había vivido durante los últimos sesenta años vio cómo un cerdo se paseaba plácidamente por la calle.

El gigante bávaro al percatarse del libro que yo comenzaba a leer me hizo un guiño, al tiempo que me aseguraba que era una buena novela. “Es de un austriaco”, dijo. Lo acababa de comprar en la librería de la estación y no me hacía muchas ilusiones ni por el premio otorgado el día anterior a la Feria, ni por el bombardeo publicitario que estaba cayendo sobre la obra. Así que me encogí de hombros, mientras le hice saber que estaba comenzando…

El gigante no dijo más. La mujer sí. En un alemán que debió aprender desde niña o sea de segunda generación, hizo saber al hombre que todo a lo largo del vagón en el que no quedaba un solo puesto libre, solo dos personas leían algo serio, un tipo que hojeaba el Merkur, uno de los rotativos de Múnich, y yo, que había abierto un libro; la mayoría de los viajeros estaban ocupados con el smartphone. “Y en eso, creo, que tenía razón el presidente de la editorial Diógenes, de Zúrich, que dijo ayer, en una brillante conferencia sobre el futuro de la Feria del libro, de que el smartphone le está robando el tiempo a la lectura”.

-Lo que pasa dijo, él bajando la voz, es que toda esta gente ha debido salir muy temprano de sus casas para llegar a su trabajo a las ocho, más el tiempo ya en Múnich en metro o bus y no tienen la mente para otra cosa que no sea saber de los hijos, de la familia o cómo marcha el mundo, a lo sumo, a través de internet, a la hora del regreso. Son los llamados Pendler, los que tienen que desplazarse desde su residencia al lugar de trabajo, algunos por más de dos horas de ida y otras dos al regreso. Hay 19 millones de alemanes que están en esta situación o sea el 59 por ciento de la fuerza laboral.

-Entonces tenía razón el presidente de la editorial Diógenes cuando asegura que leer un libro constituye hoy casi un acto de heroísmo porque lo normal es dejarse llevar por ese singular aparato de entretenimiento en que se ha convertido el smartphone.

A pesar de la animación por la participación de las editoriales francesas bajo el lema Nous sommes plus grandes que nous, y el discurso triunfal de apertura del Presidente Macron, (resumido por los redactores de la revista Der Spiegel como la necesidad que tienen los franceses de un rey para poder derrocarlo), la impresión generalizada es que, en términos financieros, la Feria de Frankfurt es solamente la mitad de lo que era hace diez y siete años.

Y esto supone que los ingresos se han visto reducidos a la mitad tanto para los autores, distribuidores, editores impresores y libreros, y su asistencia a la Feria del Libro no ha sido para todos otra cosa que acercarse al hospital a visitar a un enfermo. No le van a decir que no lo ven bien, tratan simplemente de darle y darse ánimos, pero nada más.

En Alemania se mueven anualmente unos 9.000 millardos de euros en el ramo editorial. Hay toda una industria en marcha, pero quienes piensan que el libro es un buen negocio se equivocan. Lo es excepcionalmente, y punto. Y ese ha sido el problema para gente que ve con tanto pesimismo el futuro del libro, como al parecer apuntaba la damita oriental sobre las declaraciones el dueño de la editorial Diógenes de Zúrich. Si bien el diario Le Monde aseguraba en los días de la Feria de Frankfurt que el futuro de la novela francesa en el extranjero se juega en estos días su futuro en Frankfurt.

De lo que tal vez se enterarían al día siguiente, sábado, ya de nuevo en la librería el gigante bávaro y la damita oriental es de la pelea que protagonizaron miembros de la Asociación de la Unión de la Bolsa del libro alemán y algunos radicales de derecha en la Feria a causa de un libro titulado Vivir con los de izquierda. Un título que sulfuró a los radicales de Alternativa por Alemania (AfD).

Por cierto que lo que tampoco pasó por alto fueron los 150 años de la aparición de El Capital, de Carlos Marx. Ocurrió en Hamburgo donde llegó un 12 de abril de 1887 después de tres días de viaje en barco desde Londres directamente a la Bergstrasse 26 para entregar el manuscrito del primer tomo al editor. Este, por cierto, después de leer el primer capítulo, aseguró que ese capítulo no había quien lo entendiera, pero que el resto iba a dividir al mundo. Dividió a la sociedad entre izquierdas y derechas, y entre los de la izquierda de siempre y los radicales de la AfD se produjo la pelea ese sábado 14 en la sala 4 de la Feria. Los de la AfD sustituyen de alguna manera a los nazis que volverán a sentarse por primera vez en el Parlamento alemán después de la Segunda Guerra Mundial. De todas maneras, en cuanto a la izquierda, si se tiene en cuenta las deformaciones a las que se ha visto sometido Marx con el paso del tiempo -como esta del Socialismo del siglo XXI- obligarían al autor de El Capital a decir poco antes de su última despedida: Si de algo estoy seguro es de que yo no he sido marxista.

Atanasio Alegre, académico y narrador hispano-venezolano. Escribe desde Múnich.

 

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