Lo que tarda en curarse una dictadura

Lenin derribado en Ucrania, 25 años después de la disolución de la URSS.

JAVI GÓMEZ – ElMundo.es04/12/2016

Durante 25 años, todos los estudios determinaron que los rusos eran más infelices que los occidentales. Ese escalón se acabó. Ya sabemos lo que tarda en sanar el comunismo.

Tardamos 7,3 días en curarnos de un resfriado, de uno a tres días en superar una gastroenteritis y nos lleva entre tres y seis semanas restablecernos de una disentería. Ahora también sabemos lo que tarda en curarse una dictadura: 25 años exactos. Durante ese tiempo, todos los estudios certificaron, uno tras otro, que la insatisfacción de los rusos con sus vidas era la mayor del continente. La aflicción eslava tuvo hasta su bautizo sociológico: el «escalón de felicidad». Como si los mapas de Europa, cuando el ojo viraba hacia el Este, hubieran debido incluir un aviso modelo metro londinense, previniendo de un tropiezo: «Se acerca el mar Negro. Mind the gap».

Es cierto que, a nosotros del Oeste, los rusos siempre nos han parecido un poco tristes. No como pueblo, sino como conjunto de ojeras. En los Juegos Olímpicos, que es cuando uno ve rusos sin viajar a Rusia, casi dan ganas de consolarles tras ganar el oro. Uno podría pensar en una pena congénita, una desafección muy muy soviética, una conjoga de koljós, pero no. El Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (BERD) acaba de determinar que, por fin, los rusos son tan felices como el resto de los europeos. Se acabó el escalón. Y resulta que lo que les producía una desafección masiva, un desamparo oceánico, es ni más ni menos que el capitalismo.

Tras 51.000 entrevistas, que viene a ser como juntar 100 encuestas de ésas que fallan todos los días, asegura la institución que lo que generaba esa amargura era la incertidumbre del mar abierto. El tener que preocuparse por comprar una casa o encontrar un trabajo tras casi 70 años de carencia, sí, pero organizada. Les hundía la inestabilidad. La incertidumbre.

No me interesa la disquisición madridbarsiana sobre el comunismo, sino lo que ese escalón revela sobre cómo somos. ¿Preferimos vivir peor pero sin tener que elegir? ¿En el fondo la libertad nos angustia? ¿O sólo hasta que llegan el champán y la casa en la Costa del Sol? Porque los rusos son más capitalistas que antes pero ya son tan felices como los alemanes, cuya desdicha no deja de avanzar, en lo que el filósofo Charles Taylor describe como «la desilusión liberal», que es la resaca que llegará a Vladivostok tras unas décadas de Moët & Chandon. Ahora, curiosamente, nos duele a nosotros el capitalismo, y son los americanos y los ingleses quienes añoran un Vladimir Putin. Igual España también, pero no vamos a pedirle a Rajoy que pose a caballo sin camiseta. Por lo estético, y porque a lo mejor se resfría y entonces son 7,3 días para curarse.

Nada que ver con los 25 años de purgatorio psicológico que cuesta reponerse del comunismo. Lo que tarda el hombre en adaptarse a la selva liosa, fluorescente e injusta -pero infinitamente más divertida y tentadora- del libre mercado.

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