Los linchamientos se pueden convertir en un hábito

ANDREÍNA MUJICA –

 «Donde se queman libros se terminan quemando también personas», la frase del poeta aleman Heinrich Heine (1933) que se repite hasta el cansancio parece no haber previsto lo que desata la impunidad en algunos países de América Latina. El agravante en Venezuela es que el gobierno chavista lleva 17 años pasando de la indolencia a la burla mediática, lo cual ha llevado a los ciudadanos a tomar la justicia por mano propia. Entrevistamos a una periodista especializada en sucesos, a un psicólogo, una antropóloga y sociologa, y, por último, a un hombre que decidió tomar «cartas en el asunto», sin llegar al linchamiento ejecutar acciones contra presuntos delincuentes.

20 de octubre de 2015, dos hermanos son quemados vivos por una turba enardecida que los cree culpables de algún delito, son sacados de manos de la policía debido a la desconfianza de que se haga justicia. Más tarde se sabría que los hermanos Copado Molina tan solo eran encuestadores; esto pasaba en Jalpán, México, donde la impunidad alcanza casi un 98%, según cifras desveladas por el mismo ministerio. En Venezuela no hay respeto a la policía, ni creencia en los tribunales, tampoco en la red carcelaria donde los pranes gobiernan y viven mejor que en la calle. ¿Cómo llegamos a esta barbarie?

El linchamiento se caracteriza por una pérdida o supresión de valores (morales, religiosos, cívicos…), junto con las sensaciones asociadas de la alienación y la indecisión. Y esta disminución de los valores conduce a la destrucción y la reducción del orden social: las leyes y normas no pueden garantizar una regulación social. Este estado lleva al individuo a tener miedo, angustia, inseguridad e insatisfacción y lo pueden conducir al suicidio moral o bien al asesinato con alevosía de algún otro a quien consideramos culpable.

5 de abril del 2016, Caracas, Los Ruices. Golpean y queman a un chef de cocina de 42 años de edad que confundieron con un ladrón. Deja 4 hijos y una viuda.

TRÁNSITO HACIA LA COSTUMBRE

LINCHAMIENTOS-2La periodista Isolette Iglesias se ha especializado en la fuente de Sucesos. Ella reflexiona sobre el trato dado en las redes:

«Creo que publicar los linchamientos en las redes sociales podría interpretarse de dos formas:

1) Denunciar que el hecho está ocurriendo y limpiar quizás un poco la conciencia ante la participación en un crimen.

2) La necesidad de mostrarle al mundo que el miedo es cada vez menor y el hartazgo cada vez mayor. Y que la impunidad es prácticamente una ley de vida en este país. Porque los linchamientos son crímenes que también quedan impunes.

Ahí ocurre un homicidio.

P : ¿Pero es un fenómeno social o ya viene siendo una suerte de costumbre?

II : «Ahorita es un fenómeno social que está tomando cuerpo cada vez y si no se ataja a tiempo podría convertirse en una costumbre. No es nueva la ola de linchamientos.

Hace varios años el tema tuvo su momento. Creo que la falta de medidas contundentes, eficaces y eficientes para atacar la inseguridad crispó a la gente. Con esto no estoy justificando lo que ocurre, solo trato de dar una explicación. Y sí, ciertamente por esa laxitud que el Estado ha demostrado con el tema de la inseguridad, sumado a 17 años de lenguaje violento y constantes confrontaciones, pugnas e irrespeto, nos estamos convirtiendo en una sociedad primitiva, salvaje que toma la justicia en sus manos porque no hay instituciones que la garantice. Esas personas que linchan se están convirtiendo en asesinos y no se dan cuenta de eso».

P : ¿Se está haciendo alguna campaña nacional por medios masivos para crear conciencia? ¿El Estado hace algo?

II : «No se está haciendo nada»

LA ANIQUILACION DE LA CIUDADANÍA

LINCHAMIENTOS-3Paula Vásquez es socióloga y antropóloga. Trabaja en un proyecto de investigación sobre el «cuerpo protestatario» en Venezuela.

P :¿Desde su perspectiva como socióloga, cómo podemos analizar estos casos ?

«Los linchamientos son respuesta a tanta impunidad e indefensión jurídica, luego tiene el agregado de la exposición en Redes Sociales, lo cual nos lleva a una nueva muerte, el “rematar” virtual y mediático, el exponer como un trofeo visual el acto de “hacer justicia”.

La violencia es un fenómeno complejo en el que se conjugan muchos factores. Es decir, la impunidad y el desmantelamiento de las instituciones del Estado de Derecho hace que la gente quiera hacer justicia por sus propios medios. Eso es el fin de la ciudadania y se abre la puerta a que haya matanzas y exterminaciones. Lo peor es que muchos venezolanos aplauden cuando linchan a los malandros. Eso es muy grave.

Esa espiral de violencia no se va a detener hasta que no haya un respuesta política. Los linchamientos son un problema de Estado. Es el Estado quien tiene que tomar posición, y reprimir los linchamientos.

Al desencadenarse la espiral del linchamiento cada vez van a haber más linchados inocentes, es imposible discernir, la represalia es selectiva, puede ser usada como un «asunto personal» de venganza, la gente sabe que puede tomar la justicia por sus manos, pues se pueden vengar sin pasar por las instituciones, como ocurrió en el caso de Los Ruices.

En Venezuela es algo nuevo, no sólo golpearlos y dejarlos inconcientes, sino rociarlos con gasolina y quemarlos. El cuerpo físico es el último espacio de ciudadanía, justamente es la aniquilacion del cuerpo físico, es la aniquilacion del ciudadano, se ha reducido la ciudadanía a lo físico, la gente ya no es considerada como ciudadanos, son estómagos, hambre, medicamentos, enfermedades, el reverso de eso es la aniquilación del cuerpo fisico, se puede desecadenar la violencia fraticida.

Puede escuchar a Paula Vásquez en el postcat de la revista Letras Libres en su edición de abril.

http://www.letraslibres.com/blogs/blog-de-la-redaccion/detras-de-las-paginas-abril-2016

PAÍS SIN INSTITUCIONALIDAD

LINCHAMIENTOS-4Jean Marc Tauszik, psicólogo, hace un profundo análisis sobre el acto en sí y el comportamiento en redes.

«Creo que el asunto de los linchamientos es tan sólo un fenómeno observable, entre muchos otros, que da cuenta

de una trama compleja que, como telón de fondo, nos concierne a todos, tanto psíquica como físicamente.

Si desde los cargos de mayor responsabilidad e investidura, empezando por el Presidente de la República, no existe ni la capacidad ni la intención de supeditarse a una instancia mayor (la Constitución, las leyes) desde la cual ordenar los vínculos, resolver las querellas y hacer valer la misma ley para todo el mundo, se abren, a partir de allí, dos posibles derroteros :

-De un lado, un sujeto que impunemente se sabe en la capacidad de atentar contra la vida y/o los bienes tanto de la nación como de los ciudadanos, sin que ningún castigo le sea aplicado.

-Por el otro tenemos a un sujeto desamparado, que sin poder hacer valer la ley, se encuentra indefenso ante su entorno y sus congéneres; un sujeto que descree de los mecanismos que regulan la vida en comunidad.

Creo que el daño psíquico más grave no es la exposición a la violencia desmedida que esta falta de regulación impone. Peor aún es saber que tomar la justicia por propia mano es ser jalonado, en una suerte de nefasta regresión, a estratos primitivos que niegan y anulan la función que la ley tiene tanto para la civilidad como para la disposición de una energía creadora que queda ahora retenida en la agresión o el miedo.»

– Nos estamos acostumbrando.

«Ya es un fenómeno habitual. Si los linchamientos eran anteriormente una práctica común en los sistemas carcelarios,

con la extensión del pranato, en tanto modelo de socialización y jerarquización de determinados grupos, a otros estratos

de la sociedad, incluidas las toldas políticas y el mismo Ejecutivo, no es de extrañar que quedemos expuestos a una

suerte de arbitrariedad sin precedentes en la historia republicana de Venezuela. Vivimos en un país con instituciones, pero sin institucionalidad, tratándose está última de un eje que no atraviesa ni a las instituciones mismas ni a gran parte de las mentes de quienes cohabitan la nación. El país mismo ha sido linchado, impunemente, a la vista de todos. Un cambio de tendencia sólo será posible en la medida en que la institucionalidad y los valores asociados a ella puedan pensarse e instaurarse, con la exigencia que una empresa de esta magnitud imponga.

P: ¿Es un fenómeno viral?

JMT:«La viralización, propia de la interconexión digital y las redes sociales, no discrimina entre un cuerpo humano incendiado por una horda enfurecida que reclama sus derechos, o una pareja de pingüinos copulando en los paisajes extremos del Polo Norte.

Los linchamientos, vistos en las redes, son fagocitados por una lógica pornográfica que expone el horror descarnadamente, que persigue el espasmo, cuando mucho una emoción o una pobre catarsis. Pero también las redes pueden ofrecer datos que, reflexionados, nos obliguen a asumir nuestra condición ética, una posición que, también, incide en la sociedad por distintas vías».

P : Tampoco es un aporte…

JMT: «No creo que la viralización de los linchamientos canalice el odio. La descarga violenta de la agresión, más allá de las razones que el agresor tenga, sobre otra persona, o la identificación con el agresor que lincha, cuando observamos un video en el que se ejecutan estos actos, que reinvindica imaginariamente al ser agredido que somos cotidianamente, no la entiendo como una canalización del odio. Canalizar se parece más a una elaboración trabajosa que insiste en ligar con la creatividad y con la vida el montante de violencia que un tipo de sociedad como la nuestra fomenta».

P: La ministra Iris Valera se retrata con pranes, hacen reportajes de la buena vida en la cárcel de Margarita, reos armados lanzan cientos de miles de disparos al aire sin que sea un verdadero escándalo para el gobierno… ¿A dónde van a parar las balas perdidas?

JMT: «En nuestro país la fama del delincuente es, en sí misma, el summum de la banalización, en la medida en que aquello que precisamente se muestra y se desgasta por efecto de la repetición, oculta la maldad del personaje, cuestionando la percepción del ciudadano, sin darle tregua para percibir

y reflexionar el medio que lo circunda. La banalización del mal, según la célebre cita de Hannah Arendt, o es hoy más banal, o no será.

Ahora bien, ¿qué piensan los que deciden «hacer justicia»?

El linchamiento es considerado “justicia comunitaria” para algunas personas, pero otras dicen que es una forma de desahogarse violentamente contra el delincuente que se camufla de “lucha contra la delincuencia”. Se podría decir que los linchamientos son una manera de protesta contra las normas judiciales que se consideran que fallan a la hora de castigar a los acusados. Las personas no consideran que actuar por mano propia sea un delito, ni siquiera se detienen a pensar que es un crimen terrible quemar a un ser vivo, porque han rebasado la capacidad de soporte y el Estado les ha mostrado que su integridad física no vale nada. Por ende, el cuerpo del «otro» tampoco tiene ningún valor.

LOS “CAZAMALANDROS”

Carlos Cabeza, integrante de un grupo de «cazadores de malandros», explica el procedimiento:

«En el oriente del país hay una situación extrema de violencia, asaltos, asesinatos, secuestros, etc.

Las cosas emperoraron en 2014 cuando fue asesinado a puñaladas el alcalde de Río Caribe. Son bandas organizadas, entran a las casas pero no sólo roban, asesinan con ensañamiento, estrangulan, degüellan, apuñalan. Son pueblos pequeños y la gente se conoce».

Así lo cuenta Carlos Cabeza (no es su verdadero nombre). Se han organizado en grupos que salen algunas noches a «cazar» criminales. Una vez que los tienen identificados entran a sus casas y se lo llevan a una playa lejana, no siempre es la misma. Le hacen cavar un hueco donde pueda caber y lo torturan haciéndole creer que lo van a linchar. Finalmente lo dejan desnudo en el hueco y se van, dejándolo aterrorizado. Ni Carlos ni sus amigos son asesinos, unos son artistas, deportistas, ingenieros, sus manos no estaban destinadas a esto, así lo afirman con pena y dolor, pero les han matado a amigos cercanos, a familias enteras, han golpeado y robado a familiares. A pesar de las continuas protestas de los habitantes y exigencias a las gobernaciones nada ha cambiado; lo contrario, ha emperorado terriblemente. Han violentado a padres de familia, a profesionales de distintas áreas que no aceptan quedarse sentandos esperando el turno para la muerte.

«En las noches cuando nos cortan la luz quedamos al cuidado del perro, cuyo ladrido nos avisa; vivimos en una película de holacausto zombie. Ya el oriente del país no es un paraíso. De hecho, sentimos que vivimos en un infierno. Encima no pasa nada. Así que hacemos que pasen cosas».

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