Miquilena nunca pudo remediar su estropicio

Luis Miquilena
LUIS GARCÍA MORA –

Conocí a Luis Miquilena en un encuentro clandestino en casa de un amigo común, cuando era ministro del gobierno de Chávez. Quería que habláramos en torno a mis comentarios analíticos en el diario El Nacional. Le gustaba mi columna. Y a mi me interesaba él, desde mucho antes cuando adolescente  aún leía el diario Clarín que en los años sesenta dirigió para oponerse al gobierno de Rómulo Betancourt, a quien combatió sin clemencia desde una izquierda dura, radical, que creo  aún no se decidía por la lucha armada insurreccional.

Considero que fue un hombre íntegro, preciso, completo, cabal.

Y, para mi, un amigo.

Uno de esos ancianos consejeros que tengo el privilegio de haber conocido y que después de enfrentarse a la sangrienta dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez y sufrir las torturas más espantosas de manos de su verdugo, el Bachiller No Se Qué, en la cárcel de Ciudad Bolívar, jamás habló, jamás, y dejó su cuerpo y su integridad física convertida en despojos, como me lo contaría muchos años después su compañero de celda (con una reja de por medio), Ramón José Velásquez, que lo quería como un hermano.

Cuantos hablaron -y cantaron- con menos sufrimiento o solo el susto, en aquellos años canallas, solo sirve para medir en aquellos años machistas la hombría, y hoy, la envergadura humana de los que como diría Sartre jamás fueron tan libres como cuando la Ocupación, porque cada pensamiento era un grito.

De libertad, de rebeldía, coño, qué rebelde fue ese viejo.

Decía Velásquez que lo sacaban de la celda a las ocho de la mañana y le daban con todo -el cortante ring de camión, colgado por los pulgares y las astillas de madera penetrándole por todas partes reventándole el alma-, sin sacarle un quejido.

Y entrada la tarde abrían la celda y tiraban en el suelo los despojos. Velásquez presenció ese espectáculo sobrecogido por el espanto, y no comprendía.

No podía.

No pudo soportar ese tormento que Luis resistía. Ni olvidarlo.

Como tampoco Miguel Otero Silva, quien lo convirtió en uno de sus cinco personajes torturados a la hora de contar en su novela “La muerte de Honorio” la heroica resistencia del hijo del barbero alrededor de la de Luis, a quien los otros admiran.

El valiente camarada Santos Yorme, Pompeyo Márquez, el periodista auténtico e insobornable; el médico también comunista Eduardo Gallegos Mancera; el tenedor de libros Salón Mesa Espinoza, dirigente sindical de AD y fundador del MEP luego, y el capitán, ¿Márquez Añez? ¿Bruni Celli?

Sindicalista, comunista, defensor en la calle, armado, del presidente Medina Angarita durante el golpe de octubre del 45, tras la dictadura se dedica a los negocios donde prosperó y ayudó a las causas de la izquierda como el eterno conspirador que fue.

Siempre.

Y por esa vía romántica impenitente de quienes se oponen y dicen no, creo que Luis creyó desde su adolescencia que estaba destinado como muchos otros a desempeñar un papel crucial en la vida de su tiempo, a luchar contra las tiranías por todos los medios, sean cuales fueran sus juicios de valor, vio en un teniente coronel golpista, Hugo Chávez Frías, embravecido de narcisismo y locura, la posibilidad de jugarse la ultima carta antes de morir después de tantos intentos, convencido temerariamente de que encarnaba sus propios valores de justicia social.

Y se equivocó.

Vaya si lo hizo. Joder, aquella tarde en que su amigo y hermano Tobías Carrero le dijo que necesitaba mandarle un teléfono celular a Chávez a la cárcel de Yare, se comprometió. Y cuando Caldera lo suelta contra todo pronóstico, lo aloja en su apartamento de Altamira y amanecen hablando del poder, y Luis le dice para terminar: “Mira, Hugo, tú, al frente de ese movimiento militar golpista que diriges, hoy no llegarás ni a alcalde de Sabaneta”.

Y el golpista lo oye. Lo penetra en sus sentimientos nobles, porque era lo que había ahí en esa cabeza conspiradora y lúcida, y ahí comienza esta tortuosa y trágica historia nuestra, en la que Luis lo convence de montar no un movimiento militar sino civil, un partido, el MVR, y competir en las elecciones de 1998 con todas las cartas para triunfar, pues los dos partidos del sistema hasta entonces, AD y Copei, están casi por completo desconectados de las masas populares venezolanas.

Quebrados políticamente.

En sus direcciones no hay ni un solo dirigente nacional o individualidad, que pase del 3 ó del 4 por ciento en popularidad.

Y además de la manera más frívola están obnubilados con la candidatura de una Miss Universo que les luce imbatible, sin atender al verdadero problema político popular central de la ecuación, que es la crisis o conflicto social, que exigía un cambio profundamente estructural, y no solo cosmético.

Como lo exige  aún hoy.

Cuando la ruina se ha producido.

Y aquel Cristo de la violencia, payaso pícaro y peligroso, murió no se sabe cuándo ni donde,  aúnque bajo clausura en una tierra ajena y manos ajenas a pesar de que era  aún Presidente de un país al que se le prohibió saber de él y menos aún saber de su enfermedad, dado el estropicio institucional que se había cometido al sacarlo del juego como si sólo fuera una ficha más del ajedrez castrista.

Drogado hasta los tuétanos por la medicina cubana.

Y, Chávez escuchó el consejo de Luis al llegar aquel amanecer en Altamira, y no sólo eso: Luis le montó el partido, se lo organizó, le creó los cuadros de dirección con sus viejas y nuevas relaciones políticas, de izquierda y derecha y centro, pues consideraba que el cambio, sí, debía tener la marca popular -y hasta revolucionaria- pero la estructura unitaria de un cambio de país.

Consensuado, plural, democrático, y no ese esperpento autoritario y despótico que él odió en el sangriento general Pérez Jiménez que lo hizo prisionero y torturó hasta acabarlo.

Casi.

Mi padre, le decía, le dijo, hasta que en en una cumbre en Margarita junto a Fidel, el cubano le inyectó tal dosis de manoseo narcisista y con tal violencia, que lo desconcertó y lo poseyó en su totalidad manipulándolo a su gusto.

Hasta sus últimos días.

Y Luis lo contempló en primera fila, pero su nivel de convencimiento no pudo con Fidel, y creo, que ahí, en ese momento lo creyó también Luis, lo perdió.

Luis le había construido el partido, la candidatura, le montó la campaña electoral presidencial, le consiguió la masa de dólares necesarios para lanzarle, los grandes financistas (Chávez era un palurdo de Sabaneta que no conocía a nadie y sin embargo gozó del apoyo de El Nacional, Venevisión, los Boulton, los zares agrícolas del centro, la Cadena Capriles, los bancos, las radios, los líderes de una izquierda irredenta que se había quedado en la carretera de la carrera política democrática sin popularidad amasando las armas, frustrada, resentida, y sin la menor idea de qué hacer con la jefatura ni la administración de un país.

No había cabeza para conducirlo.

Solo un hombre como Miquilena para lidiar con la alta política como lo hizo, y José Vicente Rangel, periodista y ductor de intrigas, operador político gélido, a quien Luis quiso siempre inclusive tras dejar el Gobierno decepcionado.

Fue Luis quien le había montado la Constituyente a “Hugo”, la campaña, el método, y se la condujo y presidió para redactar la “susobicha” Constitución del 99, que luego se pasaría aquel una y mil veces por el ano.

Militar.

Jamás Luis se lo perdonó a sí mismo.

Y lo consumió hasta el final ver a su “hijo”, como le llamó consumir al país consigo mismo en aquella fantasía de revolución que no era tal sino una morisqueta militar de vuelo gallináceo: “Hugo es un gallo pataruco”, te repetía con dolor, para referirse a aquel inmenso bluf que había ayudado a construir o construyó, creyendo que era un águila y no era más que uno de esos gallos de corral grandes, torpes y cobardes.

Dolido. Suficiente. Como el catador de hombres duros que fue. Hasta en esa última jugada tirar los dados con mala suerte.

Ya, en los últimos años, con la edad cobrando espacios, se mantuvo en la lucha para acabar con su estropicio hasta el final, con ese coraje de acero que le caracterizó, civil hasta la muerte.

¿No debes dormir de noche, Luis?, le dije una vez en chanza, para después arrepentirme, pues a mis amigos, los muy pocos que tengo y he tenido, los aceptó como siempre, con sus activos y sus pasivos.

No tengo muchos.

Pero Luis, caray, Luis era un palo de hombre.

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