Lutero y la invención de la Opinión Pública

ATANASIO ALEGRE –

Para el invierno de 1522, cuatro años desde que hubiera fijado las 95 tesis a la puerta de la iglesia del Castillo -en octubre de este año de 2016 se cumplirían los 500 años de aquel episodio, celebrado en Alemania, entre otras solemnidades, con la restauración de dicha Iglesia- Martín Lutero ya había conseguido seguidores entre las más diversas clases sociales. Sus escritos conocieron una difusión que nadie antes había logrado. Estaba excomulgado por quien llamaba el Anticristo en Roma y la pregunta era: ¿Qué es lo que había cambiado? Nada, en realidad. En Wittenberg se siguieron negociando las bulas el día de Todos los Santos y haciendo un buen negocio con las reliquias. Lutero estaba al frente de la iglesia de la ciudad como párroco, sin que la que llamaba su teología hubiera adquirido frente a los fieles una nueva fisonomía.

Esta tarea iba a cumplirla un hombre apellidado Karlstadt, el tutor de la tesis doctoral de Lutero, por cierto. Como primera medida, se ocupó de la celebración de la misa quitando todas aquellas pompas ostentosas frente a los fieles, argumentando que es mejor una plegaria dicha con el corazón, que miles de cantatas de los salmos acompañados de instrumentos musicales. Simplificó también las vestimentas, volvió a la antigua práctica de ofrecer en la comunión pan y vino a los fieles y que ellos mismos se sirvieran de la mesa donde se depositaba e hizo que las palabras de la consagración se pronunciaran en alemán, el idioma que Lutero iba a unificar con la publicación de la traducción de la Biblia.

Pero estas reformas llevadas a cabo comenzaron a generar intranquilidad. O dicho en otras palabras, es el momento en que va a producirse la verdadera escisión en el cristianismo, dando fin a la preponderancia de Roma. Para evitar confrontaciones inútiles, Lutero hizo saber a amigos y adversarios que “quien haya leído mi doctrina y tenga aprecio por ella, sabe que no debe propiciar enfrentamientos. Hay que llevar el mensaje sobre los abusos de Roma, los obispos y los monjes a todas las gentes mediante la palabra y los escritos para su propia vergüenza. Pero mis ataques contra el papa, los obispos y los monjes han sido con la palabra y usando la palabra he causado más daño que cualquier emperador o príncipe con la violencia”. El lema para sus seguidores era muy claro: enseña, habla, escribe.

Era la creación de la que iba a llamarse más tarde la Opinión Pública, a la que supo llegar Lutero (o más bien crear por vez primera en la historia) con la difusión de las 600.000 copias de sus escritos, un hecho sin precedentes. Y fue entonces cuando Johannes Dantiscus pudo escribir, para que se repitiera por toda la demarcación a la que se extendía entonces la cristiandad, que quien no hubiera visto al Papa en Roma y en Wittemberg, a Lutero, no había visto nada. El papa era León X, el Papa Médicis, más ganado para los asuntos humanísticos que para los religiosos. Martin Lutero, haciéndose eco de ese clamor humanista sobre la reforma de la iglesia, iba a lograr dividir por ese camino al cristianismo. Dantiscus debería haber mencionado también al Emperador Carlos V, pero tal vez en razón de la dificultad para localizarlo en un solo lugar, lo omitió.

El 17 de noviembre de 1545 dio Lutero dio su última lección en la universidad de Wittenberg manifestando a sus alumnos que se encontraba muy débil. En la navidad de ese mismo año debió hacer un viaje a Mansfeld para salvaguardar frente al príncipe elector la que había sido la mina de cobre de su padre. El 17 de febrero de 1546, un miércoles, se quejó de un fuerte dolor en el pecho entre algunos teólogos y amigos que habían ido a visitarle. Acudieron a la farmacia y llamaron a los dos médicos de la población. Se acostó. Cuando despertó, volvió a sentir fuertes dolores en el pecho.

Luego, se levantó y paseó de un extremo a otro de la habitación. Cuando volvió a recostarse exclamó: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Y falleció .

Quince meses después de la muerte de Lutero, la guerra llegó a la ciudad de Wittenberg, el corazón del protestantismo. Al frente de ella venía Carlos V. Al entrar en la ciudad, se encaminó sin tiempo que perder, precedido de una pequeña escolta, a la iglesia del Castillo preguntando dónde estaba la tumba Lutero. Tenía la intención de desenterrarlo y convertir los restos de quien había sido su peor enemigo en un montón de cenizas.

Pero, llegado al lugar, se mantuvo largo rato en silencio delante de aquella tumba y luego, como quien rumia un arrepentimiento, se dirigió contando los pasos hacia la puerta de salida.

De haber encontrado con vida a Lutero no hubiera tenido compasión con él, pero, ya muerto, Carlos V debió pensar que no era sino a Dios a quien tocaba juzgar la conducta de aquel hombre que había venido a constituirse en un muro contra el que chocó una y otra vez sin poder derribarlo en los encuentros celebrados con él durante las diferentes dietas en las que ambos se enfrentaron. Lutero, prevalido de la defensa de un principio al parecer muy simple, la interpretación de los evangelios, y Carlos V decidido a defender la palabra empeñada en el momento de su coronación de mantener a costa de cualquier sacrificio la unidad de la Iglesia.

Designios desiguales, con resultados abiertamente contradictorios.

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