MARTÍN CHIRINO: Cuando los españoles no sabían lo que era la libertad

Martín Chirino F/Sebastián de la Nuez

SEBASTIÁN DE LA NUEZ –

Cuando estalla la Guerra Civil española el escultor canario Martín Chirino (Gran Canaria, 1925) tiene 11 años. Reconocido internacionalmente, este caballero que en los años 80 realizó una exposición inolvidable en la Galería de Arte Nacional caraqueña, mantiene en el puño de su memoria el franquismo y sabe, porque lo vivió de cerca, qué se siente cuando unos tipos con la mano derecha levantada en ángulo de 45 grados cantan cerca de tu casa canciones hitlerianas. Este es el resumen de dos conversaciones con Chirino, quien se mantiene fresco y trabajando el hierro y la madera.

No se considera informalista ni abstraccionista; se limita a investigar un poco sobre aquellas raíces que entiende como canarias y ponerles nombres alegóricos a sus piezas: herramientas poéticas e inútiles, espirales, afrocanes, reinas negras… Aclara, sobre estas últimas, que en realidad no son ni reinas ni negras.

─Mi preocupación ─dice Martín Chirino─ es conseguir que ese sentimiento que yo tengo de la canariedad te conmueva cuando te pones enfrente; que mi obra llegue a quien la vea. ¿Sabes qué pasa? Que los discursos están ya tan invalidados, ¡hay tantas teorías! Nadie debe pensar sino actuar. Es axiomático: mira una escultura, y lo que te diga, te lo dijo.

CANARIAS UN SOLO TELÉGRAFO

Tuvimos dos encuentros: uno en Las Palmas de Gran Canaria, donde pasó parte de los meses de noviembre y diciembre de 2016 atendiendo la Fundación de Arte y Pensamiento que lleva su nombre (ver detalles aquí), la cual funciona en los terrenos del Castillo de la Luz. Es un bien de interés cultural rehabilitado en cuyo interior se despliega la obra de Chirino ─sobre todo hierro forjado y madera. Se trata de una exposición permanente en cada una de sus estancias. Simbiosis de propuesta contemporánea e Historia latiendo en cada piedra; elementos de la tierra y el aire representados en un ámbito desde el cual se defendió a cañonazos la canariedad en ciernes, sea lo que sea lo que ello significara.

La segunda entrevista fue en su casa de Morata de Tajuña, en la Alcarria, a 30 minutos de Madrid. Es una construcción moderna, de techos altos, maciza, interior climatizado, obras propias y ajenas por todas partes. Varios cuadros de Miró, por ejemplo. También de su entrañable amigo y coterráneo Manolo Millares, con quien solía recorrer en coche las carreteras de Castilla en busca de anticuarios. Afuera, el campo, despejado y agreste: 50 mil metros cuadrados a la redonda de su propiedad.

A sus ochenta y pico años, Martín Chirinos ha transitado un camino fecundo y su testimonio privilegiado sobre la era franquista es buen punto de comparación entre la España de la falange y el estraperlo y la de hoy. También a él le tocó cierto destierro.

No lo aventó de su tierra canaria tanto el hambre y la penuria ─a fin de cuentas, su padre era un trabajador privilegiado─ como su insaciable curiosidad. Se interesaba por todo y muy pronto se dio cuenta de que, si realmente quería hacer lo que se proponía, debía marcharse a ver, a entender. Recuerda que hubo un momento en que la vida se le hizo muy corta, y el paisanaje, hostil. Quería ver lo contemporáneo, lo nuevo, pero Canarias era una sociedad con poca información. Ante circunstancias que se le hicieron extrañas, decidió marcharse. “Sobre todo debía conocerme, saber lo que quería hacer, que es la pregunta fundamental. Cuándo va a empezar mi viaje a Ítaca y por qué. Me di cuenta que debía irme porque estaba desconcertado”.

Por supuesto, la tierra canaria dejaba huella en él. Y la dejaría en toda su obra.

─A mí me impactó muchísimo Manolo Millares: también él tenía esa tendencia de buscar en los orígenes ─dice en referencia a la “canariedad”─. Esa tendencia de la escuela Luján Pérez estaba en el ambiente: mirábamos los riscos con mucha pasión y teníamos pintores como [José Jorge] Oramas. Mirar el color de las casas, reproducir cierta nostalgia en el paisaje. La insularidad se nota porque la lejanía es tanta, ¿no? Y luego, la información era una cosa muy demorada porque solo teníamos un telégrafo. No teníamos teléfono.

En 1947 viaja a Madrid, comienza estudios de Filología que no terminará; después, en los cincuenta estudia en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde se le va abriendo el mundo que busca. Desde luego habrá viajes, amigos y lecturas que también colaborarán en esto.

DESDE EL FRANQUISMO HASTA HOY

Martín Chirino
F/Sebastián de la Nuez

En cierto momento le pregunté qué era para él el franquismo, si me lo podía sintetizar.

─Pues así, crudamente, no sé lo que era. Franco era un caudillo, eso sí lo sé. Y un represor, eso también. Nos escamotearon cuarenta años de democracia. Era un dictador. Pero un dictador sanguinario. La ley la representaba él y además la aplicaba como quería. Lo peor no fue lo que llamaron el golpe sino los cuarenta años que hubo que soportarlo. No tanto al final… En los años setenta se había ablandado. En España no vivía el conflicto de la libertad porque no tenían los españoles ese concepto, creo que ese es el problema que tenemos ahora.

─¿Los españoles no sabían lo que era la libertad?

─No, porque tampoco sabían lo que era una democracia. De oídas, más o menos. Pero una democracia es una experiencia viva, no una receta. Entonces para nosotros ha sido muy, muy difícil, y estamos en un momento realmente extraño.

Como ejemplo de extrañeza, Mariano Rajoy, pues a su entender tiene un concepto del poder absolutamente especial. Piensa que, aunque seas de izquierda, tienes que votarle a él porque debe gobernar en mayoría.

Agrega Martín:

─Han creado una democracia donde los partidos son listas cerradas, y hay uno que manda. Dicen que organizan primarias, pero en esas primarias votan los afiliados de verdad, no la ciudadanía que les vota. Entonces lo que se crea es un gueto.

─Sigo con el franquismo. Uno podría suponer que un escritor o cineasta pueden haber sido potencialmente más peligrosos para un régimen opresor que un artista plástico. Sin embargo, ¿sintió en su obra, en su trabajo, el horror del franquismo?

─Claro ─responde sin titubeo─. Fuimos la generación que rompió y empezó a hablar de la contemporaneidad. Eso implicaba una ideología, y ellos sabían que estábamos adscritos a los partidos antifascistas de la época. Además, la represión la sentía cualquier español. En España no se hablaba de política. Tuvieron años y años para crear un estilo de vida que a ellos [los franquistas] les convenía.

Pero en el underground sí que se movía el Partido Comunista, el único bien organizado para aquella época. La resistencia organizada en el extranjero pedía ayuda a quienes ganaban en moneda fuerte, “y nosotros ayudábamos. Teníamos una cierta implicación política”.

─¿Conoció a Santiago Carrillo?

─Sí, claro.

─¿Cómo era en lo personal?
─Daba la sensación de ser un hombre que estaba de vuelta de todo. Transmitía una concepción del mundo tranquilizadora. Defendía el eurocomunismo, que se alejaba de lo soviético. Teníamos un concepto muy hermoso de la libertad y nos apetecía vivir en un mundo libre. Conocíamos lo que habían hecho los rusos, lo que pasó en Hungría: todas esas cosas las teníamos en mente, y no nos gustaban.

De igual modo conoció a La Pasionaria. Recuerda su voz profunda y fresca. Dice que la escuchabas hablar y te sacudía.

─Pero realmente era todo inútil ─añade de repente, con desánimo.

─¿Quiere decir que esa lucha era en vano?

─Vivir es un acto inútil… La vida se vuelve un acto inútil si pierde su calidad y su cualidad. Ese es el problema. Entonces, para nosotros, ver a La Pasionaria era un espectáculo que estaba bien pero ya era una señora que se había alejado de todo. Seguía hablando de la emancipación de las mujeres y era bueno; pero iba a suceder de cualquier manera. ¿Por qué? Porque las mujeres ya estaban muy concienciadas, no hacía falta el partido comunista para eso, ni el socialista… Entonces saludé a La Pasionaria y hubo todos los honores para ella, pero no… Fue un mito. No sé cómo llamarlo. Un ensueño.

Martín había crecido en una isla desolada. Una infancia sin azúcar, o sea, ni caramelos ni chocolate. Tampoco juguetes. Era un país subdesarrollado, destrozado. A su hermano, ya mayor, le hicieron un juicio sumarísimo pues era monárquico, de los que reivindicaban al abuelo del actual rey. La gente tenía una idea nostálgica de la monarquía. El franquismo lo aplastaba todo.

Agrega Martín:

─A los muelles, que eran nuestra salvación, [Franco] les puso una barrera de guardias civiles. Vivíamos en un mundo gris.

Su padre era el jefe de los astilleros. Sobre todo los ingleses pasaban con los grandes paquebotes para limpiarles los fondos en su ruta a Cape Town, en la vía hacia sus grandes colonias del Pacífico. Cuando llegaban a Canarias debían comprar agua, comida, sogas… Martín no entendía cómo necesitaba esa gente tanta soga.

─¿Cómo era su padre?

─Era un hombre del XIX y tenía todos los prejuicios de la educación española de ese siglo. La relación con mi padre fue ninguna. Mi padre mandaba y yo obedecía. Como hacíamos todos los buenos hijos de todas las buenas casas en España.

─¿Y su madre?

─No, ella fue una mujer más cariñosa. Las madres siempre son adorables. Por entonces ella, sin entenderlo, me aconsejaba lo mejor para que yo no sufriera ni ella tampoco. Se llamaba Concepción López. Era una típica madre española de aquella época, si quieres un tanto colonial pues mi padre tenía un cierto poder económico. Vivíamos en una casa muy grande al lado de la playa Las Canteras.

Y mientras tanto, los curas iban por las calles a las cinco de la mañana gritando a voz en cuello: “Levántate, pecador, que estás pecando…”.

─¿En lo particular cómo ha sido su relación con la Iglesia?

─Buena. Buena porque mi madre era una mujer muy católica; pero al mismo tiempo no era nada intransigente… A nosotros nos pasa eso, ¿no? Que depende mucho de tus progenitores. Hay familias herméticas que se dejan regir en definitiva por los curas en las iglesias. Los curas, cuando hablan del amor, de la libertad y todo eso, lo hacen como en un paquete: son fórmulas, ellos no han vivido eso.

─¿Cómo fue su infancia?

─Toda nuestra infancia estaba salpicada por aquella angustia de no tener nada. Tenías por ejemplo un real en la mano y no sabías qué comprar. ¿Qué compramos con esto? Nada. No había nada que comprar.

¿Algún parecido con algún país latinoamericano en 2017?

LOS VALORES Y LAS ARTES

F/Sebastián de la Nuez
F/Sebastián de la Nuez

Desde luego, era un mundo raro el que vivió Martín en sus tiempos mozos. A los 14 años se había dado cuenta de todo, incluso de que había canarios que asesinaron a otros canarios por el mero hecho de pertenecer a otra ideología. Se acuerda de los falangistas cantando canciones de Hitler. Se acuerda de todo, y esos recuerdos llegan vivos hasta 2017 frente al estado del bienestar con más de cuatro millones de parados, corrupción del PP, Podemos tan parecido al chavismo, burbuja inmobiliaria, los valores por el suelo. Sin embargo, los españoles tienen un país donde hay seguridad para propios y extraños, comida en abundancia a pesar de las penurias.

Se vuelve torrente verbal hablando de las grandes ideologías “salvadoras del hombre” del siglo XX que terminaron en opresión; de su pesimismo respecto a la sociedad actual, de toda esta mentira compartida:

─¡Toda esa pasión por un mundo mejor…! Siempre hemos querido lo óptimo, no nos conformamos. Se hace un imposible. Hoy en día no se ha demostrado por qué somos “católicos”, por decirlo de alguna manera, pues la gente no procesa la religión para nada ni obedece a la Iglesia, en absoluto. Y sin embargo, todos, por inercia, se bautizan.

Y se pregunta Martín dónde está el valor justicia en España con casos como el de Isabel Pantoja gozando un dorado encarcelamiento (es el ejemplo que pone él mismo), y se responde que las personas quieren ser actores, gestoras de su tiempo fabricando una serie de “conceptos” sobre la libertad, el bienestar, las relaciones humanas… en verdad, los conceptos son enfriados; congelados.

Sí, también es un mundo raro el que le ha tocado ahora, después de viejo.

Algo parecido a la vida y sus valores puede que le esté pasando a Martín respecto al arte y sus derivaciones pues en las conversaciones sostenidas con este redactor reiteró ─sospechosamente─ su cercanía con James Joyce al final del Ulises. Cuando Martín vivió en Estados Unidos asistió a la efervescencia de Nueva York como capital mundial de las grandes vanguardias. Estando allí se dio cuenta hasta qué punto estaba aislada España. Se sentía un desterrado. Sin embargo, la oportunidad le había llegado después de una visita de Eisenhower a Franco.

En fin: a partir de una exposición colectiva en el MoMA de Nueva York, los galeristas norteamericanos prestaron mucha atención a los expositores españoles. Se integró Martín, primero, a la movida artística de Nueva York y desde allí fue reconocido; progresó, dio clases en una universidad de Connecticut.

Pero cuenta él algo sobre los rumbos de las vanguardias: aparecen modalidades en las que hay que verbalizar el arte, crear discursos coherentes alrededor de aquello que se ve. La palabra se hace más importante; pero al final te das cuenta (se da cuenta la gente) de que las cosas se hacen más incoherentes todavía: intentas algo dentro de una dimensión que no le pertenece a la obra.

─Ese es el problema de la contemporaneidad ─dice─. Estamos hablando de vivir dentro de una evolución tan extraña que, cuando te encuentras en ella y abundas y ahondas, también eres parte de la misma confusión. No es que yo esté cansado sino que se da una total negación de mí mismo; es lo que decía James Joyce con el final del Ulises: se niega rotundamente a pesar de que escribió el Ulises. Cuando utilizas la palabra, ella misma te lleva por un derrotero tan exhaustivo que siempre hay una palabra más, un intento más, un hueco más y algo mejor. Al final estás aquí otra vez, estás en el principio.

VOLVER AL PRINCIPIO, CONFUSAMENTE

¿Se niega ahora Martín a sí mismo, queriendo evadir la confusión que imagina, o que realmente lo rodea? En algún punto de su conversación volvió sobre esa corriente indigenista canaria, sobre aquel grupo de artistas canarios que admiraba a Rufino Tamayo entre otros mexicanos que eran referencia en ese campo.

Volver a lo primigenio. El risco, el mar, el viento. Los elementos que definen la canariedad. También el desarraigo. También la gran pregunta aquella, quiénes somos, pues Canarias siempre tuvo esa preocupación, preguntarse quién es…

Algo de eso parece haber en Martín y su lectura del Ulises; en su Ítaca, en sus continúas vueltas a Las Palmas a pesar de tener fijada su residencia en la Alcarria.

Algo lo empuja a decir de una vez por todas, con esa voz quebrada que también viene de vuelta de todo, como la de La Pasionaria, como la de Carrillo (ojo, pero él se considera hoy en día un socialdemócrata), esto que a continuación se transcribe:

─Si yo te digo que soy un hombre deshabitado, es cierto. Como si no habitara en la Tierra. Esa es la verdad; siempre estoy en un equilibrio, haciendo observaciones y tal, procuro vivir de acuerdo con aquello que me parece mejor pero no es lo que creo, tampoco. Siempre hay una extraña duda en todo lo que hacemos. El sufrimiento en el hombre es más importante que sus pareceres o pensamientos. Eso sí que deja una huella para siempre.

Su obra fue su pasión. Lo es. Cree que sin pasión no hay vida. Dondequiera que va, dice, habla de aquello que vio, aquello que siente y aquello que necesita: es decir, su tierra. Su tierra canaria. “Y es evidente que nunca volví la espalda a África. Fue parte de mi vida”.

Es el continente realmente cercano. Recuerda Martín que unos primos nacieron en Sidi Ifni, ciudad del sudoeste de Marruecos. Visitaban Canarias y decían “somos africanos, pero también somos canarios”.

Puede que sus reinas negras no tengan nada ni de reinas ni de negras. Puede que, después de todo, sí tengan mucho.

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