Pasajes de la lucha contra el peor gobierno del mundo

 

ROBERTO GIUSTI –
Durante más de quince años la oposición venezolana ha acudido a todos los métodos para sacar del poder al chavismo y podríamos decir, sin faltar a la verdad, que ha fracasado una y otra vez. Solo que ese fracaso, a estas alturas, ha llegado al punto del agotamiento total.

EL CAMPEÓN DE LOS DESCAMISADOS

El primer intento, quizás el más complejo, consistió en un alzamiento militar provocado por una rebelión popular tan potente que los uniformados se vieron forzados a intervenir, o al menos tuvieron a la mano el pretexto para hacerlo, porque todavía estaban a salvo de la transformación e intervención posteriores, que los convertiría en el brazo armado de la nueva clase dominante.

Los episodios del 11 de abril del 2002 y los días posteriores, con la caída y el rápido retorno de Chávez al poder, le permitirían a este presentarse ante la comunidad internacional como un líder al cual los sectores más recalcitrantes de la derecha trataron de tumbar porque había puesto en marcha una revolución democrática y de profundo aliento popular. Argumento falaz que solo el tiempo, un largo tiempo, pondría en evidencia porque en el ínterin se estaba creando, alrededor de Chávez, un mito que lo convertiría en el nuevo campeón de los descamisados del universo, en lucha asimétrica contra los poderes despiadados del capitalismo trasnacional, cuando en realidad lo que hizo fue consolidar su proyecto de dominación total con la toma y el control de las Fuerzas Armadas y de Pdvsa.

DEL GOLPE AL PARO

De allí en adelante, como contrapartida, la oposición tendría que colgarse el sambenito de golpista, con los efectos letales que el señalamiento le acarrearía, tanto afuera como adentro del país. No obstante, a pesar de la derrota y sus consecuencias, la oposición se sintió con los arrestos necesarios para salir de Chávez por la vía de la movilización popular y así se produce un acuerdo, sin precedentes, entre Fedecámaras, la CTV, los trabajadores petroleros y los partidos políticos, agrupados bajo la denominada Coordinadora Democrática.

Para ese momento el propósito era salir de Chávez apelando al artículo 350 de la Constitución Nacional, que establecía el derecho del pueblo a desconocer a todo gobierno que atente contra la democracia y los derechos humanos. La manera de canalizar este movimiento, que en el papel lucía como invencible, fue el paro cívico nacional decretado en diciembre del 2002 y que culminó en febrero 2003 sin cumplir los objetivos que se habían propuesto los integrantes de la alianza.

REFERÉNDUM, PETRODÓLARES Y MISIONES

Pese a que Chávez salió victorioso de la dura prueba, la oposición no se dio por vencida y sobre la percepción de que aún conservaba la mayoría se lanzó por la vía del Referéndum Revocatorio. Ahora se ensayaba con el voto contra un chavismo que tampoco se sentía lo suficientemente sólido, y logró, mediante ardides como una mesa de diálogo y la presencia de los expresidentes de Estados Unidos, Jimmy Carter, y de Colombia, César Gaviria, posponer el Referéndum por un año.

En ese lapso Chávez fue beneficiado por dos hechos, uno complementario del otro, que serían cruciales a la hora de medir la temperatura electoral del país: el aumento del precio del petróleo y la creación, a instancias de Fidel Castro, de la Misión Barrio Adentro.

Chávez reiniciaba, más allá de la retórica demagógica, su etapa populista, derramando sobre los venezolanos más pobres el irresistible bálsamo de los petrodólares. Así, bajo las más elementales exigencias de retribución por favores recibidos, logró acaparar la entrega masiva de millones votos y derrotar a un contendiente que cantó el fraude sin mucha convicción.

DE LA DERROTA AL ABSTENCIONISMO

Devastada política y moralmente la oposición vivía uno de sus peores momentos, con la Coordinadora Democrática desmantelada, perseguidos sus dirigentes y despedidos miles de trabajadores de Pdvsa, ante un Chávez crecido y omnipotente.

En esas condiciones se presentaron las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre 2005 y ya en la recta final de la campaña los partidos de oposición, encabezados por Acción Democrática, retiraron sus postulaciones alegando que el CNE preparaba un fraude. Entrábamos, así, en el abstencionismo, una forma de lucha que en el pasado tuvo su solitario abanderado en la persona de Domingo Alberto Rangel, destacado intelectual marxista que se caracterizaba por marchar siempre contra la corriente.

Pero aquí las cosas se daban de otra manera y la decisión, mayoritaria, produjo el rompimiento de las posturas unitarias dentro de la oposición. El resultado fue que el chavismo se llevó la totalidad de las 167 curules disputadas, aun cuando algunos analistas señalaron que no habrían sido muy diferentes las cifras si la oposición hubiera participado.

EL RENACIMIENTO

Sería al año siguiente cuando los sectores de la oposición salgan de la frustración y de la inmovilidad haciendo un nuevo intento unitario. Agrupados y liderados por los partidos políticos, que vuelven a tomar la batuta, deciden participar en las elecciones presidenciales del 2006 con la candidatura de Manuel Rosales, luego de que declinaran los otros dos aspirantes, Teodoro Petkoff y Julio Borges.

Quedaba claro que la participación, más que para ganar unas elecciones, algo para entonces imposible, estaba dirigida al reagrupamiento de las fuerzas democráticas bajo una única estrategia centrada en el juego electoral.

Rosales pierde con el 37 por ciento de la votación pero la oposición se reorganiza bajo el Acuerdo Nacional y la Unidad Democrática, antecedentes de la Mesa de la Unidad Democrática, para enfrentar la contienda del Referéndum Constitucional, impuesto por Chávez en un intento por consolidarse en el poder.

Los resultados son muy parejos pero terminantes, Chávez tendrá que olvidarse, “por ahora”, como el mismo lo señala, de la elección indefinida y la imposición del estado socialista. Se demuestra, de entrada, que la oposición organizada y unida puede frenar el apetito descontrolado de Chávez por la dominación total y ganarle en su terreno que, para ese momento, se ubica en la conquista del voto. En principio los partidarios de la vía electoral se ven reivindicados por dos hechos remarcables: el CNE proclama la victoria de “los enemigos de la patria”, al decir de Chávez y este, aunque remolón y deprimido, reconoce la victoria.

Todo esto indicaría que si el intento de convertir al país en un émulo del socialismo real puede ser vencido en las urnas, también es posible salir del gobierno por la vía del voto. Y por diez años esta sería la tendencia predominante en la estrategia de la unidad democrática.

EL QUE GANA PIERDE Y EL QUE PIERDE GANA

Esta postura, sin embargo, radicalizó a los sectores de oposición empeñados en el abstencionismo porque si antes el chavismo no tenía que cometer fraude porque ganaba las elecciones, ahora, que las perdía, pretendía hacerlo incidiendo en los resultados, además de las consabidas triquiñuelas y ventajismos pre votaciones.

Peor aún, desaparecido el caudillo y en baja los precios petroleros, el chavismo masifica, a partir de resultados electorales negativos, una nueva modalidad que se había iniciado contra Antonio Ledezma, electo Alcalde Metropolitano de Caracas en el 2008 y reelecto en el 2013.

Consistía el método en despojarlo de sus atribuciones y traspasarlas, junto con las partidas respectivas, a un organismo paralelo dependiente del gobierno central. Luego vendrán el acoso, la persecución y el encarcelamiento o el exilio. Así el triunfo electoral se convertía en un castigo para quienes son los dirigentes más destacados de la oposición, mientras que la derrota termina siendo el mejor seguro para conservar la libertad.

CONTRA EL PEOR GOBIERNO DEL MUNDO

La exacerbación de ese método se traduce en la liquidación del poder legislativo, que desaparece sustituido por una asamblea constituyente, un auténtico golpe de estado que se pretendió conjurar con la rebelión popular del 2017 y que pese al alto costo en vidas no logró su cometido.

Después, como ya había ocurrido en el 2004, se recurrió a los votos, en este caso como fórmula para ganar los gobiernos regionales y demostrar que la mayoría se pronuncia por un cambio, pero el fraude lo impidió y ahora frente a las elecciones para alcaldes el chavismo viene con todo.

Al frente se encuentra una oposición dividida en un enredo de película, pues a los abstencionistas de siempre debe sumarse una parte sustancial de los dirigentes que se pronunciaron por la participación el 15 de octubre y que vistos los resultados, desecharon la vía electoral. No obstante, el espacio que deja la MUD para postular candidatos lo está ocupando un grupo de dirigentes, de segunda y tercera línea, que insisten en la participación y a quienes se acusa, no sin razón (aun cuando hay excepciones) de estarle haciendo el juego al gobierno, en su intento por demostrar que estamos ante una contienda electoral donde los únicos aspirantes no son los chavistas.

Y al final, solo al final, aparecen, la mujer y el hombre de la calle, aquellos que han hecho todo lo posible y lo imposible por salir del chavismo, más confusos y cansados que nunca en su tragedia cotidiana sin que nadie les explique cómo ha fracasado la oposición en su tarea de librarnos del que debe ser, seguramente, el peor gobierno del mundo.

Roberto Giusti, periodista venezolano. Escribe desde Oklahoma, EEUU.

 

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