El perverso hombre bisagra entre Bolívar y San Martín

MARIO SZICHMAN
Bernardo Monteagudo se puso al servicio de los libertadores de Argentina y de Venezuela. En el caso de San Martín, lo ayudó a librarse de españoles. Según el historiador Vicuña Mackenna, el general elaboró una lista “de esos cargamentos humanos” que remitía a Valparaíso en 1821, “en un buque al que, para hacer más siniestro su destino, diera su propio nombre, la célebre fragata Monteagudo”

 

“Las malas causas
Tienen tantos mártires
Como las buenas”.
Lazare Carnot. General de la Revolución Francesa

En América Latina, durante la guerra de Independencia, existió un hombre, Bernardo de Monteagudo, que sirvió a dos amos: los próceres de la independencia latinoamericana José de San Martín y Simón Bolívar. Monteagudo era uno de los grandes villanos de la historia latinoamericana, bigger than life.

En las memorias del general Guillermo Miller, uno de los soldados más fieles de San Martín, se habla pestes de Monteagudo, de su “imposición de medidas impopulares”, su “opresivo espionaje”, “la cruel manera en que desterró a individuos muy respetables”. Además, se temía que intentara “establecer un gobierno monárquico contrario a los deseos del pueblo”. Esos atributos convirtieron a Monteagudo “en objeto de desagrado y desconfianza”.

Monteagudo ha sido descrito como autor de “imposición de medidas impopulares”, su “opresivo espionaje”, “la cruel manera en que desterró a individuos muy respetables”.

El pueblo de Lima, aprovechando la ausencia de San Martín, se amotinó contra Monteagudo y lo obligó a renunciar. El historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna dijo que Monteagudo “cometió horribles crueldades” en Lima cuando fue ministro de San Martín. Además, se jactó de ellas. Según Vicuña Mackenna, “En su famoso manifiesto de Quito”, el ministro de San Martín alardeó “de haber reducido a quinientos los diez mil españoles que encontró en la primera de esas ciudades”.

León Tolstoi decía que en la administración pública hay hombres tan necesarios como las bestias en la naturaleza. Esos hombres descuellan por su cercanía con los jefes de estado. Como monopolizan la crueldad, permiten a sus jefes exhibir altruismo y nobles modales.

El general Louis Nicolas Davouz se encargaba de cometer crueldades “a espaldas” de Napoleón, en tanto su rival, el zar Alejandro de Rusia, contaba con el general Alexey Arakcheyev para hacer el trabajo sucio. Si el lector desea saber por qué la literatura rusa es superior a la francesa, basta comparar a Arakcheyev con Davouz. Aunque Balzac tuvo portentosos modelos de seres desalmados en los cuales abrevaron sus novelas, ni siquiera el más feroz se animó a expresar, como Arakcheyev: “Soy amigo del zar y solo existe una persona ante quien es posible elevar una queja por mis métodos: Dios”.

Y aunque Fouquier-Tinville, el acusador público que ordenó guillotinar a Carlota Corday, y colaboró en el arresto de otras figuras públicas como Robespierre y Saint-Just es lo más aproximado a un genio del mal, ni siquiera él osó intervenir en las actividades reproductivas de los franceses, como lo hizo Arakcheyev con los rusos. En su enorme finca de Gruzino, las campesinas fueron obligadas a procrear al menos un vástago por año. Se ignora cuál era el castigo para quienes no cumplían con la cuota.

Tras la decisión de San Martín de renunciar a su cargo de Protector, Monteagudo retornó a Lima como secretario de Bolívar.

EL GENIO DEL MAL
Monteagudo puede considerarse un hombre bisagra. Poseía los atributos combinados de Davouz y de Arakcheyev, y los puso al servicio de San Martín y de Bolívar. En el caso de San Martín, Monteagudo lo ayudó a librarse de españoles. Vicuña Mackenna mencionó una lista “de esos cargamentos humanos” que Monteagudo remitía a Valparaíso en 1821, “en un buque al que, para hacer más siniestro su destino, diera su propio nombre, la célebre fragata Monteagudo”.

En esa ocasión, fueron despachadas cuatrocientos ochenta personas. De ellas indica el historiador chileno, “cerca de la quinta parte pasaba de sesenta años de edad. Para que se juzgue de la inútil barbarie de esta persecución, elegimos al acaso algunos nombres de la lista de proscripción: Juan Muñoz, andaluz, de profesión mantequillero, edad setenta y un años; Fernando María Gómez, comerciante, setenta años; Felipe Quinteler, gallego, marinero, setenta y cinco años”.

Tras la decisión de San Martín de renunciar a su cargo de Protector, Monteagudo retornó a Lima como secretario de Bolívar, donde fue asesinado en el anochecer del 28 de enero de 1825, cuando tenía apenas treinta y cinco años de edad. El cadáver fue encontrado boca abajo, con las manos aferradas a un puñal que le habían clavado en el pecho.
Cuando Bolívar se enteró del asesinato de Monteagudo, exclamó: “¡Monteagudo! ¡Monteagudo! Serás vengado”.

El retorno de Monteagudo a Lima, aferrado a la levita de Bolívar, no fue recibido con beneplácito. El patriota peruano José Faustino Sánchez Carrión, quien fue ministro del prócer venezolano, había anunciado en un bando público que si Monteagudo regresaba, cualquier limeño podía asesinarlo. Sánchez Carrión prometía al asesino total impunidad.

Bolívar, quien conocía la calaña de los hombres que trataba, dijo de Monteagudo en una carta al colombiano Francisco de Paula Santander, su vicepresidente: “Es aborrecido en el Perú por haber pretendido una monarquía constitucional, por su adhesión a San Martín, por sus reformas precipitadas y por su tono altanero cuando mandaba”. Pero Bolívar, que además de romántico había leído a Maquiavelo, agregaba en la carta: “Añadiré francamente que Monteagudo conmigo puede ser un hombre infinitamente útil”.

LA VENGANZA DE LOS PATRIOTAS
La investigación del asesinato de Monteagudo puso a Bolívar en el rol de detective, una tarea que los historiadores bolivarianos no han tomado en cuenta, aunque han explorado todos los aspectos de su vida. Como recordaba el profesor Germán Carrera Damas en su magnífico libro “El culto a Bolívar”, a un panegirista se le ocurrió redactar un opúsculo titulado “Bolívar jugador de ajedrez”.

La pesquisa de Bolívar, por sí sola, es para escribir una novela, especialmente el descubrimiento de los dos asesinos materiales de Monteagudo, Candelario Espinosa y Ramón Moreira. La principal pista era el cuchillo usado para matar a Monteagudo. Había sido recientemente afilado. Por lo tanto, Bolívar ordenó citar a todos los barberos de Lima para ver si alguien reconocía el arma homicida. Uno de ellos admitió haber afilado el cuchillo, y reveló el nombre del portador.

Al día siguiente, se citó para ser reconocidos “a todos los criados de casas y gente de color”. De esa manera, gracias a un gigantesco dragnet que solo podía permitirse Bolívar, fue identificado un asesino. Eso condujo al hallazgo de su cómplice. Obviamente, no era una época en que se respetaban los derechos humanos. Los sospechosos fueron torturados para que confesaran. Algunos historiadores dicen que Bolívar estuvo presente en algunas de esas sesiones de apremios ilegales.

Bolívar tuvo que ir al Perú para resolver los desaguisados de San Martín. Como Bolívar actuaba con decisión, Monteagudo se acopló a su brío.

LA SOMBRA DETRÁS DE LOS ASESINOS
A Bolívar no le interesaban los autores materiales del asesinato de Monteagudo, sino los intelectuales. El principal sospechoso resultó ser Sánchez Carrión, por su proclamada inquina contra Monteagudo y por haber prometido impunidad a quien lo asesinara. Muchos años después, el general Tomás Mosquera, quien llegó a ser presidente de Colombia, y fue jefe del estado mayor de Bolívar, dijo que uno de los asesinos de Monteagudo confesó a Bolívar que Sánchez Carrión le pagó por su tarea 50 doblones en oro.

Sánchez Carrión era líder de una logia republicana que se había enfrentado a las intenciones monárquicas de Monteagudo. También Mosquera dijo que como represalia, Bolívar mandó a envenenar a Sánchez Carrión. El funcionario falleció meses después de una afección probablemente causada por la ingestión de arsénico.

REINVENTANDO A MONTEAGUDO
Aunque muy desprestigiado durante todo el siglo XIX, Monteagudo ha vuelto a ponerse de moda, adquiriendo ribetes de revolucionario y de jacobino, tal vez porque el bicentenario de la independencia de América Latina brinda distancia suficiente para encubrir desafueros, o porque en dos siglos desde el comienzo de esa lucha tantos bellacos han gobernado nuestras patrias, que los protocrueles, los protoladrones y los protolacayos parecen próceres por comparación.

La figura de Monteagudo como hombre bisagra es difícil de imitar. Contribuye a esclarecer la actuación de San Martín y de Bolívar. Con San Martín, Monteagudo fue promonárquico, pues San Martín era promonárquico. Hay abundantes pruebas de que el general nacido en la provincia de Yapeyú hizo numerosas gestiones para pactar con los españoles.

Cuando le llegó el turno de servir a Bolívar, Monteagudo se transfiguró en republicano. En el ínterin, ocurrió la batalla de Ayacucho, que puso punto casi final a la presencia de España en Sudamérica, excepto por algunos reductos como las fortalezas del Callao o la isla de Chiloé.

Con San Martín, Monteagudo se mostró tan indeciso y vacilante como su jefe. Cada vez que San Martín independizaba algo, era necesario volver a independizarlo. Su gestión como Protector de Lima fue un desastre. Su destacamento insignia, el Regimiento de Granaderos a Caballo, se alzó en las fortalezas del Callao, luego que sus soldados recibieron como alimento arroz en mal estado y sufrieron toda clase de calamidades porque sus jefes se quedaron con la mayor parte del dinero destinado a pagar los suministros. Los cabecillas de la insurrección devolvieron las fortalezas a los españoles y fueron recompensados con un exilio dorado en la Madre Patria.

Bolívar tuvo que ir al Perú para resolver los desaguisados de San Martín. Como Bolívar actuaba con decisión, Monteagudo se acopló a su brío. Con Bolívar al frente, las fuerzas patriotas derrotaron a los españoles en dos combates épicos: la batalla de Junín, donde dos ejércitos se enfrentaron con lanza y cuchillo, sin disparar un solo tiro, y la batalla de Ayacucho, en que 4.500 colombianos, 1.200 peruanos y apenas 80 argentinos derrotaron a unos nueve mil españoles.

Cuando el general San Martín no está en la cama o disuadiendo a sus soldados de entrar en combate se la pasa diseñando una bandera.

LA VENGANZA DE LOS PATRIOTAS
El escritor argentino Miguel Bonasso, quien tiene a su favor el mérito de amar a Alejandro Dumas, ha intentado en La venganza de los patriotas (Editorial Planeta) contar de manera simultáne la historia de las hazañas del general San Martín en tierra americana, y la vida, pasión y muerte de Monteagudo. Pero la figura de San Martín recibe un tratamiento inadecuado. El general patriota no se muestra muy activo en sus labores como estadista. En compensación, resulta un amante excepcional. Pasa buena parte del tiempo en la cama con la patriota Rosita Campuzano. O tal vez, pasaba buena parte del tiempo en la cama, y Rosita Campuzano lo atendía como enfermera. San Martín sufría de terribles úlceras gástricas. Y era un adicto al láudano, que aliviaba sus síntomas.

En cuanto a Monteagudo, consigue en la novela que a sus plantas caigan, rendidas como leonas, gran cantidad de mujeres patriotas. Bonasso nos hace creer que el caballero era muy seductor. Si eso es cierto, los grabados de la época nunca le rindieron homenaje a su estampa de galán.

Quizás eso se debía a su enorme energía. Nunca se quedaba quieto en un mismo lugar más de dos minutos. Sus retratistas tenían dificultades intentando capturar sus rasgos más viriles. Si calculamos que en La venganza de los patriotas se registran dos encuentros amorosos por página, debemos concluir, al llegar a la página 250, que se han registrado ya alrededor de 500 apareamientos. Quizás mi cálculo esté equivocado, y una primera lectura haya obviado algún encuentro sexual. Podría intentar una segunda lectura, pero antes me corto las venas.

Curiosamente, no existe una sola escena homoerótica. Quizás eso se deba a que la novela tiene como protagonistas a varios próceres de la independencia, y éstos sólo merecen el mayor de los respetos.

Cuando el general San Martín no está en la cama, o disuadiendo a sus soldados de entrar en combate pues lo importante es ganar a los godos por cansancio, se la pasa diseñando una bandera. Bonasso dice que la bandera es de sencilla confección. No compartimos su criterio. El primer presidente de Perú, el Marqués de Torre Tagle, ordenó otro diseño del estandarte, pues su bosquejo era imposible de concretar.
Durante la novela, el general José de San Martín es acusado de apatía, de prejuicios monárquicos, y de querer coronarse rey. Eso, según Bonasso, es producto de las usinas de rumores de sus enemigos.

En realidad, parte del Plan de San Martín es de gran astucia. Consiste en hacer creer a sus enemigos que es apático, que tiene prejuicios monárquicos, y que quiere convertirse en un usurpador de la corona real. En cuanto a la otra parte del Plan maestro de San Martín, es imposible de dilucidarlo, o tal vez este comentarista obvió algunas páginas.

Para hacer prosperar la parte del Plan que divulga Bonasso –y también para tender una bonita trampa a los godos–, San Martín instituye la Orden del Sol. Y aunque el propósito ostensible de esa orden era crear una aristocracia autóctona, fortaleciendo así las sospechas de que San Martín poseía prejuicios monárquicos y deseaba convertirse en un usurpador de la corona real, no debemos creer en los propósitos ostensibles. No cuando se trata del general San Martín. No cuando se trata del general inventado por Bonasso.

Según el autor de La venganza de los patriotas, San Martín nunca quiso decir lo que dijo sino todo lo contrario. Inclusive si lo estampó al pie de un documento oficial de su puño y letra. En cuanto a la figura de Monteagudo, pasa por un maquillaje similar.
Bonasso presume, sin ofrecer prueba alguna, que Monteagudo fue injustamente acusado de todos los desmanes que cometió, y de los cuales abundan las pruebas.

De esa manera, en La venganza de los patriotas, nada de lo ostensible es real, en tanto mucho de lo oculto e indescifrable forma parte del increíble Plan esbozado por sus eróticos protagonistas. La alborotada prosa de Bonasso impide averiguar en qué consiste ese dichoso plan. El resultado es una novela hiper sexualizada, donde se rinde vasto homenaje a Venus, escaso tributo a Marte, y ningún homenaje a la verdad histórica. Y eso es lamentable. Un personaje de la talla de Bernardo de Monteagudo merece no una, sino varias novelas. Por la época en que le tocó actuar, por los personajes que frecuentó y con los que se asoció, por su vida personal, por su asesinato y por las secuelas de su muerte.

Mario Szichman, periodista argentino. Escribe desde Nueva York.
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https://marioszichman.blogspot.com.es @mszichman

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