A propósito del Oscar

Manchester by the sea
Manchester frente al mar

SEBASTIÁN DE LA NUEZ –

Hay un puñado de buenas películas compitiendo por el Oscar 2017, nada que ver con 2016, cuando El renacido acaparó atenciones con aquel oso tragándose a Leonardo Di Caprio, luego escupiéndolo para batuquearlo a placer contra el piso húmedo del plató. Jugó el oso, o su holograma, con el actor como si se tratara de una gustosa pelota de tenis. Del trance salía el hombre medio maltrecho, ok, pero vivo, para recorrer dos horas cinematográficas de una cruenta odisea helada y vengarse como es debido en el último rollo. Algo que no se lo creía ni el mismísimo mexicano que dirigió la película, González Iñárritu. Pero el Oscar a la mejor película lo ganó muy merecidamente Spotlight, algo que todo periodista ha debido ver varias veces. O al menos una vez. Eso salvó una ceremonia cuestionada, entre otras cosas, por haberle boicoteado la Academia una nominación, al menos, a una gran película de Netflix, Beasts of no nation (Bestias sin patria). La emergente empresa de streaming bajo demanda, ahora convertida en productora, fue vista por Hollywood como gallina que mira sal.

Pero estamos en 2017, y con un esquizofrénico populista en el poder las grandes institucionales culturales se toman más en serio su papel ductor en la sociedad. O teóricamente debería ser así.

La película Manchester by the sea puede que no gane el máximo Oscar, pero es uno de los grandes dramas que se han producido en Estados Unidos durante los últimos años. El escritor venezolano Fedosy Santaella ha destacado en una nota del portal elestimulo.com aquellos pasajes que suceden durante el desarrollo de los acontecimientos sin que aparentemente esos detalles, en la película, incidan para nada en la trama. ¿Por qué están allí? Un tío (Lee) y su sobrino (Patrick) salen de hablar algo sobre la necesidad de esperar a la primavera para efectuar el entierro ─el padre de Patrick y hermano de Lee ha fallecido─ en condiciones favorables para la excavación del hoyo… Estando en eso, el automóvil del tío no aparece. Han ido, tío y sobrino, a buscarlo por la vía contraria. Quizás se encuentran demasiado enfrascados en su conversación y por ello se pierden.

Pero nada particular pasa pues, andando en dirección contraria, simplemente consiguen la camioneta extraviada; es una mera anécdota.

En otra escena, Patrick, compartiendo casa con Lee, va a la nevera, abre el freezer, se le caen paquetes de carne congelada, los recoge y se golpea la cabeza con la puerta al incorporarse… El golpe en la cabeza es absolutamente prescindible para la trama.

La película trata de un autoexilio interior y se resume en una de las frases finales de Lee: “Simplemente no puedo superarlo”. Compuesta la historia sobre flashbacks, los primeros 30 minutos le crean al espectador cierto desconcierto. Hay pasajes francamente felices a bordo del yate de Joe (el padre de Joe) con Lee y Patrick niño, punto argumental de apoyo para la relación que luego sobrevendrá. A los 40 minutos o algo así te das cuenta de la real tragedia de Lee, un conserje sin horizontes. Hace su trabajo y ya, como por no dejar. Es irascible, no quiere nada personal con las mujeres (ni con los hombres, por las dudas); solo se sostiene sobre el mundo.

Matt Damon, el famoso actor que se dio a conocer junto a su amigo Ben Affleck (hermano de Casey, quien hace el papel de Lee y probablemente se lleve el Oscar como mejor actor*) en Good Will Hunting hace años, es el productor de Manchester frente al mar. Ha mostrado admiración por la capacidad como guionista de Kenneth Lonergan, director y quien finalmente le dio cuerpo a esta historia en el papel, en el montaje, en todo.

Tiene razón Damon en admirarlo. Es un trabajo narrativo construido con escenas que no se resuelven totalmente (dejan la conclusión en manos del espectador, o simplemente flotando en el ambiente) y diálogos perfectamente naturales: lo natural, en este caso, es lo traumático, lo desquiciante del destino.

Volviendo a lo que escribió Fedosy: hay anécdotas que no necesitan estar ahí, pero están y de algún modo contribuyen a marcar un tiempo, una elipsis, un clima.

Hace años, uno, cinéfilo en Caracas, solía asistir a la Cinemateca Nacional en plaza Morelos. Pasaban películas en el marco de ciclos sobre tal tema o tal director. Había un público fiel que asistía a partir de las cuatro de la tarde, y las entradas no costaban sino cuatro o seis bolívares. Tardes perfectas en la oscuridad ante la pantalla cómplice. Una agenda gerenciada por figuras como Fernando Rodríguez, Oscar Lucién o Rodolfo Izaguirre. En tiempos pretéritos repartían una hojita con las dos caras impresas, mimeografiadas: de un lado, por ejemplo, El dictador, de Charlie Chaplin. Datos de su producción, guión, música, etcétera. Del otro, una crítica o comentario sobre la película. Más recientemente se editaba una revista en formato 1/8 mensual o bimestral. Los asistentes a la Cinemateca podían ver un día cine negro con Humphrey Bogart y al siguiente un clásico de la India como Pather Panchali. Era una escuela de cine sin pupitres dentro del Museo de Bellas Artes. Funcionaba la inteligencia. Funcionaba el aire acondicionado.

El otro día, cuando fui a los cines Princesa (cerca de la plaza de España, en Madrid), era miércoles y las entradas estaban a mitad de precio. Hay hojas impresas a disposición con la ficha de las películas, de un lado, y del otro un comentario más notas sobre la producción: al estilo de la vieja Cinemateca. Consigues diez salas en Princesa con una buena oferta, en versión original subtitulada (es importante esto, pues los españoles suelen preferir las películas dobladas, lo cual significa la destrucción de la posibilidad de valorar y disfrutar una buena actuación; la industria del doblaje es un vestigio pétreo del franquismo). Ese miércoles pre Oscar la gente hizo su cola, compró su ticket y llenó las salas. Igual pasó con cines Renoir, muy cercanos, y con las salas Golem, al lado. Son cines que dan a la calle, no se encuentran dentro de un centro comercial. El balde de cotufas es un verdadero robo, y es un poco incómodo cuando te instalas en tu butaca cargando con guantes, abrigo y todas esas cosas para protegerte del frío.

Pero es el rito cinematográfico tal como uno lo conoció desde siempre: compartido con otra gente, desde la tarde hasta bien entrada la noche. A la hora que te apetezca.

Manchester frente al mar es un drama bien actuado, bien escrito. Al salir de allí no sé en qué andaba pensando, me metí por una calle desconocida y no supe dónde estaba la estación del metro. Le pregunté a una bella madrileña con botas y me respondió amablemente, explicándome con paciencia.

Esta última anécdota no agrega ni escamotea nada a los hechos. Los hechos son: se hace cine en diferentes idiomas (no solo en inglés); la gente acude a ver películas malas, regulares y buenas, y eso es lo normal. Lo que no es tan normal es que el nivel de delincuencia sea tan espantoso en una ciudad que sus habitantes no puedan ir a ver películas a las 8:00 pm o a la medianoche, si les da la gana de hacerlo.

 * Casey Affleck, efectivamente, ganó el Oscar 2017 al mejor actor.

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