Publicación en España de “El crepúsculo del hebraísta”

ATANASIO ALEGRE – Segundo capítulo de “El crepúsculo del hebraísta”, novela publicada en Venezuela por Editorial Alfa en 2008. Pronta reedición en España.

PFORZHEIM, Fons et origo mei (La fuente y el origen) 1455

Primera edición - 2008 - Caracas
Primera edición – 2008 – Caracas

La ciudad de mi nacimiento, que sirve de entrada a la Selva Negra al viajero que viene de Baviera, se encuentra situada entre dos aguas como esas casas cuyo tejado da a dos vientos. Las aguas son las de los ríos Enz y Nagold. Pforzheim no contaba para la época en que nací con más de tres mil habitantes. Era, hasta cierto modo, una villa grande donde todos se conocían, pero lo cierto es que en el lugar tenía su segunda residencia el Margrave de Baden y por esa razón una localidad así no podía por menos de recibir el nombre de ciudad aunque no lo fuera realmente. Contemplada desde cierta altura o ascendiendo a unos  treinta metros donde está emplazado el castillo del Margrave, Pforzheim llama la atención por sus elevadas torres: la de la Iglesia principal, la del Monasterio de los dominicos, la de los franciscanos y las torres entreveradas, de trecho en trecho, a lo largo de la muralla, cuya finalidad  era la de facilitar la defensa contra el enemigo en caso de que la ciudad fuera atacada.

El corazón por el que distribuía su energía la ciudad de Pforzheim era la plaza del mercado con su pozo artesanal. Por los distritos de Au y Brötzinger, en el alfoz de la ciudad, vivían los operarios tanto de la industria textil como los de la tala de la madera que era trasportada aguas abajo por los ríos en ingeniosas almadías. Los fabricantes de relojes tenían sus talleres, al igual que la que sería más tarde la Imprenta de Thomas Anshelm, en una calculada proximidad a los edificios de los poderes públicos, en las calles aledañas al mercado.

Obispo no había.

En la parte oeste de la plaza del mercado estaba la casa de mis padres donde nací, a un costado del edificio del monasterio de los dominicos.

Tuvimos más tarde una finca y, en ella, una pequeña casa de desahogo con cuadra para dos animales en la orilla izquierda del río Enz, cerca de donde se llevaban a cabo las tareas de la almadía que en alemán recibe el nombre de Flösserei, una actividad que desde niño atrajo poderosamente mi curiosidad.

Las gentes de Prforzheim son laboriosas, poco dadas a mostraciones  inútiles, sencillas en sus costumbres y un poco olvidadas, como a trasmano de las luchas vibrantes de la vida, según suele ocurrir con quienes habitan en un valle entre montañas.

El año de mi nacimiento está marcado por una feliz coincidencia, ese fue el año en que se imprimió por vez primera la Biblia, y dos años antes- según una cronología aceptada- concluía la llamada Edad Media y comenzaba esta nueva era. Un suceso éste de la imprenta que ha comenzado ya a alterar el mundo conocido sin que se pueda determinar todavía los alcances de esta conmoción. No creo que haya habido otra igual después de la caída del Imperio Romano. Sin la imprenta, Lutero no hubiera pasado de ser más que un fraile pueblerino por más versado que estuviera en teología. Fue la imprenta la que hizo que sus escritos se difundieran en una proporción hasta entonces desconocida, pues según me dijo Aldo Manucio que ha estado siempre muy atento a los avances de este invento, de los libros de Lutero han llegado a circular 600.000 copias. Creo que ese es una carga excesiva para que un hombre la soporte sobre sus espaldas. Para un hombre tan ansioso de que la fama tocara a su puerta, la súbita aparición de la misma, puede ser tan dolorosa como no tenerla.

Pero no divaguemos.

Dicho el año de mi nacimiento, habrá que añadir que los dos ríos que bañan a Pforzheim, como si se tratara de un organismo, se ramifican en una serie de venas y capilares que son las presas y arroyos y acequias que riegan campos de buena labranza. Donde el agua no llega, los viñedos se encargan de festonear, según la época, el rodapié de las colinas.

Mi padre era el administrador del monasterio que los padres dominicos tienen en el centro de la ciudad. Fue siempre un hombre muy respetuoso, dedicado, no sólo a resolver los problemas administrativos de los frailes, sino a velar porque la producción agrícola de sus campos y haciendas estuviera en buenas manos y produjeran lo que ellos necesitaban para sacar la vida adelante. Creo que en el fondo alimentaba la ilusión de verme vistiendo el hábito blanco de Santo Domingo para convertirme luego en un famoso predicador de la doctrina cristiana por los pueblos de la comarca. Y lo hubiera logrado de no haber sido por un incidente que, visto a estas alturas de mi vida, pareciera insignificante, pero que fue, hasta cierto punto, determinante en la vida de un niño que se disponía a hacer su ingreso en la adolescencia.

De los establos de los frailes mi padre había recibido como regalo una ternerita y un potro que, con el tiempo, se convirtieron en una pareja de animales que nos sirvió de mucha ayuda, ya que el caballo lo utilizaba mi padre en sus desplazamientos, tanto en los alrededores como en los obligados viajes que debía hacer a otros monasterio que los dominicos tenían en la comarca. Y la vaca se transformó en nuestra proveedora de leche, a la larga. Al caballo lo llamamos Niño y a la vaquita la pusimos Dulce. El trabajo de mi madre consistía en tener a punto la vestimenta del culto de la iglesia monacal y el resto de la indumentaria que los frailes utilizaban para sus ceremonias religiosas.

Una de mis obligaciones en cuanto tuve edad para ello era el cuidado de los animales. Segar cerca de los arroyos el forraje que les serviría de pienso y sacar todas las tardes, a una hora conveniente contra el atardecer a Niño a abrevar en uno de los arroyos. Con el tiempo, mi padre adquirió un terreno que transformó inmediatamente en una huerta de hortalizas que se regaban cuando era necesario con la ayuda del caballo que movía una noria, ese antiguo sistema de sacar agua de pozo mediante cangilones que viene desde los egipcios, según creo.

De modo que entre las tareas de la escuela y la ayuda que podía ofrecer a mis padres en las labores del cuidado de los animales y de la huerta trascurría plácidamente mi vida.

Cuando  llegaba el buen tiempo, Pforzheim se convertía en una ciudad diferente, animada por la presencia del Margrave y de su numeroso séquito. La ciudad se poblaba de voces nuevas y de caras extrañas que a los niños nos hacían pensar en otros mundos, en otros lugares donde vivir tenía un sentido más pleno, un colorido distinto. Eran, por otra parte, gentes alegres que ponían en movimiento las tabernas que hacían literalmente su agosto cuando las frecuentaban los sirvientes,  edecanes y la tropa de escolta del Margrave. Eso era así hasta el punto de que entonces se comenzó a decir que cuando uno de los vasallos del Margrave no estaba borracho, había que suponer que se encontraba enfermo, en vista de la gran cantidad de cerveza que ingerían. El dicho cobró luego fortuna, pues se ha aplicado con igual significado a los alemanes, como algo que define la sustancia de serlo.

Un día, siguiendo la rutina de ir a recoger unas brazadas de heno a la orilla de una de las pequeñas represas que conservaban el agua o la embalsaban en pequeñas cantidades para que luego los campesinos pudieran regar sus pegujales, sentí de pronto llegado al lugar, que en un pequeño embalse que ocultaban unos juncales tupidos se sentía un leve ruido como si alguien se encontrara nadando. Separé por un momento los cañaverales y vi como una mujer muy joven, una moza, se desplazaba por la superficie del embalse. No podía quitar la vista de la escena. En un momento la mujer salió del agua desnuda en todo su esplendor y esa fue la primera ve que vi el cuerpo de una mujer sin ropa. Esa fue la primera vez que en mi organismo se encendía una señal que me anunciaba que aquella conmoción entre las piernas iba a ser el principio de sensaciones muy placenteras.

Estaba por cumplir los doce años. No volví a ver a aquella mujer por más que traté de acercarme al lugar día tras día, mientras el Margrave permaneció ese año en Pforzheim. Tal vez esa circunstancia fue la que me puso en el camino de aspirar a algo mejor en la vida, a entrar en la corte, por ejemplo, como debía de haberlo hecho el padre de aquella muchacha, porque el plan de ingresar en un monasterio, habiendo mujeres tan hermosas en la calle, era sencillamente un contrasentido. De esta manera me alejé de la posibilidad de ingresar en la vida monástica.

Por esos días fui seleccionado desde la escuela de latín- donde hacía mis primeros estudios- para formar parte del coro de cantores del monasterio, primero, y después, del coro del Margrave que nos mandaba a buscar cuando tenía alguna celebración de importancia en la ciudad de su primera residencia.

En una de esas andanzas llegué con el coro de cantores de la región a formar parte de la comitiva del Margrave que se trasladó a París  en funciones cortesanas.

A Niño y a Dulce no les he olvidado nunca. Llegaron  a formar parte de las conversaciones familiares en aquella mesa angulada en que nos  reuníamos los cuatro miembros de la familia para comer. (Cuatro, porque mi hermana no había nacido todavía). Supe más adelante que a esas mujeres de singular belleza que emergen de las aguas reciben el nombre de ninfas. Los rasgos del rostro de aquella primera ninfa que surgió del embalse, el final de su vientre al que comenzaba a sombrear un pequeño manojo de bello y la curvatura de sus nalgas tal vez me sirvieron para buscar en las mujeres a quienes he amado o con quienes me he acostado de paso, un modelo ejemplar, que inconscientemente en algunos momentos, de manera más o menos explícita, en otros, me han hecho recordar aquella circunstancia.

Pero creo que el fin de mi niñez lo cierra, no sólo este hecho, sino el viaje a París y tres años después, mi ingreso, a los quince años, en la Universidad de Friburgo de Brisgovia.

Parece mentira que la aceleración de una época dependa justamente de la reviviscencia del mundo antiguo, de sus idiomas, de su arte, de sus costumbres y de manera especial, de su manera de decir, de la forma  de nombrar las cosas. En algo hay que estar claros, a la gente de hoy nos ha faltado inventiva para nombrar a las cosas y dejar reflejado en el nombre lo que son, para qué sirven y cuál ha sido su proyección el tiempo. De todo ello, la ciudad que es como un laboratorio de esta trasformación no cabe la menor duda que es París. Quien no ha pasado por élla, quien no la ha habitado espiritualmente es un hombre incompleto. Cuando comenzó ese movimiento que se conoce como el humanismo, que ha sido la pasión de mi vida, un Papa dijo que ser florentino era el quinto elemento, como añadiendo uno más a los cuatro de que se compone la realidad, según los presocráticos. Pues bien, esa es la condición de París, ciudad que añade un elemento más –el sexto, tal vez- a la que pueda ser la vida de un hombre y fue allí precisamente donde me llevaron los pasos por esos extraños caminos por los que fluyen los argumentos de la vida de quienes desafían al destino como fue mi caso

Georg Reuchlin y Else Eck.

Lo dijo con la boca llena, a despecho de que su mujer le reprendiera una vez más esa costumbre en la mesa:

– A Johannes lo han seleccionado para formar parte del coro de la iglesia del monasterio. El Padre Bruno me contó que Johannes es el número uno en la escuela de latín, la cual, según dicen, es la más famosa en toda la esta región de Württemberg y, por tanto, la más exigente y- repitiendo las palabras del prior del Monasterio, el Padre Bruno- el Sr. Reuchlin  dijo que el niño aprendía las cosas con una vez que se las explicaran y que además tenía una memoria sorprendente y que pronunciaba el latín con muy buen acento. Es el mismo oído que le sirve para la música.

Sin permitirse una pausa para que la madre del niño hiciera siquiera un comentario, siguió diciendo el Sr. Reuchlin:

-El Padre Bruno insinuó que Johannes podría formar parte dentro de una par de años, cuando termine la escuela, de los aspirantes a ingresar en el Monasterio. Esta vez solamente iban a admitir  quince, a los quince mejores que encontraran en la región. El sería el primero en la lista. Frente a estas últimas palabras Else Eck ha hecho un gesto de displicencia, como si no estuviera de acuerdo con la insinuación del prior de que el niño ingrese en el monasterio. El Sr. Reuchin ha continuado su explicación

-Los tiempos son malos. Si no fuera porque tú también trabajas, se nos haría difícil mantener a los hijos. De todas maneras, esa fue la condición cuando el padre Bruno nos fue a buscar a Ditzinger, que tanto la ropa de los altares como la del culto pasara por tus manos: casullas, albas, manípulos…

Tampoco es que mate el trabajo-interrumpió Else-. El monasterio, con el crecimiento de la población, queda casi en el centro y no se me hace difícil acercarme dos veces por semana para recoger y entregar lo que tengo que lavar y planchar en lo que se refiere al culto. Pero te voy a decir una cosa. El otro día vi a un grupo de esos que tú  llamas  aspirantes pelando un montón interminable de patatas a la intemperie, sin que a nadie importara el frío que hacía. Me dio lástima. En otra oportunidad he sabido que los castigos son desproporcionados por faltas de disciplina y a mí como madre me dolería que a un hijo le hicieran una cosa así. Y el hecho de que el Padre Bruno nos buscara en Ditzinger y nuestra situación haya mejorada, la tuya como administrador sobre todo,  no quiere decir que vamos a entregarle nuestros hijos.

-Yo también conozco la vida dentro del monasterio-ha dicho Georg- De los ciento cuarenta, tal vez la mitad o menos merecen llevar el hábito que visten. A penas sirven para decir  la misa en latín y salir luego por los pueblos a pedir limosnas. No olvides que la orden es de las llamadas mendicantes, que en un principio se suponía que iban a vivir de lo que les dieran las buenas gentes, pero ha sido tanto lo que han ido acumulando en fincas y tierras de labranza, que se están convirtiendo, como el resto de la Iglesia, en un verdadero poderío.

Pero como te digo una cosa te digo otra. Hay frailes muy sabios, que ejercen un papel muy importante como consejeros y confesores de reyes y príncipes. Algunos de ellos son predicadores eximios, otros son famosos como teólogos y escritores en toda la cristiandad.

Hubo un silencio, que en cierto modo abría el interrogante para saber a qué bando podría pertenecer el hijo en caso de ingresar en el monasterio,  a los famosos o las frailes de misa y olla.

Se levantaron de la mesa.

Era ya tarde. Georg Reuchlin y Else Eck se encaminaron hacia el dormitorio, no sin antes echar un vistazo al cuarto donde dormían los  niños.

Desiderio, el menor de los dos niños era una reproducción en vivo del padre. Johannes se parecía mucho más a su madre. El pelo rubio y los ojos de un azul intenso.

El viento de marzo aullaba fuera sobre las ventanas restando protagonismo al ruido de los carruajes que hacían su entrada a esa hora en la población de regreso de los caminos de la noche.

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