Tres años fuera, tres años aquí

RAFAEL OSÍOS CABRICES/ Montreal, Canadá
Ahora sé lo que es limpiar pocetas ajenas, palear nieve para salir de casa, ser despedido de un trabajo, tener las manos adoloridas por haber botado basura sin guantes en lo peor del invierno, tener pesadillas con secuestros y atracos y despertar en una ciudad que con 4 millones de personas no llega a 20 homicidios al año

 

Esta mañana, entre una diligencia y otra, caminando por la calle Beaubien de Montreal, me di cuenta de que un día como hoy, en 2014, mi esposa, mi hija y yo iniciamos en esta ciudad nuestra vida como emigrados.

Y han pasado tantas cosas desde entonces. Y mi mundo ha cambiado tanto que siento que debo reaprender a escribir para poder describir con precisión mi nueva realidad y el modo en que, desde aquí, puedo mirar la realidad que dejé atrás, o que creo haber dejado atrás, porque de Venezuela uno no termina de irse nunca, a causa no solo de las nostalgias, sino también de los dolores, las angustias y hasta los odios.

Hace tres años mi hija era una bebé que aún no caminaba y ahora es una niña que habla tres idiomas. Mi mujer es una emprendedora y una inmigrante integrada que contribuye a su comunidad y siente que vive finalmente en un sitio que entiende y que la entiende a ella. Y yo he tenido que ir cambiando, también, a punta de lo que he aprendido.

Ahora sé lo que es limpiar pocetas ajenas, palear nieve para poder salir de casa, ser despedido de un trabajo, tener las manos adoloridas durante una semana por haber botado basura sin guantes en lo peor del invierno, resbalarme sobre una acera congelada, tener pesadillas con secuestros y atracos y despertar en una ciudad que con cuatro millones de personas no llega a 20 homicidios al año.

Ahora sé lo que es viajar a Venezuela como alguien que no vive allá, ver a los míos y volver a despedirlos mientras me pregunto si los volveré a ver. Ahora conozco la culpa del sobreviviente, la sensiblería del inmigrante, la ira del exiliado, el desconcierto del recién llegado, la desesperación del que ha crecido en el trópico y debe aguantar seis meses sin follaje y tres meses de oscuridad casi permanente.

Ahora sé lo que es comer bien mientras mi familia no puede completar un almuerzo decente cada día. Lo que es mirar Twitter en mi celular en plena calle, sin miedo a los ladrones, mientras mis amigos, que marchan desarmados contra un muro de barbarie impune, se refugian en un edificio desconocido para que la guardia nacional no los ahogue en lacrimógeno o los secuestre a cambio de un rescate en dólares.

Ahora sé lo que es tener a un padre con cáncer y a un hijo con un trastorno mental en un país sin medicinas, sin poder comprarlas aquí para enviárselas a ellos.

Sé lo que es estar seguro, pero no sé aún lo que es estar en paz. Sé lo que es estar bien y no poder disfrutarlo del todo porque varios de los míos están mal y no puedo salvarlos.

Sé lo que es estar saludable, gracias a la buena comida y al ejercicio permanente en una ciudad donde se puede caminar a toda hora y hasta andar en bicicleta durante más de la mitad del año, y al mismo tiempo estar roto. Pero al menos yo no puedo ver a mi hija feliz y segura en un parque sin pensar en los hijos de mis amigos, los que no se están criando con ella porque están allá o porque fueron aventados a lugares tan remotos como Buenos Aires, Vancouver, Lisboa o Amsterdam.

Tres años después, tres años fuera de la psicótica y hostil Caracas, que tanto detesto y amo a la vez, y en la serena y generosa Montreal, a la que tanto tengo que agradecer, me han enseñado cuán poco sabía sobre el miedo, pero también sobre cuán fuerte puedo ser. Cuán mal estamos en Venezuela, pero también cuán imperfecto puede ser lo que llamamos Primer Mundo.

Mi mundo se ha ampliado, aunque siento que haya perdido un mundo entero, el mundo de donde vengo. La cuenta sigue siendo positiva. Pero como no puedo, ni debo, dejar de mirar atrás, mis ojos siempre están empañados cuando miro hacia adelante. Me arden por el gas que debe respirar mi gente allá, aun cuando el aire a mi alrededor está frío pero limpio. Y me ocultan los detalles de las cosas porque siguen quemados por el resplandor que produjo Alderaan al estallar.

Publicado originalmente en https://detrasdelavila.wordpress.com/

 

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