Últimas vacaciones

Ultimas vacaciones - Elizabeth Araujo
ELIZABETH ARAUJO –

En diciembre de 2016 Delia y Jorge cumplieron 50 años de casados. Con hijos que ya tienen hijos, y valiéndose de actividades diversas para evadir el silencio de las habitaciones vacías, esta pareja de profesionales jubilados ha aprendido a sobrevivir en una Venezuela que se deshace en la violencia y deja ver cómo el futuro se fuga por culpa de gobernantes corruptos quienes, además de ineptos, actúan con indolencia para atender las dificultades que sufre la población.

Pese a todo Delia y Jorge alcanzaron por fin el sueño de un viaje para festejar la dicha de seguir juntos, de modo que, con dólares ahorrados y la venta del apartamento que tenían en Margarita, compraron dos boletos vía Madrid a la aerolínea, cuyo nombre, al ser pronunciado, evoca en no pocas personas el temor de ser estafados, o lo peor: el riesgo de no llegar jamás a ningún destino.

Se sabe que la clase media en Venezuela dejó de serlo desde que Hugo Chávez se juramentó como presidente y posó su mano izquierda sobre un ejemplar de la “moribunda constitución”, con lo cual ordenó redactar la nueva Carta Magna que prometía el asalto a los cielos. En concreto: “a partir de ahora gobernaré para garantizar la prosperidad y las libertades de los venezolanos”. Nunca ocurrió. Sorprendido por un cáncer mortal, y antes de lograr la “eternidad” que le asignaron los seguidores, Chávez posó su mano sobre el hombro de Nicolás a fin de que terminara la revolución bolivariana. Aquí no se cumplió el refrán de que muerto el perro se acabó la rabia. Nicolás semeja un monstruo sin control que hoy está acabando con lo que su “padre” no logró destruir.

Ultimas vacaciones - Elizabeth AraujoObviemos el relato sobre Maduro. De su ineptitud para gobernar, de su ignorancia infinita y de su brutal gobierno represivo que ya lo saben hasta en las islas Fiji. Esa fue otra razón para que Delia y Jorge apuraran el viaje y decidieran tomar el vuelo de Conviasa a Madrid, donde les esperarían dos hijos, residentes en España desde hace años. Vino entonces lo inexplicable. Luego de lo habitual de Conviasa, como es postergar la fecha del vuelo, y cuando ya habían cerrado las maletas y se alojaron un día antes en una posada cercana al aeropuerto de Maiquetía para evitar sorpresas desagradables, algo pasó sin saberlo y el destino se les torció. En un abrir y cerrar de ojos el sueño se les trocó en pesadilla.

A las 5:30 de la mañana del martes 6 de junio rodaban sus maletas por los pasillos del aeropuerto, a pesar de que el vuelo saldría a las 2 de la tarde. Solo con oír historias de viajeros que, boletos en mano, nunca volaron por la improvisación de Conviasa, este acto absurdo de previsión adquiría respaldo cuando ya, a las 7 am, les advertían que habría retraso de unas horas en la partida. A las 9 de la mañana Delia y Jorge habían ganado los primeros puestos de la fila no autorizada hacia la puerta 14, sitio de embarque, indicado en la pizarra electrónica. Las horas demoraron su llegada en esa minúscula franja, en apariencia tranquila de Venezuela, conocida como zona de embarque internacional, y pasaron las 2 de la tarde, pero no apareció ningún empleado de Conviasa, lo que generó lo que ya es habitual en este país de protestas: reclamos contra el incumplimiento del servicio.

Cuando la molestia tocó a personas mayores con dificultades para contener la orina; a las madres que no tenían cómo alimentar a sus bebés; o a las embarazadas impedidas de seguir paradas, llegó un empleado y con él ocho funcionarios de la GNB. Se informó que el avión había reportado una avería en La Habana, y tras ser reparado, llegaría a las 4:30 pm. Tras ofrecer disculpas el empleado prometió hacer llegar sillas de ruedas para quienes no resistían mantenerse de pie. En la Venezuela socialista las personas en sillas de rueda tienen prioridad en la cola, de manera que se deshizo la fila que por orden de llegada se había formado. Por solidaridad aprendida de la necesidad, nadie dijo nada. Pero ¿qué es esto?, se dijeron Delia y Jorge. El número de gente en sillas de rueda aumentaba con los minutos. Cuando Jorge se quejó, el viajero de atrás le dijo: “en aquella puerta un guardia nacional está alquilando sillas de ruedas por 4 mil bolívares”. A las 5:15 de la tarde de ese martes 6 de junio, más de la mitad de los pasajeros con boarding pass en mano, rogaban, sentados en sillas de ruedas, para que apareciera el avión de Conviasa.

Malas noticias. Ni Delia ni Jorge ni el resto de los pasajeros abordaron el avión. Hubo una protesta airada que duró minutos frente a la puerta 14, que la GNB no pudo controlar con gases lacrimógenos ni perdigones porque las autoridades del aeropuerto no permitían usarlos, puesto que se trataba de una zona que muestra el último escalón que pisas cuando te vas de Venezuela. Pero los gritos contra Maduro, los coros de “y va a caeeer” y los insultos de “asesinos” contra los militares que se acercaban no cesaron hasta que, vencidos por el sueño, pero en correcta formación, los estoicos viajeros se echaron a dormir en el piso, con los bolsos de mano como almohadas, y las incómodas sillas de espera habilitadas en camas para los niños.

Todo esto mientras las pantallas de anuncios publicitarios repetían una y otra vez discursos de Maduro e inauguraciones de obras públicas que al parecer, según viajeros de esos lugares, no existían.

El miércoles, pasadas las 7 en la mañana, alguien de la cola dijo en voz alta que había recibido un wahtsaap del primo, cuya novia es hija de un empleado de Conviasa. El vuelo, según esta fuente, saldría a las 9 de la mañana. Se echaron agua en la cara y se arreglaron lo mejor que pudieron y no pocos se abrazaron, llamándose por los nombres de pila e intercambiando números telefónicos para después del regreso, y contarse sus aventuras en España. Pero ¡maldita revolución!: desde ese falso anuncio que desacreditó por completo al mensajero, pasaron 12 horas. Es decir, a las 7 de la noche del día posterior al indicado para el viaje, los 87 hipotéticos viajeros se sentían como en un campo de concentración, ya que les estaba prohibido salir de la zona de embarque internacional so riesgo de perder su derecho a reingresar a la fila.

Nuevas protestas, un deseo colectivo de que Maduro fuera derrocado por cualquier ejército de cualquier país, mientras la gente intercambiaba noticias sobre las marchas, la represión y los muertos en Caracas y otras ciudades, signó ese nuevo día perdido, atrapado en un espacio restringido donde los baños colapsaron y los tres restaurantes que venden a precios de dólar las arepas se habían quedado sin abasto.

Ultimas vacaciones - Elizabeth AraujoEse miércoles en la cola, Delia supo que la joven muy reservada con la que hablaba en la cola era una oficial de la Aviación. Estar vestida de buyins y franela morada la protegió, y su confesión a Delia le permitió trazar un plan que a nadie le había pasado por la cabeza: comprar un pasaje de Iberia, salir de una vez de esta pesadilla y al regreso reclamar a Conviasa el importe del boleto que no usaron. Así ocurrió. Delia y Jorge lanzaron el SOS a sus hijos en España y la joven militar a su hermano, también residente en Europa. Llegó la noche, y mientras volvían a dormir otra vez al piso que ya les parecía un castigo, los familiares de estas tres personas se movían con 6 horas de adelanto, escapándose del trabajo y hurgando en sus ahorros para “liberar” a su gente.

El jueves amaneció más frío y los olores nauseabundos del hacinamiento humano impedían a muchos cerrar un ojo, pero Delia y Jorge, ayudados por la avanzada edad, dormían plácidamente cuando la joven militar los sacudió y en voz baja les dijo: revisen en sus teléfonos porque mi hermano pudo comprarme el pasaje. Delia y Jorge vieron con sorpresa que sus hijos les habían enviado una docena de mensajes pidiéndoles que, por favor, que contestaran: les habían conseguido boletos por Iberia, con vuelo anunciado a las 11 am.

Se acercaron al mostrador de Iberia, mostraron sus pasaportes y las chicas del mostrador confirmaron que aparecían como pasajeros del vuelo que estaba por partir. Sus amigos de fila los empezaron a ver con sospecha, hasta que Jorge les informó: desde España mis hijos nos compraron los boletos para el vuelo de Iberia que sale ya. La joven oficial y Delia tuvieron que correr –la chica se identificó– y lograron salir del espacio acordonado de la puerta 14, en busca del equipaje que permanecía en la zona de embarque de valijas de Conviasa. Mientras tanto, Jorge le imploraba al empleado de Iberia que recibía el boarding pass que esperara. A lo lejos se veía a Delia y la joven oficial, arreando con todas sus fuerzas las maletas, mientras el resto de los pasajeros de Conviasa, condenados a la espera, les aplaudían, identificándose con la alegría de estos tres compañeros de infortunios, que habían vencido a un precio muy alto, la incapacidad de un gobierno que no garantiza al menos un acto normal como viajar y que haber conseguido un boleto aéreo se convierta en una proeza humana imposible de superar.

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