Votar ¿para qué?

 

OMAR PINEDA

Ocurrió en 2005. Como yo, 10 millones de venezolanos se quedaron en sus casas y el PSUV ganó las parlamentarias; y con 1.103 votos Iroshima Bravo llegó a diputada y Earle Herrera se sentó en su curul gracias a 1.236 votos, para desgracia de quienes por años escuchamos sus discursos de odio por VTV

 

Yo sonreí con indulgencia la tarde del domingo 4 de diciembre cuando un paneo de Globovisión mostró las colas esmirriadas de personas frente a los centros electorales. Luego jodí un rato a Teodoro y a Javier Conde en la redacción de TalCual porque ellos venían de votar; y yo, el rey del arroz con pollo, me ufanaba de mi abstención frente a un CNE del cual nadie confiaba.

Ocurrió en 2005. Diez millones de venezolanos se quedaron también en casa, y el PSUV ganó las parlamentarias; y con 1.103 votos Iroshima Bravo –recuerdo su cara de asombro– llegó a diputada y el deplorable Earle Herrera se sentó en su curul gracias a 1.236 votos, para desgracia de quienes por años tuvimos que oír sus discursos de odio completicos a través de Venezolana de Televisión.

Ahora, miles de compatriotas estarían al frente de esa disyuntiva y a punto de hacer lo mismo que yo: darse un tiro en el pie. No sé si se trata del mismo error que cometí el domingo 4 de diciembre de 2005 y que esa noche me hizo dormir con una sonrisa porque supuestamente había jodido a Hugo Chávez. Hasta la mañana siguiente que, como en el cuento de Augusto Monterroso, cuando desperté, Diosdado Cabello y su pandilla estaban ahí.

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