VÍCTOR SUÁREZ –
“Nos costó 27 años a Eddie y a mí volver juntos a Venezuela. Estamos en la gloria. Ustedes fueron gran parte de nuestro éxito. Le damos las gracias a esta bella señora llamada María Teresa Castillo por sus gestiones para traernos nuevamente a Venezuela”.
Así agradeció el cantante Ismael Quintana al comienzo del concierto que tuvo lugar en el Poliedro de Caracas en abril de 1995, como parte de la programación del X Festival Internacional de Teatro, organizado por el Ateneo de Caracas, del cual María Teresa Castillo era su presidenta.
¿27 años de ausencia de Eddie Palmieri?
En 1967 Venezuela era el máximo centro de atracción artística musical en la cuenca del Caribe. Caracas cumplía 400 años de fundada y la Comisión Cuatricentenaria organizó el fasto carnavalesco más estruendoso y florido de cuantos haya memoria en la ciudad.
Han pasado 58 años desde aquella presentación en Caracas, que bastó para la consagración de Palmieri en el país. Falleció hace pocas semanas y nunca explicó las razones por las cuales sus actuaciones estuvieron vedadas durante tanto tiempo. Si a la Inteligencia Artificial de Google le preguntas si Palmieri tuvo algún problema legal en Venezuela, de inmediato responde que no. Si le preguntas lo mismo al más avezado de los cronistas de Farándula de la época, responderá lo mismo: “Ni idea de la existencia de ese veto…”
TRIUNFO TOTAL EN CARACAS
Las mejores orquestas de Nueva York y el Caribe aterrizaron en Caracas aquel febrero feliz. Tito Puente con La Lupe, Tito Rodríguez con la orquesta de Mario Ortiz, Pérez Prado, Joe Cuba, Orquesta Broadway, Cortijo y su combo con Ismael Rivera, Pupi y su charanga, Willie Rosario, Mon Rivera, una de Curazao y otra colombiana. Las orquestas del patio compartían tarima con los visitantes. Los Melódicos se replegaron al Terminal de la Guaira y de La Billo´s poco se supo. La pista gigante del Hotel del Lago, en Maracaibo, fue tomada durante nueve días por el conguero Ray Barretto.
El lunes de carnaval (6 de febrero), en medio de la barahunda, se fugaron del Cuartel San Carlos los dirigentes comunistas Pompeyo Márquez, Guillermo García Ponce y Teodoro Petkoff. La juerga siguió.
Eddie Palmieri tocó al aire libre durante cuatro noches consecutivas en la Avenida Libertador, llenó el Nuevo Circo, se presentó en el restaurante El Rodeo, abarrotó el Terminal de La Guaira y estuvo en el junte general que se armaba en la Zona Rental de Plaza Venezuela con la participación de todas las bandas extranjeras.
Palmieri volvió a Nueva York con el máximo galardón (el Momo de Oro) y con cartel consolidado, pero no presentía que sus deseos de regresar se verían frustrados. Tantos años después, todavía no se conocen los pormenores de por qué.
Ah, y con una queja: las filmaciones de sus presentaciones en televisión desaparecieron sin dejar rastro. Transmitía Cadena Venezolana de Televisión, CVTV, canal privado predecesor de la actual VTV. Cada noche, Alfonso Álvarez Gallardo y Luis Turmero eran los anfitriones de las estrellas invitadas.
Sobre eso dijo Palmieri al antiguo portal Descarga: “Cuando ganamos el Momo de Oro, en los 400 años de Caracas, grabamos diez programas de televisión, cuatro números al día durante diez días. Grabamos cuarenta composiciones. Pero ellos (la televisora) se declararon en quiebra y nunca más pudieron encontrar esas películas. Dijeron que probablemente borraron las cintas para usarlas en otra cosa, pero creo que algún día eso se encontrará”.
El gran cierre del carnaval cuatricentenario se realizó el 11 de febrero, con la orquesta del cubano Pupi Legarreta y la criolla Federico y su Combo Latino, en la plaza Diego Ibarra, en El Silencio. “En esos tiempos, por baile yo ganaba más que Billo”, me dijo una vez Federico Betancourt.
INDEPENDENCIA DIGITAL
En los años siguientes Palmieri disolvió su orquesta La Perfecta, colisionó con su disquera, denunció a la mafia del espectáculo, el fisco le persiguió, el FBI le acusó de comunista por tocar un ritmo que los cubanos llamaron Mozambique, dejó de grabar durante bastante tiempo, se puso a estudiar Economía Política para entender “las condiciones que existen” y se fue a vivir a Puerto Rico.
Antes de irse de Nueva York aprendió algo crucial: estudió durante dos años los postulados y la práctica del Método Schillinger, de la mano del pianista, guitarrista y profesor español Bob Bianco. Esa pasantía le llevó a otro mundo, el de las armonías en el jazz, la energía rotatoria, que se expresa en tensión y resistencia dentro de la composición orquestal. “El enfoque matemático”, explicaba. “Si la música te hace sentir que está viva es principalmente porque tiene movimiento. Si tiene movimiento, debe ir con la lógica matemática”.
Cuando Palmieri, en las miles de entrevistas que ofreció, empezaba a desgranar las teorías del ruso Joseph Schillinger, divulgadas en 1946, los entrevistadores apuraban el paso. El método consiste en la prefabricación de componentes según un diseño preconcebido del conjunto, pero no le preguntaban cómo lograrlo. Les interesaba más el resultado práctico: bueno, aprendí a independizar cada dedo de cada mano, y a una mano de la otra. Por ello, cuando apareció el surco “Azúcar pa’ ti” en 1965, de 9 minutos y 29 segundos de duración, sorprendió por igual a los músicos y a las industrias discográfica y radiofónica de Nueva York. Los más envidiosos le acusaron de haber amañado la grabación porque era imposible que en el disco se escucharan cuatro manos ejecutando el piano y en los créditos solo apareciera un solo pianista. Es decir, presumían de que hubo sobreimposición de capas de sonido en la cónsola de edición. Fue la prueba patente de que había asimilado el “Método”. Las lecciones aprendidas se convirtieron en una característica que le acompañaría durante sus 75 años de vida profesional. Lo reafirmó en 1970 cuando grabó el álbum “Sobreimposición”.

PLEITO FANTASMA
En 1975 ganó su primer Grammy por “El Sol de la Música Latina” (el primero otorgado a un músico latino). El año siguiente ganó su segundo Grammy con “Pieza Maestra Inconclusa”. En 1985 ganó el tercero con “Palo Pa’ Rumba”.
En esta tercera ocasión declaró que había reaparecido con una orquesta compuesta por “músicos totalmente puertorriqueños de Puerto Rico”.
Cuando reseñé la noticia en el diario El Nacional de Caracas, observé que “en el LP triunfador existe un surco dedicado a Venezuela, a pesar de estar vigente un veto empresarial contra el maestro Palmieri en nuestro país”.
Y también estaba otro (“Prohibición de salida”) que se refería a la situación que había vivido en el país, aunque sin señas particulares.
Palmieri no podía presentarse en vivo ni en TV, radio, ferias, festivales o en centros de entretenimiento.
Los rumores que circulaban en Caracas se centraban en que hubo un pleito con dos organizaciones entonces muy poderosas, la del empresario artístico Enzo Morera, y la Organización Parade, que dirigía el radiodifusor Oswaldo Yepes. “Incumplimiento de contrato”, se decía como causa.
El representante de Palmieri era un promotor llamado Guajiro González. Le acompañó en una visita que le hizo a la sede de El Nacional a principios de los 80. “Quiero tocar en Venezuela, pero no me dejan”. No decía quiénes.
Se le veía en Caracas con cierta frecuencia. En algún momento dijo: “El hotel Ávila es mi refugio, cuando me deprimo”. Otras veces se instalaba en el Anauco Hilton. Buscaba a sus viejos cuates y se reunían a descargar en algún salón íntimo o en alguna barriada al aire libre.
SALIDAS E INGRESOS
Enzo Morera era un personaje muy poderoso. Contrataba a los artistas extranjeros que se presentaban en el afamado Show de Renny. Las grandes luminarias pasaban por su cedazo.
Las presentaciones públicas de los artistas contratados eran manejadas por la Organización Parade. Dónde, cuándo, de tal a cuál hora. El Poliedro era punto fijo de todos los calendarios.
En 1980 Morera había llevado al país a las bandas Police y Van Halen, con éxito rotundo. En 1981 contrató a Queens (con Freddy Mercury) para cinco fechas en el Poliedro, pero tras el decreto de luto nacional por el deceso de Rómulo Betancourt (28-9-81), solo hubo tres presentaciones. Morera se negó a pagar las dos veladas canceladas, pero el contrato le obligaba. Sin embargo, Queens debió esperar a que culminara el luto oficial para poder salir del país.
En 1982 le tocó el turno a Palmieri. “Estando en Caracas, dictaron prohibición de salida a su persona porque un empresario de espectáculos, con grandes tentáculos, para no pagarle, lo quiso dañar”, recordó recién en Telesur Lil Rodríguez, entonces responsable de RRPP de la disquera Sonográfica (propiedad de Empresas 1BC) y primera presidenta del canal oficialista TVES que sustituyó la confiscada señal de RCTV en 2007. Palmieri pudo salir del país por vías oscuras, y luego le fue dictada prohibición de ingreso.
Nuevamente, en las miles de entrevistas que en su vida ofreció Palmieri, no se habló al detal de esa circunstancia. Ni los periodistas se lo preguntaban ni el afectado lo explicaba.
Entre 1968 y 1995 no se vio a Palmieri en ninguna tarima ni en ningún programa de TV, pero sus discos eran vendidos, bailados, gozados con veneración. El impacto de 1967 se mantuvo, creció, se trasladó a las nuevas generaciones. El público aceptó sus variantes jazzísticas pero mucho más su fórmula que llevaba al bailador al clímax en la pista de los pasos extendidos.
Cuando al fin pudo tocar de nuevo, lo hizo en el Poliedro y en el Teatro Teresa Carreño, con la banda de Andy Durán como alternante.
Un caso como el de Nelson Mandela, quien después de padecer 27 años de prisión fue electo presidente de Sudáfrica.
Pero allí tampoco fue explicado cómo se había resuelto el conflicto con los empresarios Morera y Yepes.
REENCARNACIÓN
Su orquesta se llamaba La Perfecta II, una reencarnación de la original, un proyecto sugerido por el trombonista Conrad Herwig y secundado por el trompetista Bryan Lynch. Mantenía su propia tradición y al tiempo trabajaba en sus distintos proyectos de Latin Jazz.
Luego de ese reencuentro con el público caraqueño, volvió varias veces al país. Se presentó en el Hipódromo La Rinconada en 2005. En el V Festival Internacional de Tradiciones Afroamericanas realizado en Maracay en 2008. En 2012, con motivo del V aniversario de la renacionalización de Cantv, estuvo dos horas tocando en la plaza Diego Ibarra, en El Silencio.
Esa noche del 22 de mayo no lo pude ver porque ya estaba en Madrid, pero algo me contaron, y supe mucho más cuando un mes después leí la estupenda crónica que Albinson Linares publicó en Prodavinci.com. Con esa actuación, Palmieri se despidió de Venezuela.
Mientras tanto, gana nueve Grammys, la partitura de “Azucar Pa’ Tí” ingresa en 2009 en el exclusivo Registro de Grabaciones de la Biblioteca del Congreso de EEUU y en 2013 es declarado Maestro del Jazz por el National Endowment for the Arts, el honor más alto que Estados Unidos otorga a los músicos de jazz.
Rubén Mijares, guía turístico
Rubén Mijares, el mejor periodista deportivo venezolano de todos los tiempos, no bebía, pero sabía dónde se hacía con gusto. Me llevó a dos sitios espléndidos a los que después me hice asiduo: La Pelota y El pato decapitado, ambos en Sabana Grande.
La Pelota estaba en el Centro Cedíaz, en la avenida Casanova, y su dueño era el catcher cubano Paul Casanova. El ambiente era beisbolero. Los músicos de las orquestas visitantes descargaban allí luego de sus compromisos comerciales. En La Pelota entrevisté a Luigi Texidor, a Pellín Rodríguez y a José Mangual Junior, tres portorros, cantantes y bongosero. Años después me encontré con Mangual y me dijo que esa entrevista publicada en El Nacional la tenía colgada en la sala de su casa, en Nueva York.
Rubén me llevó al Pato, que estaba en los bajos del Centro Capriles, en Plaza Venezuela. “Esta noche Palmieri va a descargar con Culebra”, me sopló en la redacción deportiva. “Prepárate”. A las doce nos presentamos a la puerta. Un hombrón más fornido que Rubén nos impidió el paso. “¿Quién los invitó?”, pregunta, como si existiera contraseña. “Federico”, dice Rubén. El hombrón cede y encontramos al Pato full de músicos (con instrumentos o no). Federico Betancourt, el director del Combo Latino, se pone a hablar con Rubén y escucho que en sus infancias ambos vendían chucherías en el mercado de Quinta Crespo para ayudar a sus respectivas madres, que vivían en la misma pensión y seguían siendo amigos de toda la vida.
Eddie Palmieri estaba vetado en Caracas por un lío de contratos con el empresario Enzo Morera, y trataba de arreglar las cosas puesto que esta plaza era muy importante para él. Sus discos se vendían que jode pero no podía presentarse en vivo.
En El Pato había un piano con todas de la ley, del que esa noche se había apropiado Enrique Culebra Iriarte, artífice de la primera Dimensión Latina. A las dos de la madrugada se levanta Eddie Palmieri y en lugar de ir hacia el rincón del piano se dirige hacia las pailas, se apodera de las baquetas y dice a Culebra que toque lo que quiera. Culebra entona un montuno tradicional, Salvador Soteldo empuña su bajo eléctrico y Federico engarza el güiro. El resto deja la conversa y espanta el humo. Rubén me mira: “Esto no lo hemos visto nunca”. En efecto, Palmieri hace lo que no suele. A medida que el ritmo coge carretera, Palmieri se destapa. Suda, balbucea, por esas guturaciones le llaman El Sapo. A un pico para las tres las baquetas se quiebran y el montuno arrebata.












