YOSSELYN TORRES –
Salió de Venezuela en 2011, arropado por el dólar de Cadivi; pero su migración argentina no fue lo que esperaba, aunque lo planificó en todos los detalles. Aún así cometió errores, aprendió de ellos y supo hallar el camino del éxito

 

Ahora anda trajeado para asumir que su vida cambió. Ahora, asegura, no hará trabajos para sobrevivir. Pablo Casal salió de Venezuela el 2 de abril de 2011, cuando un dólar se tasaba en 4,30 bolívares. Fue una migración planificada, tenía oportunidad de esperar y escoger en qué trabajar. Él y su novia contaban con 5.700 dólares, más el cupo Cadivi de ella de 2 mil dólares mensuales por ser estudiante. Muy diferente al éxodo de los últimos tiempos. Hay quienes llegan con menos de 100 dólares.

Hoy intenta levantar cabeza en una inmobiliaria, pone todas sus esperanzas en ese emprendimiento. Este caraqueño de 39 años de edad cree que tiene poca oportunidad en los empleos tradicionales. Estudió Comunicación Social en la Universidad Santa María de Caracas y soñó con ejercer en Buenos Aires como periodista ambiental. Se frustró al ver que la competencia en Argentina es enorme.

Pablo Casal admite que los nuevos inmigrantes venezolanos pasan más dificultades.

DANDO TUMBOS
Pablo reconoce sus errores y le achaca a la “arrogancia” la culpa de sus traspiés como inmigrante. En agosto de 2011 gana el segundo lugar en un concurso de gastronomía de la famosa escuela Gato Dumas y engancha un empleo en Baltazar Bar and Grill, pero en la tercera semana estuvo a punto de llevarse “un tendón” de una mano con un cuchillo y deja el empleo. Consigue “laburo” en la logística de maratones (cargando vallas y demás andamios), desde las cinco de la mañana. Hace tres eventos. Eso no está a su altura y en febrero de 2012 logra algo que se relaciona a sus sueños: entra en una productora independiente. Ahí no le pagan ni lo que invierte para hacer las grabaciones.

En su cabeza sigue martillando la idea de que él merece más, que su “sabrosura caribeña” le sirve para vencer los obstáculos. Pero solo encuentra un empleo “en negro” (sin prestaciones y beneficios de ley) en la fábrica de encendidos electrónicos para cocinas, Chispac. Tiene que enhebrar cables y trabajar con cerámica. En septiembre de 2015, tras la ruptura con su novia quien decide irse a México, se toma unos meses “sabáticos” para pasar el trago amargo.

Derrotado no le queda opción que volver a Chispac en marzo de 2016, y pasados cuatro meses vuelve a renunciar. Su punto de quiebre fue verse levantando gomas de chiclets añejas del suelo en un bazar de chinos en Palermo.

Pablo considera que al asumir el trabajo que permita la supervivencia, hay que mantener la mirada fija en un proyecto.

En la Argentina con fuerte actividad sindical, es casi un pecado buscar empleo sin referencias después de los 30 y tantos. Pablo llegó a este país a los 33. Entregar decenas de currículos en un solo día sin conseguir respuestas lo tumba varias veces. Sin embargo, cree que los nuevos inmigrantes venezolanos pasan más dificultades. Pues su mamá es Argentina y tiene una vivienda acá, al igual que otros parientes cercanos.

Después de pasar por tanto, mete en el “closet” sus aspiraciones y se enfoca en ser “mercenario” inmobiliario. Y se atreve a aconsejar a los que pretenden dejar Venezuela: no podemos derrochar el dinero creyendo que pronto podremos recuperarlo; tampoco debemos aspirar a un gran cargo pensando que lo hecho en nuestro país sirve de algo aquí, y que están obligados a contratarte porque estudiaste. Y sobre todo: hay que apegarse a un plan y no cambiarlo. Casal considera que al asumir el trabajo que permita la supervivencia, hay que mantener la mirada fija en un proyecto.

LAS DIFERENCIAS
Ser profesional, comprar un auto, una casa, casarte y tener hijos es lo que, según Pablo, vale en Venezuela. En cambio, “un argentino propietario de un comercio puede casarse con una profesional de ‘buena familia’”. También es muy común que un universitario opte por emprender y arme una banda de rock. “Es una onda hippie de la clase media argentina”.

Agrega que la estructura del “deber ser” en Venezuela, frustra a los profesionales que quieren ejercer en la nación sureña. Recomienda a los que están a punto de ser cuarentones a pensar en emprender. Con la explosión de venezolanos en Argentina, es más común ver compatriotas promocionando sus ventas de harina de maíz, de queso llanero, de ron y chucherías de nuestra tierra. También empiezan a aparecer los servicios delivery de arepas, cachapas y demás platos criollos. Pablo añade que Argentina es un país de las pequeñas empresas y “vale la pena arriesgarse aunque falles en el intento”.

Él no sabe qué es hacer colas por pocos kilos de comida o recorrer un montón de farmacias por algún medicamento. A él lo espantó el hampa. “Yo vivía en La Urbina allá en Caracas y estaba cansado de la inseguridad. Siempre debía pasar por Petare. Varias veces me enfrenté a la inseguridad. Yo soy pacifista y no podía seguir así, con ánimos de agredir a la gente. La calidad de vida de acá vale la pena”.

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Yosselyn Torres es periodista venezolana. Escribe desde Buenos Aires, Argentina.

 

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