LUIS-ANÍBAL GOMEZ –

Atuendo que lo extrae del prosaico entorno civil y lo singulariza fuera y dentro de la caserna. Es su segunda piel, diría Hermann Broch.

¡Pues, no! Es su propia piel, pues sin ella quedaría equiparado a cualquiera. No, peor aún, ¡equiparado a un civil! Se sentiría ridículo, desprotegido, desnudo o desollado andando por la calles.

El militar es el porte hierático de su columna espinal que nunca se inclina, que cuando toma asiento sigue recta, y es la cadera la que se dobla, las piernas rígidas y juntas. Cuello recto, pecho prominente, cabeza en alto. Físicamente, apoteosis de la verticalidad. Inclusive a caballo, o más bien, jinete de tanque. Pudiendo vigilar al mundo civil, que no es el suyo, desde lo alto en picado a los de abajo, así le place estar por encima, si bien más arriba lo acecha la superioridad, una capona con más estrellas. Su paso como su lenguaje es voz de mando: dura, sincopada por el «un, dos» de la marcialidad. Cabello disciplinado o cortado al rape bajo el quepis, y éste hasta las orejas como un acerado casco en los aburridos y estériles cuanto abundantes cuarteles de paz.

En realidad aquello que lo torna voraz y sediento de poder acaso sea la tranquilidad y el ocio perpetuo e insoportable de las guarniciones. La necesidad de ejercer extramuros la vorágine de su tremenda potencialidad frente a la civilidad promiscual, situándose a la cabeza y al mando de ella, sin tener que limitarse a obsecuentes sargentos, cabos y soldados. Pues, en verdad sin haber participado en guerra alguna, ni subido jamás al escenario vivo de un frente de batalla, excepto los corroídos tablados de las asonadas y madrugonazos —ya que sus venas fermentan sangre de libertadores… Si bien levemente asociada al sudor del hacendado barrigón, amo del hato.

Ocuparse de una defensa que nunca se concreta, gastar los años de la carrera, juventud y madurez ejercitándose para lo que nunca ha pasado, ni se vislumbra pudiera pasar: el campo del honor, la guerra abrasadora, vale más la pena gobernar a todo evento; y no dejar semejante tentación a los civiles.

Adiestrarse para nunca combatir, los hace amorcillarse precozmente hasta alcanzar jerarquía de generales tripudos, a quienes se les hace cuesta arriba y sudan la gota gorda para dar el obligatorio paso de ganso en las ceremonias oficiales. Cebados, no sólo en los salones La Lagunita o del Country Club, sino atolondrado en los tarantines de fines de semana de terneras, aguardiente y toros coleados.

Estando ausente la previsión de los ejércitos profesionales de seleccionar a los candidatos a defensores de la patria, no sólo exigiendo un mínimo de coeficiente intelectual, sino también un promedio de presencia física en que aquel mínimo tórnase minúsculo, se gradúan oficiales en el «justo límite entre el hombre pequeño y el enano» (Vargas Llosa dixit). Pasado unos años de inactividad ¿cómo no van a engordar?

Algunos cojos, mancos, patituertos, o patojos, lisiados de operaciones —o imprevisiones— de las grandes maniobras, comandan las oficinas administrativas. La mayoría practica un narcisismo larval que, viéndolo bien, es de lo más natural, puesto que todo gira alrededor del atavío marcial —como en el caso de la moza acezante e histérica ante el vestido de novia y el trousseau. Es decir, de los uniformes.

Pues, los hay de campaña, de camuflaje, de fajina, de gala, de media gala, de diario, de teniente, coronel, general, según la fuerza y el grado al que pertenecen. Cómo lucirlos, cómo hacerlos más atractivos, el diseño de pantalones, bufandas, guerreras, caponas, galones, gorras, quepis, cristinas, boinas, los colores y las telas. Cómo ostentar los correajes, las pistoleras, espada, espadín, sable, vaina, botas y polainas, constituye un gran problema para el hombre de armas, tanto que más bien es extraño que no hayan surgido spas ¿o sí?

Salones de belleza viril como en la Alemania nazi; o bien, una suerte de alta costura castrense a imagen de aquel bello oficial que en La kermesse héroique se entretenía en sus ratos libres bordando florecillas en su bastidor: la aguja en sus finas manos subiendo al techo y bajando en picada a perforar la tela justamente en su santo lugar.

Concursos de elegancia y garboso vigor a semejanza, claro está, de los similares de las féminas: una especie de Míster Coronel Universal que rinda justo culto a la testosterona y la masculinidad.

¡Ay, quién fuera húngaro para llevar dolmán de húsar, francés para ser dragón, austríaco o ruso para ser ulano, suizo para ser guardia suizo o lansquenete, italiano para ser bersagliero alpino, gringo para ser marine o venezolano para ser dictador!

¡Oh, los penachos blancos, las guerreras rojas, las botas altas, correajes, yelmos y morriones emplumados, cristinas, quepis de visera y barboquejo, dolmán caído sobre el hombro, el alegre taconazo de rigor!

¡Ah, la vida de guarnición, el goce extremo, esto me vuelve loco… lo demás son fruslerías de civil!

El militar es su uniforme. Sin él, quedaría una mano adelante y la otra atrás.

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