OMAR PINEDA. Me saca una sonrisa esa manera refinada con la que Efraín apresa el vaso de la bebida que acaba de ordenar, mientras yo siento recorrer el frío de la cerveza al pasar por la garganta hasta estrellarse en el saco digestivo. Su mano, copada por venas que se desplazan en desorden como autopista se detienen justo en los dedos manchados de cigarro, desgastados, gruesos y enquistados por callosidades si se les observan bien. Y sobre todo, adornados todos, salvo el pulgar, como para una fiesta. Sortijas que no me atrevo a preguntarle si son de oro de verdad. Efraín ríe a carcajadas y deja ver que desde años le falta un colmillo. Insiste en eso que llama “el tumbe” y que sospecho se trata de una modalidad delictiva de la cual él mismo debió ser también astuto ejecutante. De lo contrario no estuviera aquí en este restaurante para mi gusto demasiado caro de la calle Balmes, sentado a sus anchas en una esquina del local e instándome a pedir el plato más caro porque “esta vaina la pago yo”. Okey. Efraín no es su nombre porque cuando acordamos la conversación salpimentada con jugosas anécdotas le pregunté si podía escribir sobre sus aventuras, entonces respondió que sí, siempre que le cambie el nombre. Lo entiendo. Afirma que trabajó allá arriba donde se mueve la plana mayor del Cicpc y que su denodada lucha como comisario jefe de una estructura policial carcomida por la corrupción se redujo y quedó relegado a mantener en la raya de la probidad a los nuevos detectives que ingresaban sin aprobar siquiera el examen sicotécnico, y que a las tres semanas tenía que mandarlos a llamar porque “¿qué vaina es esa, mijo, de estar echando tiros al aire para celebrar un bautizo?”.

 

Así pues, retomando partes del duelo de las horas perdidas en un escritorio que consumió veintitrés años de su vida Efraín reclamó la jubilación y se la otorgaron. El punto es que entre tanta habladera el viejo menciona el atraco ocurrido hace unas semanas en la autopista Fajardo, a la altura de La California, cuando la joven administradora del mercado de La Hoyada y el detective que le servía de escolta fueron acribillados en intento de asalto. Astutamente se recrea en una pausa y hace un ademán como quien huele algo que se quema en la cocina hasta que concluye con la frase que inició nuestro diálogo: esta vaina, paisano, fue un clásico tumbe. “Los choros mataron a la mujer y al escolta, ellos a su vez tuvieron tiempo para despachar a uno de los asaltantes… y antes de que la plata acabara en manos equivocadas los funcionarios de la comisión encargada de apresarlos llegaron a la casa de los hombres que sobrevivieron y le dieron matarile”. Decía Proust que la cura para el aburrimiento es la curiosidad. De manera que aquí en Barcelona, recostado en el apartamento de su hijo y asumiendo el rol de abuelo cariñoso Efraín no hace más que escudriñar de noche las redes sociales en busca de noticias que le despierten el apetito adormecido de detective sin oficio. Me explica, como si se tratara de una clase en qué consiste el “quieto, todo el mundo pal suelo”, típica frase de los atracos a bancos y comercios, y que luego, cuando la policía revisa las cámaras, descubre que mientras las víctimas permanecían echadas al piso, asustadas y sin moverse, los asaltantes intercambiaban señas como un coach de beisbol con algún empleado del negocio quien le indicaba dónde está la parte gruesa del dinero o de los bienes que deben llevarse antes de que aparezca la policía. “¿No te das cuenta, chico, que en Venezuela nunca exhiben en los boletines de prensa de la policía las drogas y los billetes incautados?, cosa que sí ocurre aquí en España o en cualquier país suramericano?”, me pregunta sin importarle demasiado lo que yo vaya a opinar.

 

Yo lo observo, memorizo sus gestos, guardo silencio, le escucho con atención. ¿Qué quieren que le responda? ¿Que yo estoy aburrido de ver fotos policiales de personas esposadas y de espalda frente a un photocall que identifica al cuerpo policial que se apuntó el éxito en su acción contra el hampa? “Claro que sí… yo también las veo pero no pasan de ser fotos de robagallinas, ancianos que abusaron de una menor, mini traficantes de drogas y algún homicida sin derecho a la piedad, no tanto por la crueldad de su crimen sino porque no tendrá dinero para pagar un abogado”, me corrige algo fastidiado, como si yo no le entendiera el punto. “Te hablo de los comisarios que estuvieron a cargo del allanamiento de la vivienda donde se oculta el botín y de la incautación de ese botín… Fíjate bien en el caso de Tarek El Aissami del que algunos sospechan que desde hace tiempo está fuera del país… no hay fotos ni declaraciones y los periodistas parece que hasta les da miedo preguntar”, acota Efraín en esta tarde acalorada que hemos disfrutado y en la que no abandoné jamás la sospecha de que este señor que me supera en edad alguna vez estuvo involucrado en el ajo, y el quieto todo el mundo al suelo, cuando él lo dice así, en voz alta, firme y altanera, tanto que obliga los parroquianos en la barra a voltear, lo que me dan son unas enormes ganas de echarme a reír.

Omar Pineda es periodista venezolano. Reside en Barcelona, España

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