RUBÉN MACHAEN/ Ciudad de México
Con poca luz y silbatos a lo lejos, las autoridades piden silencio sepulcral para escuchar cualquier señal de vida entre los escombros. Se habla de relevos y jornadas a partir de las cinco de la mañana. La calle Rancho Tamboreo sigue sin luz y así gran parte de la Ciudad de México

¿Después de todo qué es el hombre en la naturaleza? Nada en relación con la infinidad, todo en relación a la nada. Un punto central entre la nada y el todo e infinitamente lejos de entender la diferencia entre estas dos posturas.
                                                                                                                  Blaise Pascal

Septiembre, 2017
El 19 de septiembre era una fecha agridulce para México: por un lado, se cumplían 32 años del sismo de 1985 y por otro, se conmemoraba el Día Nacional de Protección Civil. Para la ocasión, diversos medios difundieron desde principios de mes la organización de un mega simulacro en varios estados de la república para recordar las horas aciagas del 85; preparar y asistir a la población y, en simultáneo, rendir homenaje a los veteranos y anónimos héroes de Protección Civil quienes arriesgaron sus vidas y salvaron otras en un país que, para aquella fecha, no contaba con instancia gubernamental alguna dedicada a la prevención, auxilio y asistencia para fenómenos naturales de esa índole.

“Agustín, José Carlos y yo nos mirábamos de reojo sin pronunciar palabra, mientras la cadena humana se expandía para darle paso a otra ambulancia”.

Basta la llegada de septiembre —mes de alegría patria y tragedia inolvidable— para que los noticieros, declamadores, poetas e historiadores, traigan a colación los sacudones del país de América Latina que (al parecer) más inquieta a la naturaleza: El sismo más grande de México, el 28 de marzo de 1787; el sismo del 19 de septiembre de 1985, que inició a las 7:19 de la mañana; El sismo del Ángel, el 27 de julio de 1957; El sismo con más réplicas de la historia, el 20 de marzo de 2012; El Mayor-Cucapah, el 4 de abril de 2010; el sismo de Acambay, el 19 de noviembre de 1912; los sismos del 15 de junio y 30 de septiembre de 1999 y el sismo de Xalapa, en 1920.

Martes 19 septiembre. 13:14 h
Pero la historia (vaya obviedad) es dinámica e inadvertida. Y al desglose histórico, se le sumó un nuevo sismo, el mismo 19 de septiembre, pero 32 años después, que tomó inadvertido a un país que jugaba —porque, seamos realistas: nadie se toma en serio simulacro alguno— al temblor, hasta que a las 13:14, la tierra hizo que el país se tomara en serio el temblor, dando paso a un caos unísono que, entre gritos y plegarias, recibió a una nueva tragedia mientras conmemoraba otra.

Con poca luz y silbatos a lo lejos, las autoridades piden a los voluntarios silencio sepulcral para escuchar cualquier señal de vida en los escombros.

Caos, incomunicación y solidaridad
En papelitos burocráticos soy ciudadano mexicano; en la práctica un turista del desastre, y el 19 de septiembre, pasadas las dos de la tarde, un civil más que se sumó al voluntariado de auxilio en las zonas afectadas más cercanas. Al sur de la Ciudad de México, Agustín, José Carlos y quien escribe, sorteamos en moto las calles del sur rumbo a nuestras casas y armar precarios (y significativos) kits de primeros auxilios: agua; sal y azúcar para suero casero; alcohol; curitas; gasas; cinta aislante; tijeras; linternas y baterías. Muchas baterías.

Con poca señal y colgadas las redes sociales, dimos con el colegio Enrique Rébsamen, en la Delegación Tlalpan, que pedía “gente dispuesta y muchas manos”. Intentar reconstruir los hechos ante tanta destrucción es una tarea estéril y dolorosa. Más aún formar parte del caos en el que entre carritos de supermercado con botellones de agua; medicinas tan variadas que parecían farmacias ambulantes; escombros en el piso, fachadas caídas y un edificio despedazado del que pendía un cartel de SE VENDE, era el escenario en el que hicimos una cadena humana para abrirle espacio a la primera ambulancia.

—¡Familiares de Fátima Navarro! Está mandando mensajes por WhatsApp, pero no dice dónde está. ¡Por favor, pregúntenle qué ve a los lados; qué tiene cerca! – voceaba una de las voluntarias a través de un megáfono.

Agustín, José Carlos y yo nos mirábamos de reojo sin pronunciar palabra, mientras la cadena humana se expandía para darle paso a otra ambulancia. Carretas iban y venían y en las banquetas una larga fila de hombres con picos y palas corría a entregarlas o sumarse a la faena de recoger el desastre.

—¡Familiares de Daniel Martínez! – voceaba un hombre desde el techo de un Jeep, agitando una hoja con el nombre escrito en tinta roja. Frente a él, una cuerda de la que colgaba otras hojas con otros nombres de niños atrapados en los escombros del derrumbe.
20:00hrs

—Cuando cae la noche, todo se hace más difícil- dijo uno de los voluntarios a través del megáfono, con calma parca y ojos de angustia.

Para esas horas, nuestras mochilas estaban vacías y el único peso en la espalda era de impotencia y ganas de hacer más. Nos desplazamos entre calles en las que motos y carros iban en sentido contrario

Para esas horas, nuestras mochilas estaban vacías y el único peso en la espalda era de impotencia y ganas de hacer más. Nos desplazamos entre calles en las que motos y carros iban en sentido contrario. Motos con cuatro pasajeros y hasta cinco pasajeros; carros baratos, medianos y muy caros, con gente que ocupaba desde el capó hasta la cajuela; patrullas que iban y venían y el ruido de las sirenas al que ya todos nos habíamos acostumbrado.

Silencio, por favor
Con poca luz y silbatos a lo lejos, las autoridades piden a los voluntarios silencio sepulcral para escuchar cualquier señal de vida en los escombros. Se habla de relevos y jornadas a partir de las cinco de la mañana. La calle Rancho Tamboreo sigue sin luz y así gran parte de la Ciudad de México. La señal de los celulares vuelve gradualmente y las redes sociales disparan los horarios de la jornada del día siguiente.

23:00 horas
A la espera del relevo, caminamos varios kilómetros, “hemos dado 25mil pasos”, dice Agustín con la vista clavada en una aplicación de su celular. “Qué desgracia”, responde José Carlos ignorando e cálculo de los pasos. Camino a su lado y detengo el paso cuando escucho a dos señoras, probablemente abuelas, que se intercambian celulares para compartir imágenes:

—Es como si hubiesen calcado las fotos del 85, Dios mío- dijo la señora haciéndole scroll a la pantalla del teléfono ajeno.

Escuchamos su lamento. Ninguno de nosotros recuerda aquel día, pero nos llevamos las imágenes de este, caótico y dantesco, en el que no faltaron manos y voluntades.

Mañana será otro día.

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Rubén Machaen es periodista venezolano, nacionalizado mexicano; profesor universitario y redactor del Magazine Viceversa

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