ELIZABETH ARAUJO –
Un vasto despliegue de reporteros, cámaras, drones, transmisión en directo las 24 horas, rescatistas y ambulancias desplegados en lo que fue la escuela de Frida Sofía para estar ahí cuando ocurriera el milagro de ver salir con vida a la niña que nunca existió

 

“¡Lo dijo Últimas Noticias!” Así mandaban a callar en mi familia a los impertinentes que se atrevían a negar la veracidad de una información, por muy escabrosa que ella fuese. Tal vez ese trazado en apariencia correcto de la vida fue el que me estimuló a ser periodista. No sabía qué hacer con mis 17 años y nada me emocionó tanto como presenciar los hechos y contarlos, tal y como ocurrían, sin ponerle ni quitarle una coma. A esa edad ingresé a la UCV, y no conocía lo que hoy llamamos posverdad. Sería, con el paso de los años, como supe que mentir en periodismo era tan fácil como hacerse de una exclusiva.

Todo México se sumó al drama de Frida Sofía y de su esperanza de que fuese recatada con vida.

Como ilustración, guardo el cuento que me echó uno de los actores de una anécdota de la picaresca del vespertino El Mundo, de Caracas, en los años 70. El colega había sido designado a la cobertura del “monstruo de la laguna de Maracay”, que según Don Miguel Ángel Capriles habían reportado los vecinos de la capital aragüeña, y cuya predilección eran las mujeres que caminaban de noche por ese paraje. El “Viejo” Capriles, tan exitoso como editor como propulsor del llamado periodismo sensacionalista, tenía un ojo ¡que Dios se lo cuide! para los tubazos y los escándalos, que ponía a correr a los diarios de la competencia. Según el colega, la saga del citado monstruo se extendió por meses, y él ya se sentía harto de inventar ataques del “monstruo de la laguna de Maracay”, hasta que sin pensar en las consecuencias decidió una tarde “matarlo”, en el sentido de que tituló “Policías abaten al monstruo de la laguna de Maracay”, entregó la nota y se fue a su casa. A las 6 de la mañana, como era su rutina, el “Viejo” Capriles bajó a las rotativas para revisar el diario, y al descubrir que el osado reportero le dio matarile a la gallina de los huevos de oro, gritó: “¡Carajo! Llámame a este pendejo”. Soñoliento, el colega toma el teléfono, y del otro lado oye que le increpan “¿Cómo te atreves a matar al monstruo? ¿Tú estás loco, chico?”. El colega trató de dar una explicación, pero Capriles le interrumpió y le ordenó venirse en taxi para rehacer la nota, que él iba a parar las rotativas hasta que redactara otro ataque, “si no, hasta hoy trabajas”.

Nunca supe el final de ese bulo periodístico que agotaba al mediodía la edición de El Mundo, pero ahora imagino a algún jefe de Televisa frotándose las manos mientras los mexicanos postergaban sus propias tragedias familiares tras el terremoto, para ocuparse de la suerte de Frida Sofía. De hecho, el mundo entero se unió en las redes sociales al #fridasofia y elevó plegarias al cielo para que la niña, que resistía más de 24 horas bajo los escombros del Colegio Enrique Rébsamen, donde murieron aplastados 21 niños y 4 adultos al venirse abajo la pesada estructura del edificio, no corriera igual destino.

“Hay una niña que aún escuchamos está con vida. Y es ahí donde realizamos el mayor esfuerzo porque está muy complicado el rescate”, confirmó el almirante de la Marina José Luis Vergara Ibarra ante las cámaras de Televisa.

Como señala la revista Proceso, “México vivió su propia versión de El show de Truman pegada al televisor”, gracias a una de las más dolorosas mentiras del periodismo, que por un tiempo nos olvidamos de las afirmaciones de Donald Trump.

Ha sido triste para el oficio periodístico, ese estamento de la sociedad moderna en la que los refugiados, perseguidos y demás parias del mundo ven como un aliado, descubrir que Frida Sofía no existió, y que de acuerdo a la investigación de los periodistas mexicanos se trata de una noticia nacida tal vez en la sala de redacción de Televisa, la poderosa cadena que impone su ley en un país donde los reporteros de medios independientes pagan con su vida la osadía de denunciar la corrupción gubernamental, el narcotráfico y la trata de personas.

“Hay una niña que aún escuchamos está con vida. Y es ahí donde realizamos el mayor esfuerzo porque está muy complicado el rescate”, confirmó el almirante de la Marina José Luis Vergara Ibarra ante las cámaras de Televisa. Fue así como nació la noticia y se hizo viral. Una maestra aseguró que había quedado sepultada una alumna de primaria llamada Frida Sofía. Un efectivo de la Marina que actuó de rescatista dijo haberle visto mover una mano y que pidió agua. Un vecino dijo que la niña tenía 12 años. Frida Sofía se volvió la heroína sin rostro de una tragedia necesitada de símbolos y de televisoras hambrientas de rating.

Lo peor es que tras la cobertura exclusiva de la reportera Danielle Dithurbide, se plegaron TV Azteca, Imagen TV, Canal Once, medios internacionales, jóvenes reporteros de medios digitales y hasta los rescatistas que se sometieron al control de la Policía Federal y de la Secretaría de Marina que mantenían el control de la escuela devastada. Un vasto despliegue de reporteros, cámaras, drones, transmisiones en directo las 24 horas, rescatistas y ambulancias desplegados en lo que fue la escuela de Frida Sofía para estar ahí cuando ocurriera el milagro de ver salir con vida a la niña que nunca existió.

Elizabeth Araujo, periodista venezolana. Escribe desde Barcelona (España)

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