SEBASTIÁN ESCALÓN
Los hondureños de la caravana no pueden volver atrás. Atrás les aguardan las balas, amenazas, hambre y enfermedades. Saben también que las probabilidades de llegar son mínimas, que las puertas están cerradas, que allá quizás se topen con el ejército que prometió Trump. Más que una oportunidad, esperan un milagro

Son 3 mil, 4 mil, 6 mil hondureños. Quizá más: ya nadie puede contar. Puede que se les unan guatemaltecos y salvadoreños en el camino. La semana pasada, atendiendo un mensaje en redes sociales, decidieron dejarlo todo para formar una caravana que partió de San Pedro Sula rumbo a los Estados Unidos. Juntos, forman un ejército en campaña. Marchan hacia una tierra prometida, una tierra de la abundancia mítica donde hay trabajo y seguridad para todos. Cantan himnos, ondean banderas, gritan consignas. Creen en la fuerza de las multitudes. “Sí se puede”.

Y son al mismo tiempo un ejército en desbandada, agotado, vencido, hostigado por todos los frentes, en el que cada uno huye por salvar lo último que tiene: la vida. Lo conforman los humillados, los expulsados, los desahuciados que no pueden regresar a su lugar de origen. Más que migrantes, son refugiados. Las entrevistas que han dado a diversos medios revelan sus tragedias: abuelas caminando con sus nietas, personas en silla de ruedas, adolescentes que escaparon de casa…

Mientras avanzan bajo el sol y la lluvia, durmiendo en albergues o en las calles de Guatemala, Chiquimula y Tecún Umán, comiendo de lo que los habitantes les convidan, hablan con los periodistas que cubren su trágica jornada. Generalmente, los migrantes buscan pasar desapercibidos. Que nadie sepa a dónde van, por donde van, por qué se van. Esta caravana es todo lo contrario: la huida es también un manifiesto, una protesta. Es hora de gritarlo para que lo sepa todo el mundo: uno no puede vivir en Centroamérica si uno es pobre.

 

Las reacciones de los líderes políticos de aquí y de allá muestran, una vez más, que viven en una realidad paralela. Donald Trump fue el más rápido en twittear amenazas y sandeces. Amenazó al presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, con cortar la ayuda si no traía de vuelta a la caravana. Amenazó a Guatemala y a El Salvador con lo mismo si dejaban pasar a los refugiados. Obviamente, esto no ha surtido ningún efecto: no hay forma de detener esa serpiente de gente. Los tímidos retenes que las autoridades de Guatemala y El Salvador pusieron fueron desbordados de inmediato por el número y la determinación de los hondureños.

Tras las respectivas amenazas a México, Trump recordó que agitar el miedo a los migrantes sigue siendo su mejor arma en la contienda electoral que se avecina en Estados Unidos. Aseguró que el partido demócrata lidera la caravana, y que en ella viajan criminales. Su vicepresidente, Mike Pence, le siguió la corriente y twitteó que su país no toleraría este flagrante atentado a su soberanía. La miopía y mala fe a la que ya nos tienen acostumbrados.

Obviamente, no mencionaron de las causas que empujan a los migrantes fuera de Centroamérica, el hambre, el desempleo, las sequías, la violencia de las pandillas, la corrupción avalada por el propio gobierno de Trump tanto en Guatemala como en Honduras. Tampoco hablaron de los motivos que jalan migrantes hacia Estados Unidos: una economía pujante, dopada por los recortes fiscales de Trump, que busca desesperadamente mano de obra. Por poner un ejemplo, ¿quién, sino los migrantes centroamericanos, va a reconstruir los daños que dejaron los huracanes Michael y Florence?

El jueves, el embajador de Estados Unidos en Guatemala, Luis Arreaga, colgó un video en las redes sociales. Arreaga nació y creció en Guatemala antes de irse con 18 años a Estados Unidos en donde pudo emprender su carrera diplomática. El post , por su mala calidad y su extraño encuadre, recuerda esos videos en que un rehén es obligado a leer un comunicado escrito por sus captores. Migrante, hijo de migrantes, el embajador repite una vez tras otra que los que crucen la frontera ilegalmente serán detenidos y deportados, que la frontera está mejor guardada que nunca, que los migrantes fracasarán en su intento, que pondrán a sus familias en riesgo si persisten, que harán bien en volver a sus hogares. Hay algo en su tono y en la repetición de las mismas palabras que lo asemeja a un villano de ciencia ficción. El video encontraría su lugar en películas como Children of men, Snowpiercer, Sector 9 o La tierra de los muertos vivientes.

El embajador asegura, sin rastro de ironía, que Estados Unidos está invirtiendo cientos de millones de dólares en crear nuevas oportunidades en los países centroamericanos. ¿A quién se dirigen sus palabras? ¿A quién espera convencer? ¿Piensa realmente que una persona amenazada por las pandillas, o que ha perdido una vez más su cosecha, o que no encuentra trabajo, se va a dar la vuelta al ver su mensaje? Los migrantes de la caravana están más allá de estos discursos y argumentos. Esto es una estampida. Están más allá de la desesperación.

Los hondureños de la caravana no pueden volver atrás. Atrás les aguardan las balas, las amenazas, el hambre y las enfermedades. Saben también que las probabilidades de llegar son mínimas, que las puertas están cerradas, que allá quizás se topen con el ejército como prometió Trump, o que les quiten a sus hijos de los brazos. Más que una oportunidad, esperan un milagro.

Publicado en https://elfaro.net

Sebastián Escalón, reportero franco-salvadoreño. Escribe para Plaza Pública y Nómada

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