EIZONGEBER ÁLVAREZ –

“In space no one can hear you scream”

Esa película la he visto antes y no me refiero a Alien.

Año 2122. Nostromo, una peculiar nave espacial, surca los espacios interestelares fría y laberínticamente. Viene de regreso a la Tierra, luego de colectar veinte millones de toneladas en metales raros que tomó de algún cuerpo celeste. Sus siete tripulantes mientras tanto, duermen el sueño de los justos criogénicamente. Hibernan a pata suelta. A la buena de Dios, para ponerlo bien claro. El punto es que insólitamente estos científicos son despertados del sueño profundo, porque la computadora notifica que algo o alguien pide ayuda en tal planeta y los tipos, sin pensárselo mucho, hasta allá se llegaron. Te hablo de Alien, la película, que aun cuando es considerada una obra maestra del suspenso, déjame decirte que en toda la historia del celuloide hay pocos films que no vengan empacados en eso mismo: el “suspenso”. Sin suspenso, a ti no te daría tiempo de comerte las cotufas con su fresco a lo largo de la peli. Te quedarías afuera hablando con un pana, ahí ladillao porque, claro, si no te mantienen al borde de la butaca, no hay ritmo. Otro ejemplo sería el de la muchacha que despreocupadamente nada en la laguna negra y de pronto se dé cuenta de que el monstruo viene subiendo desde el fondo de las aguas y huye despavorida. ¿Cuál sería la gracia si no la sorprenden cerquita? Ni las novelas más balurdas se salvan. No puedo ni imaginarme una escena, por ejemplo, sin un timbre en la puerta:

(ding, doooong)

Cejas arqueadas y premonitorias de la protagonista, que detiene abruptamente la lavada de los coroticos para, de seguidas, preguntarse en medio de una terrible angustia:

“¿Quién podrá ser a estas horas de la noche?”

(ding, doooong)

-¡Abran la puerta, en el nombre de la Ley!

Ahí se prende el paranpanpán. Es que todos los cuentos que nos decimos, suspendidos en el arca de los tiempos ancestrales, se originaron en la angustia del primer homo sapiens. En su primer gruñido armónico o en el primer gesto de asombro, hace más de 2.500.000 años. El devenir, pues, puso a estos panas en tres y dos, y digo yo que por eso dejaron de limpiarse las pelambres de la espalda unos a otros, para dedicarse al cotorreo, una vez arreglado el asunto de las cuerdas vocales, la lengua y todo el sistema que tal y tal, hace alrededor de 50.000 años:

-Chamo, tienes tu siembra abandonada. Ese terreno ´tá montao. Y tú también vives montao, qué bolas…

-Es que eso es muy rico, ¿qué quieres tú, ah? Debo ampliar mi progenie para aspirar a tener mi propia tribu. Y nos vemos. Es tarde, ya me voy, mi negrita me espera, hasta mañana. Chau.

Y así. En realidad no sabemos cuándo comenzamos a hablar, pero por otro lado, de acuerdo con las pruebas acopiadas, la capacidad de escribir la adquirimos hace seis mil años antes de Cristo. Pictogramas, ideogramas, jeroglíficos y demás. A la par que desarrollábamos la escribidera, rimábamos. Esto quiere decir que desde entonces, somos poetas por necesidad. Es que los viejitos de la tribu descubrieron que si rimaban, el mensaje llegaba clarito a los muchachos quienes después lo podrían repetir, para preservar la historia de todos:

“Me puse a amarrá una burra
a la pata de un cují
la burra patá conmigo
y yo siempre la amarré…”

– ¿Qué te parece, nietico?
– Nojoda, abuelo, eso no pega.

En 305 D.C., los chinos inventaron planchas de cerámica para imprimir en ellas muchas hojas de papiro que serían distribuidas por todo el reino y en 1440 pues nada, Guttemberg cambió para siempre la forma de comunicarnos. Es que somos el epítome de muchas historias, cuentos, chismes y chascarrillos que compartimos desde siempre, hasta que un día llegamos a la excelsitud más alta y entonces comenzamos a caernos a mojones nosotros mismos. Ahí nadie nos gana. Tal es el caso de un bonaerense que por estos días frente a la tele, se quejaba de la paupérrima bolsa que reparte Fernández mensualmente. Le quitaron cinco productos al pobre señor y eso que el tipo es fan de este otro. Así no se puede chamo. Pero te digo una vaina: esa peli también me la sé. Y porque me la sé, te digo, que a ti no hay que regalarte un coño, ché. Mecanismo tenebroso y coñoemadre ese repartimiento gratis de comida. Un gobierno serio no genera dependencia. Más bien, contribuye a que el ciudadano eche pa´lante, pero eso es precisamente lo que prohíbe una dictadura. “Progresan” pero para maltratar al ciudadano hasta desvencijarlo y quitarle, nojoda, hasta el último par de medias. Eso de esperar que un tipo venga a ponerte algo de comida en la mesa, te achicharra el coco. Te ofende, date cuenta. Es que tener a la gente en perpetuo suspenso es una de las características más prominentes de una dictadura. Ahí, pendientes y salivando por un mensaje que les cambie la vida en la forma de un bono de medio dólar. Coño, qué éxito. No es que una economía de libre mercado no tenga pifias, pero al menos en este país nunca se ha visto la enfermiza altivez de un tipo que te amenace con dejarte sin papa a la hora del té:

-¿Pa´donde van a agarrar con esa pata hinchá? Soy Dios, coño. Y no la chillen, porque ahí les deposité una güevonaíta en la cuenta.

Yo digo que después de 2.500.000 años habría que pedirle disculpas a Hannah Arendt, la filósofa que mejor diseccionó el funcionamiento de una dictadura. Qué pena con esa señora. ¿Tú sabes lo que es joderse tanto para que ahora los peruanos elijan libremente al tipo que les hará la vida de cuadritos y que eventualmente pondrá al país al servicio de potencias extranjeras? Es que por estos días montar un parapeto comunista es más fácil que hacer panquecas de Aunt Jemima: Disolver el Congreso>Asamblea Constituyente>Nueva constitución, y listo. A este fulano habría que repetirle aquello de Juan Gabriel: Lo que digas, me lo sé ya de memoria. Qué batiburrillo, caballero.

Tener a la gente en perpetuo suspenso, es una de las características más importantes en una dictadura porque doquiera que germine este gran cuento y de acuerdo a las particularidades de este u otro país, pa´llá es que van. Está en el libreto de Antonio Gramsci, el ideólogo marxista italiano:

Camaradas: Para mañana, un anuncio patriota, puntual y muy heroico. Como dirían nuestros hermanos del Asia: Si no hay lial, no hay lopa. O se inscriben en el partido, o no hay vacuna. O no hay harina pan. O no hay luz. Tampoco gas.

Es que coberos, cuenteros y criminales es lo que siempre ha sobrado en este mundo desde que bajamos de la rama y comenzamos a envidiar el trigal de los vecinos. Llegarán los chinos, llegarán los cubanos. A Castillo, los aseres antillanos le dirán que el tipo es más bravo que Túpac Amaru. Los chinos, por su parte, enviarán emisarios chiquitos y flacos que, hechos los pendejos, ofrecerán llevar un trencito supersónico que paseará por las adyacencias de Machu Pichu haciendo las delicias de grandes y chicos. ¿Un Evo en tierras incas, pero con sombrero? Bueno, ahí te lo dejo.

El llano agarró candela y el jolgorio de la progresía mundial no puede ser más grande, pero yo te cuento un cuento:

No eran diez, sino siete los negritos y siete los pasajeros del Nostromos: Consideramos como un hito el planteamiento técnico y sci-fi de Alien. Antes de esta película, los acercamientos de Kubric con relación al tema fueron vitales, pero nada como Alien: El Octavo Pasajero. También el libreto es de suma importancia: Una raza parasitaria que pretende colonizarnos, pero antes debe matarnos. Coño, mano… Sin embargo, hay un aspecto filosófico del que no nos enteramos, y eso que nació con nosotros hace millones de años: Le perdimos el miedo a ser devorados por los dinosaurios. Ya no le tememos al invitado siniestro que entra en tu casa, como los chinos que ofrecen tetas y hermosos culos por Tik Tok y todo mundo gozando una bola. ¿Quién dijo que el miedo es malo, si como sabemos, es lo que nos permite guarecernos in extremis por allá en aquellas cuevas? El mayor de todos los terrores es ser defenestrados del tope de la cadena alimenticia y en el fondo en esto radica el éxito del film. Igual pasó con Tiburón. Pero Latinoamérica se entrega primorosa. Le abre las paticas a estos miserables ¡Ven a mí que tengo flor!, Gime Fernández desde Argentina. El mundo, ya lo ves, ta´ puyao, como el whisky margariteño. Una nave espacial con siete mil millones de carajos adentro. Todos presos e hibernando. No tendremos oportunidad de decirle al compañero que va al lado: Eso nos pasó por agüevoniaos. El Octavo Pasajero es China. El puesto se lo disputa Rusia. Biden cree que donkey penis is a horn y si a mí me hubiesen dicho que nos iba a pasar toda esta vaina me quedo en mi rama tranquilito y esperando a que pase el vendaval. Y váyalo.

Eziongeber Álvarez, narrador venezolano.

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