JOSÉ PULIDO –

-Te estoy viendo- dice Daniel González desde alguna parte. Su cara no aparece en ninguno de los balcones o ventanales. Es invisible.

-Camina hacia el estacionamiento- indica a continuación y comienza a abrirse el portón metálico del edificio. No es difícil pensar que está disfrutando. Le gusta organizar escenarios.

-Llega hasta el fondo del patio… – ordena.

Al caminar hacia donde ha mencionado, se abre una puerta angosta y surge Daniel en situación de mago, de genio de lámpara, portando un manojo de llaves en la mano. El ascensor está jadeando a sus espaldas, con las fauces de aluminio abiertas. Después de los saludos, la subida es rápida y traqueteante.

El apartamento es pura claridad solar; sus paredes acumulan libros, fotografías y dibujos. Las obras de arte que habitan en ese lugar, incluidas las fotografías, han salido del talento impetuoso de Daniel González. Sabiduría, irreverencia y sentido del humor, definen a ese artista venezolano, que pregunta:

-¿Quieres café, agua, refresco?

Y después no trae nada.

UN PROTAGONISTA ANÓNIMO

Daniel González habla disparando ironías. Es un hombre agazapado y emboscado en el humor negro. En la calle es tan anónimo como cualquier transeúnte. Sin embargo, es un protagonista de las gestas culturales que dieron significado a los años sesenta y setenta en Venezuela.

Aunque ya no sabe dónde poner los recortes de prensa que lo reseñan, es un personaje famoso pero desconocido, como suele suceder cuando la fama no proviene del cine o la televisión.

Lo que en la actualidad ocupa su interés y su persistencia, es el cúmulo de obras realizadas en diversas etapas de la vida, porque varias de esas piezas han tocado la gloria, el protagonismo, y se han convertido en referencias o en expresiones dignas de ser recordadas.

Daniel González es un artista que ha hecho esculturas, dibujos, pinturas, diseño, documentales y fotografía. Es comunicador audiovisual (Colegio Nacional de Periodistas carné 702.) Además, escribe sus propios textos.

Comenzando los años sesenta la prensa internacional y la nacional se interesaron en lo que Daniel González estaba haciendo. En 1962, la revista Life en español, publicó un trabajo titulado “Nuevo arte en Venezuela”. En foto de media página mostraban a un joven de 27 años llamado Daniel González, en una “chivera”, rodeado por toneladas de carros destrozados, abandonados, “buscando materiales para sus creaciones”. También publicaron las imágenes de varias esculturas que Daniel había formalizado usando chatarra.

Su obra está definitivamente inscrita en la historia cultural venezolana porque fue un integrante originario de Sardio y El Techo de la Ballena. Él diseñó las tres revistas que publicó El Techo de la Ballena, y también perpetró ilustraciones y fotografías. Las portadas de varios libros de los escritores y poetas que formaron parte de Sardio y El Techo de la Ballena, fueron creación de González.

(En uno de sus ensayos que tituló Las Kenningar, Jorge Luis Borges escribió sobre “las menciones enigmáticas de la poesía de Islandia”. No llegaban a metáforas, las kenningar, pero cumplían su función y según Borges “fueron el primer deliberado goce verbal de una literatura instintiva”. Mencionaban los hechos y las cosas usando juegos de palabras. Tenían uno que luego fue incorporado por diversos poetas y narradores a sus textos: “techo de la ballena”, para referirse al mar. A la guerra le decían “tempestad de espadas”.)

Daniel González – Famoso y desconocido
Foto/ Daniel González

En la Galería de Arte Nacional exhibieron en el 2013 parte de su obra: dibujos y fotografías. Es una de las muestras que dejó el exdirector de la GAN Juan Calzadilla, uno de los poetas emblemáticos del Techo de la Ballena y de Sardio. Daniel González tiene ochenta y pico de años y vive en su apartamento de Chuao. Desde el ventanal se ven los carros que pasan volando y se desenfocan, en rayones fugaces, como en una de sus fotografías.

Hubo una temporada suya intensamente dedicada al tema del petróleo: creó una serie de esculturas emblemáticas. Luego fue atrapado por la fotografía y el documental. La narración que González logró con la fotografía en blanco y negro hablar de un drama que tiene la firma de la marginalidad y el deterioro. Como el trabajo realizado en las calles, en la carretera vieja de La Guaira y en el pueblo abandonado que fue luego cubierto por las aguas de una represa.

Cuando era un niño y estudiaba primaria en el Grupo Escolar Arístides Rojas, de Villa de Cura, lo incluyeron en un acto cultural de los que hacían en las escuelas primarias de los años cincuenta. Le tocó recitar un poema y a partir de ese día, cada vez que había una oportunidad, le decían que recitara. A él le gustaba dibujar. Luego fue enviado a Caracas a estudiar en el liceo Luis Espelozín. Daniel González recuerda que tuvo que ponerse a trabajar para mantenerse en Caracas, trabajó en una empresa americana de seguros como mensajero, de office boy, como se decía en aquella época. En los ratos de ocio se ponía a dibujar, sobre todo a dibujar raíces, cosas orgánicas, y un compañero de trabajo que observaba la pasión de Daniel le recomendó que se inscribiera en la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas y buscara allí a su director Mateo Manaure, un artista sensible y solidario que seguramente le ayudaría a canalizar su talento.

Daniel siguió el consejo y habló con Mateo Manaure, se inscribió en la Cristóbal Rojas y estuvo todo el año 1952 estudiando con ahínco y devoción. Después de ese año tuvo que irse a Villa de Cura porque su mamá se había enfermado y se puso a trabajar en el almacén de Joaquín Hernández. Cuando su mamá se recuperó, volvió a Caracas y a la escuela Cristóbal Rojas. Mateo Manaure intrigado por su desaparición le preguntó qué le había pasado, y le recomendó que no dejara la escuela pues tenía un talento especial. Daniel le explicó el porqué de su ausencia, y Mateo tratando de ayudarlo le comentó que tenía una vacante en la escuela, ya que el profesor y artista plástico Ramón Vásquez Brito estaba enfermo y no podía seguir dando clases. Manaure le planteó que aceptara el cargo y fuera, además, su asistente. Así podía mantenerse sin abandonar los estudios.

González cuenta que el trabajo en la Cristóbal Rojas le permitió conocer a importantes personalidades de la cultura. Se reunía con los integrantes del grupo Sardio, en la galería que tenía Sardio en el Pasaje Ureña, detrás del Teatro Municipal. Participó en el Salón Oficial de Arte en el Museo de Bellas Artes, en 1958, y obtuvo una beca para seguir estudios en Francia.

Daniel González – Famoso y desconocido 2
Sede de El Techo de la Ballena, en la calle Villaflor, Sabana Grande, Caracas

Confiesa González que no vivió mucho tiempo en París: “me quedé año y medio visitando los museos de toda Europa, viajando a Londres, a Madrid, a Weimar, en Alemania, para conocer la Nueva Bauhaus, y el Instituto de Diseño Hochschule Fur Gestaltung, en Ulm, y también estuve en el taller de Max Bill, primer rector de ese Instituto”.

“Fui a la Bienal de Venecia, y visité la Exposición Mundial de Bruselas, ese mismo año de 1958. La Exposición Mundial de Bruselas fue la primera gran exposición que se hizo después de la Segunda Guerra Mundial. Había un despliegue muy interesante de tecnología, de nuevas visiones culturales del arte. Todo eso modificó un poco la visión que tenía del arte, pero también me enseñó mucho”.

Regresó de Europa con una visión diferente del arte. Explica González: “Ya no era la cosa lúdica que me planteaba en aquel primer momento ni la investigación visual ni nada de eso, sino que era algo más comprometido con la sociedad en la cual estaba participando o en la cual me estaba formando. Realicé esculturas hechas con residuos de la industria petrolera, que mostré en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central de Venezuela”.

“Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles y otros intelectuales regresaron de Europa también. Nos reuníamos para comentar nuestras impresiones y poco tiempo después fundamos El Techo de la Ballena”.

Daniel González – Famoso y desconocido 2-¿De quién fue la idea, quiénes fueron los primeros fundadores de El Techo de la Ballena?

-Los primeros fundadores fueron Caupolicán Ovalles y Carlos Contramaestre, quien era un gran promotor. Fuimos agrupándonos, consolidando la idea y realizando exposiciones. Hicimos la primera exposición Para restituir el magma, en un garaje de una casa en la urbanización El Conde, era una casa que alquilábamos Carlos Contramaestre y yo en los años 60.

-¿Usted diagramó y diseñó las primeras publicaciones de El Techo de la Ballena?

-Sí, recuerdo que uno de los primeros libros que diseñé fue ¿Duerme Usted Señor Presidente? de Caupolicán Ovalles. También Dictado por la jauría, de Juan Calzadilla, y Homenaje a la necrofilia, de Carlos Contramaestre, entre otros.

-¿Cuántas revistas publicó El Techo de la Ballena?

-Tres. Tres nada más, las demás publicaciones fueron manifiestos.

-¿Comenzó a interesarse por la fotografía en esa época?

-Siempre me gustó la fotografía. Tengo una foto que le tomé a uno de mis hermanos con una pequeña cámara, en Villa de Cura, una Kodak 127.

En la década de los setenta, Daniel captó en fotografías una secuencia que podría aludir al tiempo. Quizá también a la crueldad implícita en los conductores poseídos por el vértigo de la velocidad. Un carro atropella a un perro; el animal se queda tirado formando parte del asfalto; un día después ha cambiado su forma, está hinchado, como un globo. Luego se revienta, se pudre, se descompone, hasta que se convierte en una materia grasienta que se adhiere al pavimento.

Salvador Garmendia escribió sobre esa imagen:

“El perro machacado constituye un signo o un conjunto de signos, que al evolucionar y enriquecerse, permiten ser descifrados siguiendo el orden que queda establecido en la misma composición del libro.

Mientras avanzamos en esta lectura, la autopista trepida alrededor; ni una sola pieza ha interrumpido su circulación, mientras que el signo pegado al asfalto, entre las líneas que demarcan el tránsito, evoluciona y va generando su nueva existencia. Reduce lo que fue su sustancia original; se contrae.

Poco a poco, una criatura diferente ha tomado lugar, diseminando su presencia en el aire. (La metamorfosis comprende algunas entonaciones histriónicas pasajeras, donde nos conturban fases de calaveras y colmillos.) Esa criatura de intemperie, se ha apropiado por fin de los matices del asfalto, el polvo y las viscosidades.

En el último gesto perceptible que recibimos, la materia aplastada ha olvidado por completo su origen. Podría en cambio escaparse en la imaginación de cada uno y acaso establecerse en una orilla de mar, sobre una piedra.

Daniel González, un investigador de los procesos de la gráfica, se niega a transmitirnos en imágenes la realidad virtual y llana, a sabiendas de que precisamente es este el aspecto, si más común, menos auténtico y perdurable de cuantos puedan impresionar nuestros sentidos”.

-¿Cuándo dejó de exponer?

Postnatal, Caracas, 1963. Foto/Daniel González

-Dejé de exponer en los años 80. Un poco por los problemas políticos de la época, la tensión, la cuestión paternal, las cosas del hogar, me llevaron a retirarme de todo eso. Primero porque no quería exponer en galerías: mi trabajo no es comercial. Las galerías en ese entonces solo exhibían obras para vender. Después desaparecí. Compré una casa en ruinas, en Choroní y estuve diez años reconstruyéndola. Me asocié con un alemán que resultó ser un pillo, un gánster, que me sacó de la empresa. Tuve que demandarlo en los tribunales, y el Tribunal Supremo sentenció a mi favor, dijo que tenía que devolverme la mitad de los bienes, pero el Instituto Nacional de Tierras, INTI, sentenció que las tierras donde estaba mi hacienda productora de cacao eran del Estado, por eso no he podido recuperar nada. Los bienes materiales son los que menos me preocupan, pero siempre ayudan.

(Daniel González realizó una serie de fotografías con el escritor Rómulo Gallegos. Valiosas imágenes captadas en el estudio del autor de Doña Bárbara, Canaima, Pobre negro. Eso ocurrió muy poco antes de su muerte. Fue un encargo de la Revista Imagen).

(En San Francisco, alguien dejó caer desde un edificio a una calle del barrio chino, una muñeca inflable. La muñeca desinflada, con la boca abierta como en un grito, se quedó tirada en la acera. Daniel González hizo una serie que llamó Lanzada al vacío. Quiso captar la reacción de los transeúntes y su paso ante la muñeca).

(Esta entrevista la tenía guardada porque nunca pude publicarla. Ahora Daniel se va a llevar la gran sorpresa).

 José Pulido, poeta y periodista venezolano, residente en Génova, ciudad de Italia.

 

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