ATANASIO ALEGRE –

“Lo que en otro tiempo hacía las delicias de nuestros clientes, hoy es algo disruptivo”, ha dicho Jeff Bezos, el jefe de Amazon. Apela con ello a ese movimiento originario de Silicon Valley levantando como bandera lo que está sucediendo, tanto en el mundo empresarial como en el del consumidor y (¿por qué no en el político?) ese impredecible ritmo que llevan las trasformaciones que están ocurriendo en nuestros días.

La RAE registra el adjetivo disruptivo, pero no aparece el sustantivo que lo sustenta. Disruption en inglés viene a significar algo que cambia violentamente, lo que se rompe ante las propias narices o explota. En los protocolos militares, disruption equivale a deflagración. Algo, en resumidas cuentas, que lleva en sí un germen de cambio revolucionario.

En el mundo anglosajón, la palabra disruption, ya que todo es medible, fue la más usada en el trascurso del año 2015. Algo parecido a lo que pasó en décadas anteriores con la globalización que, al cuadruplicar el comercio mundial, nadie se la apeaba de la boca. De alguna manera, ambos conceptos, el de disruption y el de globalización, están relacionados. Parcialmente, porque lo que va a diferenciar a unas empresas disruptivas de otras que no lo son, es el resultado. Un resultado del que depende la fusión de unas con otras, o la disposición a adoptar mediante digitalización estrategias novedosas en la forma de operar, pues de no hacerlo, la desaparición es su horizonte inmediato.

La empresa fotográfica Eastman Kodak, fundada en el año 1888, llegó a contar con 150.000 empleados, pero en el 2012 se fue a la quiebra y así siguió justamente en el año en que se hicieron más fotografías a lo largo de sus 365 días que en todo lo que lleva de historia la humanidad. Eso ocurrió el año antepasado, el 2015. (¿No digo que todo es medible?) ¿ Pero qué sucedió a la Kodak? Simplemente que no se adaptó o no previó las nuevas modalidades de reproducir fotográficamente la realidad mediante eso que se ha llamado la revolución digital. “Si queremos un mundo mejor, un mundo más justo necesitamos disruption”, es el lema difundido por los gurúes del Silicon Valley.

La línea de taxis más grande mundo, la Uber, no dispone ni de un solo taxi de su propiedad, ni siquiera de oficinas; la inmobiliaria, por otra parte, que más volumen de dinero mueve en el mundo es la Airbnb y tampoco dispone de locales propios. E igual sucede con el mayor sistema de almacenamiento de productos de consumo, la Alibaba. Sus modos de operar rompieron con los métodos tradicionales, los revolucionaron, siguiendo procedimientos disruptivos.

Hoy, dado que todo es medible como digo, una de las maneras de calibrar una empresa es la de determinar cuál es su potencial disruptivo. Dicho en terminología inglesa: cuál es su start-up-spirit en el momento en que se plantee una trasformación revolucionaria de la misma.

Lógicamente, ya han hecho su aparición los expertos en estas prácticas: oficinas de disruption, asesores y dentro de algunas empresas de punta figura en nómina el experto en digital disruption.

Esta práctica que se está consolidando cada vez más tiene su dios. No ha sido fácil imponer nuevos modelos de sociedad a lo largo de la historia, pero la trasformación que Steve Jobs, el fundador de Apple, ha logrado emulando a los grandes creadores de ideas a quienes se debe las grandes plataformas de trasformación y cambio, en manos del pensamiento filosófico en otras épocas por lo demás, carece de precedentes. Nadie movió como este hombre -me refiero a Steve Jobs- los cimientos de la sociedad en la que le tocó vivir, contribuyendo a renovarla desde puntos tan sensibles como el de la información y el de la comunicación. ¿Se puede pensar cómo sería una sociedad sin teléfonos móviles, iPod, iPad, iPhone y muy pronto sin iCar?

Clayton Christensen, un profesor de Harvard, adelantó en su libro El dilema del inventor lo que iba suceder, si los avances de gente como los tecnócratas del Silicon Valley se universalizaban. Fue la época en la que el filósofo francés Derrida acababa de aterrizar en EEUU para hablar de deconstrucción.

En política los procesos disruptivos están ejerciendo una influencia desigual, sobre todo, en la forma en que se ha venido entendiendo la democracia. Por de pronto, pareciera que más que la ideología, lo que cuenta hoy es el pragmatismo. Ese pragmatismo que ostentan más que los partidos, esas personas o personajes con un marcado protagonismo –bien por lo que dicen o dejan de decir- cuya ocupación es la política en cualquiera de sus formas. Son personajes que ocupan en las encuestas las posiciones extremas: son los más aceptados por un parte de la población y los más rechazados, por otra. Es el caso de Renzi en Italia o Tsipras en Grecia. Y ese parece ser el destino de los populistas –que vuelven a elevar la voz ahora-. La mayoría de unos pocos ha pasado a ser una mayoría suficiente para formar gobierno. Si a esto se añade la progresiva desafiliación por la que pasan los partidos políticos y la frustración frente a los actuales gobernantes en ejercicio, habrá que concluir que la democracia, tal como la conocemos, está entrando en una fase disruptiva. Que ello sea el inicio de una trasformación en la manera de gobernar, es cosa que no acaba de palparse en la práctica, a pesar de innegables atisbos. Pero probablemente tenga razón Jeff Bezos al asegurar que la innovación es impensable sin disruption. Venezuela podría ser en un futuro, no tan lejano, una confirmación de la teoría del jefe de Amazon.

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atanasio9@gmail.com

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