JOSÉ PULIDO –

“Voy a ver qué escribió Eddy esta semana”, digo apenas amanece el sábado. No sé cuántos lectores expresan lo mismo, pero deben ser multitud, porque Eddy Reyes Torres escribe para aquellos millones de venezolanos que se han ido del país acuciados por todos los derrumbes, aquellos que andan buscando un sitio donde se pueda establecer un hogar transitorio y desde dónde se haga verdadera la posibilidad de ayudar a los familiares desvalidos que se quedan.

Es un anverso y un reverso: Eddy también escribe para los millones que se han quedado cuidando al país agónico; guachimanes de escombros y esperanzas; una multitud que sobrevive aislada en el dolor y la frustración de perder hasta el derecho de tener donde quedarse.

¿Dónde escribe Eddy? En El Nacional, lo que queda de ese diario en Internet, que es mucho. Muchísimo. Voces incansables. Decenas de colaboradores que no se rinden. Los lectores de El Nacional encuentran en la edición de cada sábado un artículo cargado de historia, buenos datos, información precisa y opinión de elevada sensibilidad, bajo la firma de Eddy Reyes Torres.

La primera vez que vi a Eddy Reyes Torres, a finales de los años noventa, se desempeñaba como vicepresidente del Banco Central de Venezuela. El poeta Luis Pastori me había llamado para decirme, con su autoritaria parquedad habitual, “debes venir al banco. Quiero presentarte a una persona que desea hablar contigo”.

No me explicó más nada. Con Luis no había manera. Ni siquiera posibilidad de discutir. Estar entre sus amigos era un privilegio y un placer, pero él ordenaba y punto. Por supuesto: acudí a la cita. Y conocí a aquel profesional cuarentón, práctico, ecuánime, apasionado de la lectura, que todos los días mantenía conversaciones envidiables con Maza Zavala y Luis Pastori. Lo primero que me dijo Eddy fue “¿Te gustaría participar en la creación de una revista cultural?”.

De eso hace más de veinte años y en realidad lo que ocurrió fue que ese día conocí a uno de mis mejores amigos. Intercambiamos libros, hablamos y discutimos sobre autores y obras. También nos unió mucho el hecho de que tuviéramos amigos comunes: Miguel von Dangel, Nelson Garrido, Luis Alberto Hernández, Rolando Peña y el maestro Asdrúbal Colmenárez. Y uno que había desaparecido pero que nunca olvidaríamos: Mario Abreu. Nos interesaba la cultura y nos preocupaba sobremanera lo que estaba ocurriendo en el país.

Eddy escribió un libro sobre Bárbaro Rivas y otro sobre Miguel von Dangel, dos artistas únicos en su especie. También escribió un libro extenso sobre el determinante creador Pedro León Zapata, pero está sin publicar, encarpetado.

Eddy Reyes Torres, articulista en la resistencia
Javier Level, Eddy Reyes, Miguel von Dangel, Peran Erminy.

Eddy Reyes Torres nunca habla sobre cosas inútiles, jamás se le escucha una banalidad. Tampoco escribe por el mero hecho de hacerlo. A Eddy le gusta leer, hablar y escribir.

Son tantos los lectores que ahora tiene y sus artículos son repetidos en tantas páginas y correos, que me dije “voy a entrevistarlo”. Aunque ya lo había hecho antes, cuando publicó el libro sobre Miguel von Dangel, en una época de ensimismamiento en su escritura. En esos días ni siquiera se imaginaba que se dedicaría de lleno a escribir sobre la situación venezolana.

Un sábado escribió:

“Uno esperaría salir pronto de la pesadilla que ha consumido veinte años de nuestras vidas, y que la lección se haya aprendido de una vez por todas. Pero no podemos olvidar que somos los únicos seres de la creación que se tropiezan más de una vez con la misma piedra”.

Y otro sábado dijo:

“El hecho de que los esfuerzos que hasta ahora se han puesto en práctica no hayan podido doblegar al férreo control que los militares cubanos tienen sobre sus pares venezolanos, no debe ser motivo de entrega ni desencanto alguno”.

LA CONVERSACIÓN

-Cuenta un poco tus inicios, tu formación.

-Nací en Soledad, un pueblo ubicado al Sur del estado Anzoátegui. Cuando tenía tres años de edad, mis padres se mudaron a Puerto La Cruz. Allí viví hasta que concluí mis estudios de bachillerato. Ingresé entonces a la Universidad Central de Venezuela y me gradué de abogado el mismo año en que Carlos Andrés Pérez inició su primer gobierno. Ejercí mi profesión durante un año, en la ciudad de Puerto Ordaz, donde entonces vivían mis padres. Tuve la suerte de obtener una beca de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho que me permitió hacer una maestría en Derecho Comparado en Estados Unidos. Allí viví dos años y medio, y tuve la oportunidad de conocer el Este y el Sur de Estados Unidos, Canadá y el norte de México. Al regresar a Venezuela asumí el compromiso de prestar mis servicios al Estado venezolano, como retribución por las becas que obtuve de la UCV y la Fundación antes mencionada. Mi buena fortuna me condujo al Banco Central de Venezuela e ingresé a su Consultoría Jurídica.

-¿Qué fue lo más importante que aprendiste en el BCV?

A trabajar en equipo y constatar que el Estado contaba con funcionarios honestos y de altísimo nivel, a los que se respetaba y reconocían sus méritos, independientemente de su pensamiento o posición política.

-¿De qué te sentiste más orgulloso en esa institución?

Del profesionalismo que allí imperaba y la posibilidad de hacer una carrera que me permitió alcanzar las posiciones más altas en función de mis competencias y capacidades, sin necesidad de tener ningún tipo de padrinazgo o apoyo político. En ese sentido, al igual que Petróleos de Venezuela, el BCV era una isla en la que privó la autonomía, hasta la presidencia de Antonio Casas González.

-El arte, la lectura, la escritura ¿cómo han cambiado tu vida?

-Todo eso es una parte de mi ser. En bachillerato empecé a leer textos de historia y uno que otro libro de literatura. Pero al iniciar mis estudios de Derecho en la UCV, me transformé en un lector apasionado y obsesivo. Allí tuve la suerte de compartir con un grupo de compañeros que tenían las mismas inquietudes que yo. En esa época me ejercitaba también como pichón de escritor, haciendo, a manera de ejercicio, una relación de mis vivencias y experiencias más importantes. Aún conservo algunos de los cuadernos de esa época. También escribí cuentos y poemas que destruí. Además, en Caracas tuve acceso a sus museos y galerías de arte, algo que en la provincia no existía. Todo ello me cambió la vida. Sin esa experiencia, a la que debo agregar mis estudios de postgrado en Estados Unidos y mis viajes de trabajo en varios continentes, hoy sería una especie de cascarón vacío de información relevante. Sin embargo, sobre eso último, hoy reconozco que el conocimiento es inabarcable. Eso te lo puedo explicar con mi propia experiencia, de la siguiente manera: mi biblioteca almacena más de cuatro mil libros y de ellos he leído una tercera parte; además, he consultado o leído parcialmente otra cantidad equivalente, sin incluir los periódicos, revistas, folletos, artículos y documentos que me ha tocado leer, consultar o estudiar por razones de trabajo o, simplemente, para mantenerme informado. Después de esa ardua labor, con mucha humildad, tengo que reconocer que mi ignorancia es infinitamente mayor que mis conocimientos, aunque mis libros y escritos sugieran todo lo contrario. Apenas he accedido a una pequeñísima porción de la información existente. Mas eso me hace inmensamente feliz porque siento que he logrado darle un sentido a mi vida en la forma en que lo planteó Viktor E. Frankl, en su obra.

(Viktor E. Frankl escribió esto: “El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo”)

-¿Pensaste alguna vez que tendrías que vivir en el país como está?

-Después del famoso Viernes Negro, durante la gestión presidencial de Luis Herrera Campins, adquirí plena consciencia de que la situación de Venezuela podía cambiar como consecuencia de las malas políticas económicas. Con altos y bajos, la situación se fue complicando y al final del gobierno de Jaime Lusinchi las arcas del estado estaban casi vacías. Esa circunstancia justificó buena parte de las políticas económicas que se pusieron en práctica al inicio del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Lamentablemente, el país que votó por él esperaba la misma bonanza que se experimentó en su primer gobierno. El Caracazo primero y luego el fallido golpe de Estado liderado por Hugo Chávez, marcaron un antes y un después. A ello se sumó la salida de Pérez, producto de una decisión más política que jurídica de la Corte Suprema de Justicia. Vino entonces la crisis del sector bancario y el inicio del segundo mandato de Rafael Caldera, que arrancó dando tumbos en materia económica hasta que se incorporó Teodoro Petkoff y logró enderezar el rumbo de la nave. Pese al esfuerzo que se hizo, ya era claro que el país se dirigía al despeñadero. Sin quererlo, el grupo de los Notables puso su granito de arena. El triunfo de Hugo Chávez en las elecciones del 6 de diciembre de 1998, fue la gota que derramó el vaso. Nunca dudé que vendrían momentos terribles para el país, pero nunca pensé que alcanzaría los niveles de hecatombe que ahora estamos viviendo.

-¿Entiendes más ahora sobre lo que es el país, lo que es su historia?

Toda esa experiencia de vida que he tenido, me condujo a leer y estudiar con más rigor nuestra historia desde los tiempos de la Conquista y el desarrollo económico que derivó de la explotación petrolera; y constatar que, con todas las críticas que se le pueda hacer al período democrático que comenzó con Rómulo Betancourt y concluyó con Rafael Caldera, ese período puede ser calificado como la “época dorada de nuestra historia”. Ello de ninguna manera implica desconocer sus fallas y errores. Nuestra tarea como sociedad es salir de la aberración que ahora vivimos y construir un mejor país sobre las bases que la democracia nos legó. Tengo fe de que en un futuro no lejano superaremos la cota de bienestar y desarrollo que ya alcanzamos. No olvidemos que los golpes enseñan.

-La satisfacción de escribir ¿te llena tanto como la satisfacción que sentías cuando formabas parte del equipo conductor del BCV?

-Buena parte del trabajo que realizaba en el BCV era escribiendo informes, dictámenes o estudios sobre asuntos relativos a las competencias de dicho instituto. Siempre me esmeraba en la buena redacción de los mismos porque en la mayoría de los casos los lectores eran las máximas autoridades del propio Banco, altos funcionarios del gobierno nacional u otros entes públicos y privados de prestigio. Sin embargo, nunca dejé de esforzarme en ser claramente entendido por los lectores, fuesen ellos especializados o no en el tema que trataba. Debo decirte que tuve la suerte de trabajar con un grupo de personas cuyas plumas eran y siguen siendo privilegiadas. Valoro y disfruto un buen escrito, cualquiera sea el campo de especialidad o el tema abordado.

-¿Qué conclusiones sacas de este presente, de este mundo actual?

-Este es un presente y un mundo terrible, afectado por múltiples tragedias, como los altos niveles de pobreza que padecemos hoy en Venezuela con la mal llamada “revolución bonita”. Aunque en menor escala, ese mal también aqueja a países más ricos y poderosos, tal es el caso de China y Rusia, e incluso a Estados Unidos. En ese panorama, el caso de Venezuela es singular, porque siendo aún hoy un país devastado por las malas políticas del gobierno “revolucionario”, tenemos la posibilidad real de recuperarnos, gracias a las riquezas naturales que poseemos y el excelente recurso humano que se formó en el período democrático, aunque hoy está diseminado por todo el globo terráqueo. La crisis que acá vivimos yo la veo como un aprendizaje necesario que nos enseña el peligro que hay detrás de los cantos de sirena. El líder golpista y asesino que con risas anunció freír en aceite las cabezas de sus enemigos, cumplió de una u otra forma con lo que prometió.

José Pulido, poeta y periodista venezolano. Reside en Génova, ciudad de Italia.

 

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