JOSÉ PULIDO –

El barco se acercaba lentamente hacia el puerto de Génova. Ya ellos notaban el movimiento alucinante de personas en el muelle. Los recién casados, muy juntos y aferrados a la baranda de la nave, susurraban sus impresiones. El joven esposo acercaba su rostro al cuello de la esposa y olía con fruición la piel durante un profundo instante, aprovechando que la mamá, el papá y el hermano de su amada se hallaban juntando el equipaje para descender a la bella ciudad.

Los viajes, que eran tan difíciles de planificar, resultaban menos peligrosos y más plácidos si se realizaban en grupos. Era la primavera del año 1845 cuando la pareja de recién casados llegaba a Génova de luna de miel. Ya habían debatido en secreto la contrariedad de que no disfrutaban demasiado al carecer de la soledad y la privacidad que exige toda luna de miel que se precie.

Estaban acompañados en su aventura amorosa por la madre, el padre y el hermano de la joven esposa. Pero el joven esposo, además de amar a su inquieta dama, apreciaba mucho a su cuñado: era un muchacho muy culto y talentoso que ofrecía magníficas explicaciones de cuanto paisaje, fenómeno o construcción se topaban.

Por su parte, la recién casada sabía que su hermano no la incomodaría porque a él le gustaba irse de modo solitario a recorrer museos y palacios, calles y lugares. Aunque de todas maneras se preocupaba por él a cada rato debido a que era un joven tan apasionado como enfermizo.

Ese apasionado enfermizo tenía 22 años de edad y no había estado de acuerdo con la idea de acompañar a su hermana en la luna de miel, pero no quiso despreciar la posibilidad de conocer Italia. Todo el tiempo andaba observando, anotando y recreando personajes, situaciones, historias.

Se llamaba Gustave Flaubert y ya lo mencionaban en algunas tertulias del ambiente literario francés. Todavía no soñaba con escribir Madame Bovary pero lo hizo después de pasar por Génova. En esta ciudad se motivó para escribir una de sus obras más extraordinarias: Las tentaciones de San Antonio.

Gustave Flaubert asombrado en GénovaAl principio del tour, cuando sus padres imponían paseos por mercados o por diversos comercios, se fastidió un poco y en una carta le reveló a un compañero suyo de la escuela de Rouen, todo lo que le frustraba su situación. Al inicio de la carta le aconsejaba: “Nunca viaje con nadie, querido y dulce Alfredo, con nadie”.

Y a continuación explicaba:

“Quería ver a Aigues-Mortes y no vi Aigues-Mortes, Sainte Baume y la cueva donde lloraba Maddalena, el campo de batalla de Mario, etc. No vi nada de esto porque no estaba solo y no era libre. Porque viajar tiene que ser un trabajo serio: de lo contrario, es una de las cosas más tontas y amargas de la vida”.

En ese entonces el viaje estaba en su peor momento porque la madre y la recién casada temían que a Gustave le asaltara la epilepsia que un año antes le había afectado. Y el padre de Gustave andaba quejándose, enfermo de los ojos.

Sin embargo, en Génova, Gustavo Flaubert encontró una atmósfera que alegró su alma: los palacios, los jardines, las calles de la ciudad lo fascinaron. Escribió en ese entonces: «Es una ciudad bella, una ciudad verdaderamente hermosa. Caminas sobre mármol, todo es mármol, escaleras, balcones, palacios …»

Estuvo en el Palacio del Príncipe, asistió a un concierto en los Jardines della’ Aquasola; fue espectador en el teatro Carlo Felice; alquiló un bote y admiró Génova desde el mar. Y luego vivió una experiencia que borró el impacto de todos los palacios: la presencia de una mujer. Al parecer era tan impresionante que escribió: «Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida: estaba ebrio de contemplarla, mientras bebía un delicioso vino a grandes sorbos».

Flaubert sintió un gran temor en ese momento fantástico: imaginó que podía ser asaltado por la epilepsia si se acercaba a la dama y le expresaba su admiración. Ese temor impidió que se presentara y hablara con ella. Aquella bella mujer nunca supo que había impresionado ferozmente a Gustave Flaubert.

Un segundo deslumbramiento sería decisivo en su vida como escritor: visitó el Palazzo Balbi Senarega y allí vio el cuadro Las tentaciones de San Antonio, de Pieter Breughel el Joven, a quien llamaron “Infierno Breughel”. Fue tanta la emoción manifestada ante esa obra de arte, que el padre, la madre, la hermana y el cuñado de la fallida luna de miel, lo rodearon asustados pensando que era víctima de una nuevo ataque de epilepsia. Gustave los tranquilizó explicándoles el significado de aquella pieza.

Mucho después escribió sobre San Antonio ayunando, hambriento pero también acosado por deseos carnales; además de la doble hambre pensaba en riquezas: creyó encontrar una copa de oro de la cual salían monedas de oro, diamantes, gemas preciosas de todos los colores. Y las mujeres exuberantes se le ofrecían semidesnudas o medio vestidas.

Así fue: de esa visita al Palazzo Balbi Senarega surgió la obra que denominó Las tentaciones de San Antonio y que los críticos calificaron como “Una deslumbrante fiesta del espíritu”.

Jorge Luis Borges escribió al respecto:

“De los muchos libros de Flaubert, el más raro es Las tentaciones de San Antonio. Una antigua pieza de títeres, un cuadro de Pieter Breughel, el Caín de Byron y el Fausto de Goethe fueron su inspiración. En 1849, al cabo de un año y medio de trabajo tenaz, Flaubert convocó a Bouilhet y Du Camp, sus amigos íntimos, y les leyó con entusiasmo el vasto manuscrito, que constaba de más de quinientas páginas. Cuatro días duró la lectura en voz alta. El dictamen fue inapelable: arrojar el libro a las llamas y tratar de olvidarlo. Le aconsejaron que buscara un tema pedestre, que excluyera el lirismo. Flaubert, resignado, escribió Madame Bovary, que apareció en 1857 En cuanto al manuscrito, la sentencia de muerte no fue acatada. Flaubert lo corrigió y lo abrevió. En 1874, lo dio a la imprenta”.

La obra de Pieter Breughel el Joven, que Flaubert admiró, fue adquirida en los últimos tiempos por un coleccionista cuyo nombre se mantiene en el anonimato, pero este propietario cedió en préstamo el cuadro en el año 2016 a la Galería Nacional del Palazzo Spínola, en Génova, para que el público pudiera conocer la interesante pieza de arte flamenco.

En el año 2002, la Galleria di Palazzo Spinola intentó adquirir la obra, que formaba parte de la colección de la familia Balbi degli Odescalchi, pero la negociación no llegó a concretarse. Posteriormente, el generoso coleccionista que la adquirió, la prestó para que los genoveses y demás visitantes de la ciudad admiraran lo que en una inolvidable ocasión dejó sin palabras a Gustave Flaubert.

José Pulido, poeta y periodista venezolano. Escribe desde Génova, ciudad de Italia.

 

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