ROBERTO GIUSTI –

Una de las tantas cualidades que propició la renta petrolera venezolana, en el siglo XX, fue el surgimiento de un acendrado sentido del arraigo. Mientras la mayor parte de los países de la región se vaciaban con la huida de sus connacionales, aventados por la violencia, la pobreza o la inestabilidad política, la riqueza petrolera no solo invitaba a quedarse en Venezuela, sino que se convertía en un imán que atraía a millones de inmigrantes, procedentes de los más disimiles orígenes. Se echaban así las bases de una sociedad plural y diversa, enriquecida por una dinámica integradora que, liberada de trabas como el racismo, se fortalecía sobre la que un Colón deslumbrado llamó “tierra de gracia”.

LOS VIAJERON VUELVEN

Apegados a un país que se liberaba de las cargas del pasado y parecía consolidar un sistema democrático, que se llegó a pensar ya era irreversible, los venezolanos no sentían la necesidad de embarcarse en la aventura del extrañamiento. Con sus lunares y la resistencia que al principio opusieron tanto la izquierda como la derecha, era evidente que el país se iba civilizando. Funcionaba el equilibrio de poderes, el presidente de turno convivía con el Congreso, se respetaba a la oposición (que en ciertos momentos participó en el gobierno) así como los resultados de las elecciones. Pero al mismo tiempo se masificaba la educación, disminuía la pobreza, se impulsaba la construcción de viviendas, se creaba el Seguro Social, el crimen estaba contenido, trabajadores y patronos convivían en la mesa de negociaciones y los militares permanecían en los cuarteles.

En ese clima de crecimiento económico y movilidad social, Venezuela se convirtió en país receptor de inmigrantes. Al mismo tiempo muchos venezolanos tuvieron la oportunidad de mirar más allá de su ombligo y comenzaron a viajar fuera del país. Unos para hacer turismo y otros para estudiar en universidades de Estados Unidos o Europa, en el marco del programa de becas impulsado por la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho. Muchos se iban, pero todos volvían. Los turistas porque las vacaciones no son eternas y los estudiantes porque resultaba más interesante y atractivo desarrollar sus conocimientos en un país que los esperaba con una tarea pendiente y un buen salario.

LA GRAN DIÁSPORA

Menos de dos décadas después nos encontramos con un país en ruinas, un basural del cual huyen despavoridos sus habitantes, tal y como lo asienta el periodista Oscar Medina en un bien documentado reporte de la agencia Bloomberg: “La avalancha de venezolanos que huye de la crisis se ha convertido en una de las más grandes migraciones masivas del mundo, superando el flujo de refugiados y migrantes que cruzan el Mediterráneo desde el norte de África hasta Europa”.

Aunque la diáspora incluye a todas las clases sociales porque la huida es general e indiscriminada, cada vez son más los venezolanos pobres, quienes salen del país, a veces caminando, a veces en autobús, quizás solo con una maleta y la incertidumbre de algo tan elemental como “dónde voy a dormir esta noche, qué voy a comer” o, peor aún, “¿será que me van a devolver?”.

Esto, que ocurre a lo largo de toda la frontera, adquiere un ritmo alarmante en el Puente Internacional Simón Bolívar, en los límites entre San Antonio del Táchira (Venezuela) y Cúcuta, Norte de Santander (Colombia). Allí se calcula en unos 30 mil el número de personas que diariamente cruzan la raya fronteriza, de los cuales 3 mil se quedan en Colombia.

Tal dinámica mantiene en vilo a las autoridades colombianas, no acostumbradas a una situación que históricamente operaba al revés y que ahora, temen, pueda afectar la vida de los cucuteños. Por mucho tiempo y hasta hace un par de años eran los colombianos quienes pugnaban por cruzar la raya limítrofe para radicarse en un país que tenía todo lo que le faltaba al suyo. Lo mismo ocurría, aunque en menor escala, con otros países de la región, algunos de cuyos gobernantes comían de la mano de Chávez.

LA ÚLTIMA VANGUARDIA

En cuanto al viajero venezolano, en este caso aquel de la estampa estereotipada hasta el cansancio, empapado en whisky 12 años, atorrante y echón, que hizo de Miami un santuario del consumo desaforado, debemos advertir que desapareció con la muerte de la clase media. Ahora solo se observa, dedicados a la tarea de quemar dólares en centros comerciales y en hoteles cinco estrellas, a los enchufados del chavismo, fácilmente reconocibles por su extravagancia en el dispendio. Esta minoría, enriquecida por un gobierno que ofreció igualdad y supresión de los privilegios, contrasta, en su opulencia excluyente, con la bulliciosa clase media, surgida de la era democrática, dotada de menos recursos pero mucho más numerosa y por tanto incluida a la hora de repartir la torta de la renta petrolera.

Buena parte de esos turistas optaron, cuando la debacle resultaba inescapable, por quedarse en la ciudad que ya no es su espacio para la gozadera sino el sitio donde tienen que ganarse la vida. De manera que muchos están ahora del lado contrario del mostrador y así, de despreocupados compradores, han pasado a convertirse en aplicados vendedores.

Quedan los profesionales universitarios, entre ellos los hijos de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, aquellos jóvenes y ya no tan jóvenes que, diseminados por todo el planeta, se formaron para servir a un país cuyo gobierno los sacó de las universidades porque para ellos todo lo que signifique conocimiento es un enemigo que es necesario liquidar. Ahora son la última vanguardia de una generación que tiene su relevo en aquellos jóvenes, quienes desde adentro y desde afuera, en medio de la adversidad, luchan por una democracia en la cual nunca han vivido.

Roberto Giusti, periodista venezolano. Escribe desde Norman, Oklahoma (EEUU).

 

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