MARIO SZICHMAN –
El engendro del doctor Frankestein viene recorriendo nuestra imaginación desde que lo creó el maquillador Jack Pierce, en 1931, para adornar el elegante rostro de Boris Karloff, y transformarlo en El Monstruo por antonomasia.

Su rostro es más recordable que el de Adolfo Hitler o el de José Stalin. Su cabeza parece moldeada en una caja de zapatos, sus “drooping eyes” (ojos caídos), sus gruesas cejas, la cicatriz que atraviesa su frente, los dos tornillos que sobresalen de ambos flancos de su cuello, sus manos cosidas a las muñecas, sus zapatones con suelas de plomo, lo convierten en uno de los escasos, inconfundibles íconos del siglo veinte.

El engendro del doctor Frankestein viene recorriendo nuestra imaginación desde que lo creó el maquillador Jack Pierce, en 1931, para adornar el elegante rostro de Boris Karloff, y transformarlo en El Monstruo por antonomasia. Luego, Universal Pictures obtuvo los derechos de autor del maquillaje de Pierce, y a partir de ese momento, ningún monstruo creado por el doctor Frankenstein pudo lucir el rostro que inmortalizó Karloff.

Como nos cuenta Stephen King en su delicioso libro Danse Macabre, cuando la productora Hammer Films hizo una serie de películas protagonizadas por Frankenstein a fines de la década del cincuenta y comienzos de los sesenta, debió usar un nuevo concepto en relación al esbozado en la década del treinta. Tal vez por eso, los filmes de la productora británica, pese a contar con excelentes actores, nunca gozaron del éxito de la serie original. Si bien persiste el concepto de un monstruo horrendo, escasea la tristeza del personaje inicial.

Jack Pierce, el maquillador que creó el monstruo de FrankensteinUN GENIO DEL MAQUILLAJE
Recién en las últimas décadas, los frutos del arte de Jack P. Pierce han comenzado a ser reconocidos. Basta observar los clásicos de horror en que participó, y compararlos con otros de las décadas del treinta y del cuarenta del siglo pasado, para sellar su genio. Pierce se mudó de Grecia a Estados Unidos a comienzos del siglo veinte. Su única ambición era convertirse en un astro del beisbol. Pero nunca llegó a las Ligas Mayores. Prefirió en cambio buscar trabajo en la incipiente industria cinematográfica, que por esa época carecía de sonido, un detalle fundamental en el avance de su formidable carrera.

La trama de cada filme era brevemente detallada en subtítulos. Pero lo más importante era brindar a actrices y actores rostros que animaran el escenario de manera exagerada. Las grandes producciones de Hollywood previas a la llegada del sonido con The Jazz Singer, el cantante de jazz, se destacaban por seres “bigger than life.” Basta observar los filmes de Lon Chaney padre, para morirse de susto. Y sin maquilladores y creadores de rostros y cuerpos muy peculiares, era imposible meter miedo en el corazón de los espectadores.

Jack Pierce, el maquillador que creó el monstruo de FrankensteinOtra circunstancia que favoreció el ascenso de Pierce fue la muerte de Lon Chaney. El gran actor del cine mudo era un hombre orquesta. Su deslumbrante imaginación se demuestra en el maquillaje que inventó para su filme más famoso: El fantasma de la Ópera. Cuando Chaney falleció inesperadamente en 1930, a los 47 años de edad, cedió el paso a muchos especialistas en maquillajes, especialmente en el territorio de las películas de horror.

Pierce se destacó de inmediato. Los monstruos y científicos locos que creó para Universal marcaron una influencia que llega hasta nuestros días. Un ejemplo es, justamente, la elaboración de la máscara del Monstruo en Frankenstein. La idea original era crear una especie de Golem, una figura del folklore judío surgida de manera mágica de un material inanimado, arcilla o barro. Pero Pierce propuso algo muy diferente a James Whale, el director de Frankenstein.

El maquillador estudió diversas maneras de realizar cirugía del cerebro durante el siglo diecinueve. El inexperto doctor Frankenstein, creador del Monstruo, se limitaba a rebanar la parte superior de la cabeza de su engendro, colocándole luego tornillos para acoplar sus electrodos. (La electricidad es la fuente de vida del personaje). Otra famosa criatura “electrificada” por Pierce es Elsa Lanchester en su rol de La novia de Frankenstein, célebre por su asombroso peinado.

Jack Pierce, el maquillador que creó el monstruo de FrankensteinUN ORIGINAL TAN FAMOSO COMO EL ORIGINAL
No muchas personas leen en la actualidad Frankenstein de Mary Shelley, aunque es una de las grandes novelas del siglo diecinueve. La visión de la escritora inglesa difiere mucho del Frankenstein de Whale. El Monstruo de Shelley es un ser filosófico, que intenta acercarse a los seres humanos, y es repudiado y perseguido por su atroz figura. Basta leer la asombrosa parte dedicada a su educación, para entender la magia del texto.

Si el filme dedicado al doctor Frankenstein ha superado inclusive la fama de la novela, se debe, ciertamente, a un actor como Boris Karloff, quien tenía la paciencia necesaria para estar sentado durante horas en una especie de sillón de peluquero, mientras Pierce diagramaba su rostro y su cuerpo.

Cuando Pierce trabajó maquillando al actor Tom Tyler para el filme La mano de la momia, los resultados no fueron muy buenos. Tyler, astro de muchos filmes del Lejano Oeste, era ya un anciano, y no estaba acostumbrado a perder mucho tiempo con un maquillador. Algunos señalan que si bien Pierce resulta incomparable cuando se trata de monstruos o de momias, falla con vampiros. Nunca acertó con un hombre lobo pese a contar con actores como Lon Chaney hijo y con Henry Hull.

Jack Pierce, el maquillador que creó el monstruo de FrankensteinUn crítico dijo que en esas ocasiones Pierce se limitó a pegar pelo y festivas narices en los rostros de los actores. Otros clásicos de la década del cuarenta, como The Old Dark House y The Raven, fueron trabajos de rutina para Pierce. Era suficiente lograr que un actor apareciese feo o amenazador, para concretar la tarea. Universal prescindió de Pierce en 1947. Su labor posterior consistió en maquillar a héroes del Lejano Oeste en filmes y películas para televisión.

De todas maneras, su contribución a Hollywood es inmensa. Si no hubiera sido por él, ni Frankenstein, ni Drácula, ni La Momia, ni El Hombre Lobo, serían recordados décadas después de la muerte de sus directores y actores.

No existe una imagen de El Monstruo en el Frankenstein de Mary Shelley. La novelista se limitó a indicar que la piel de la criatura era como una colcha de retazos, que apenas cubría los músculos de su rostro. En cuanto al doctor Frankenstein, creador del esperpento, lamenta que detalles como los ojos brillantes o un cabello lustroso, lejos de mejorar su aspecto, acentúen sus horrendos rasgos. Pierce, por su parte, creó otra especie de Golem. Un gigante desgarbado, torpe, patético y aterrador. Pero le brindó una humanidad que lo hizo inmortal.

Mario Szichman, periodista y escritor argentino. Escribe desde Nueva York.
https://marioszichman.blogspot.com.es
@mszichman

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.