DAVID ANGLÉS –

El que avisa no es traidor. Y el profesor Witremundo Pérez Jiménez avisaba. Vaya si lo hacía. Cada año, alertaba a sus alumnos de la clase de inglés, aspirantes a bachiller en La Guaira en el siglo pasado, que su próximo examen incluiría la pregunta “¿Cuál es la ciudad más importante de Venezuela?”. Eso sí, sólo tendría una respuesta válida: Valle de la Pascua.

Caracas, Maracaibo, o cualquier otra respuesta, era incorrecta. La razón, claro está, es que el bueno de Witremundo era de Valle de la Pascua. Y esta era su manera de rendir homenaje a su ciudad. ¿Acaso estaba equivocado?

En las últimas semanas, venezolanos de dentro y de fuera discuten en las redes sociales si Venezuela es o no el mejor país del mundo y si Caracas es o sigue siendo bella. En medio de los problemas acuciantes que sufre el país, este puede parecer un debate increíble, fuera de lugar. Pero no inútil.

En el terreno de los gustos, no hay discusión. Cada quien es libre de pensar lo que quiera. Pero, ¿hay manera de usar datos objetivos? ¿Es Venezuela el mejor país del mundo? ¿Es Caracas una ciudad “preciosísima”, como se ha dicho con motivo de su último aniversario?

Los indicadores de Desarrollo (tanto económico como social) dibujan un panorama terrorífico para el país. Como dice Ray Dalio en su libro Principios, estar “en sintonía con la verdad” es un paso primordial para poder mejorar.

Pero el debate no es de datos. Es de emociones. Una parte del país se ofende si otra cuestiona la belleza o la “superioridad” venezolanas. Y otra se enerva por lo que considera una disonancia aberrante. Establecer la frontera entre la sinceridad y el insulto en una comunidad de afectos compartidos es un arte. Las familias, por ejemplo, suelen ser un laboratorio de pruebas (no siempre exitosas) en el que se intenta encontrar el punto justo.

La verdad, la comprensión y la compasión son todas igual de importantes. Pero hay discusiones que se deben abordar. La belleza no deja de estar en los ojos del que mira, así que podemos dar por buena la percepción que cada quien pueda tener de Caracas. Pero que en 2020 haya compatriotas, amigos y familiares que sigan defendiendo que Venezuela es hoy, “a pesar de todo”, el mejor país del mundo, resulta difícil de comprender. Es un exabrupto.

No se trata de decirle a alguien a quien aprecias que no, que la hallaca de su mamá no es la más sabrosa. Se trata de encontrar un punto, no ofensivo, que permita analizar cómo estamos. Pero sin taparnos los ojos.

Al menos, siempre nos quedará Valle de la Pascua.

David Anglés, periodista venezolano residente en Madrid, España.

 

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